
(Desde Arequito, Santa Fe)
Natalí ve soja delante suyo, todo un campo frente a su casa en la calle Misiones, el fin del pueblo de Arequito, y las posibilidades. Su padre, el albañil Hugo Víctor Aguirre, está preso, encarcelado con prisión preventiva esta mañana por pedido del fiscal Juan Baños y la jueza Mariel Minetti tras una audiencia imputativa en los tribunales de Casilda, provincia de Santa Fe, con jurisdicción sobre Arequito. Fue gracias a ella que su padre iba a prisión: Natalí se había hartado.
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Hugo Aguirre agachó la cabeza con los ojos rojos de no dormir en el calabozo en su silla de imputado mientras leían palabra por palabra la denuncia que su hija formuló en su contra este lunes en la Comisaría de la Mujer de Casilda. Fueron 23 años de abusos, una primera violación en un pajonal cuando ella tenía apenas 9: la última ocurrió el sábado 4 de este mes el lunes, mientras ella se duchaba. Su padre entró al agua desnudo y la forzó. El fiscal al leer la denuncia relató una vida de sometimiento absoluto, un hombre draconiano que ni siquiera le permitió a Natalí trabajar durante la mayor parte de su vida adulta, que la arrancó del colegio cuando terminó séptimo grado del primario, que la forzaba a mentir a punta de pistola, particularmente en los embarazos.
Aguirre le decía a su hija que le eche la culpa a un vecinito, a un albañil. Tuvo cuatro hijos, la mayor, hoy de 19 años, el menor, de 11, todos tienen nombres cristianos, de vírgenes, de profetas del Antiguo Testamento, todos fueron registrados sin padre reconocido, tienen su apellido, que es el apellido de su abuelo, Aguirre. Natalí siempre les decía, sin explicarles demasiado, que su padre era un hombre que abandonó a la familia, que se fue.
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La mayor, Fátima, eventualmente comenzó a preguntar. Se dio cuenta ella misma. Está junto a su madre, mientras Natalí abre la puerta para hablar con Infobae. Sus otros tres hijos están del otro lado de la puerta.
Natalí es fuerte. “Mi papá me embarazó cuatro veces”, dice, “pero mi calvario termina acá”.

“Estoy bien”, asegura, “estoy contenida, tengo a las psicólogas del gabinete, a la abogada. Los chicos ya tienen tratamiento. Pero yo tengo miedo. Mi papá me amenazó siempre. Yo no viví la vida que quería vivir. Nunca tuve novio, nunca fui ni a la confitería, me encerraba: sabía que mi papá iba a matar a quien estuviera conmigo. Me costó mucho resguardar a mis hijos, que no sufran en esta casa".
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“Pedí no estar en la audiencia de hoy”, dice. Ella no estuvo, pero sus dos hermanas menores sí estuvieron, no para apoyarla, a ella o a sus hijos, sino para apoyar a su padre, hasta dicen que los abusos y los embarazos que denuncia ocurrieron “de común acuerdo”. Una de ellas, Victoria, hasta ofreció su casa para que Aguirre quede arrestado allí y evite la cárcel. “Mis hermanas no me creen”, dice. El barrio, la fila de casas frente al campo sojero, no la apoya tampoco, los vecinos de al lado se suben a un capot de auto caliente con un día de 30 grados para mirarla como a algo raro.
Sin embargo, no se siente tan sola. Está su hija mayor, las maestras y otras mamás de la escuela a donde van sus hijos. “Todos van”, dice: “Fátima me apoyó para que haga la denuncia, ella me veía mal. El domingo a la noche la llamé y le dije que iba a denunciar. Ella me dijo que si no hacía la denuncia, la iba a hacer por mí. Se daba cuenta. Veía que mi papá me controlaba los trabajos cuando iba a cuidar gente mayor, fue y me suspendió el gimnasio, porque pensaba que yo andaba con un tipo del gimnasio. Yo tenía que hacer lo que él decía. No podía trabajar de noche"
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Natalí pide preservar a su madre, que no la traten de cómplice del albañil. “No tiene nada que ver”, asevera, “me pregunta por qué nunca le dije, mi papá decía que si lo denunciaba me iba a mandar a matar, que tenía gente afuera, ella me apoya también. Sufrió mucha violencia, mi papá le pegaba”.

-Los chicos seguramente preguntaron quién era su padre.
-Mil veces me lo recalcó mi hija. Los chicos no querían saber quién era su padre. Yo les decía que los había abandonado, pero Fátima me preguntaba llorando, ella sospechaba que era hija de su abuelo, hasta que me pude liberar. Quiero que mis hijos vivan la libertad. No podían ni ir con sus amiguitos. Lo mismo que viví yo. Recién ahora empieza mi vida.
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Sus hijos, dice, se irán de la casa. Ella se quedará un tiempo. Todavía espera que le extraigan sangre a sus cuatro hijos para la prueba de ADN: “Estoy dispuesta a que se lo hagan, y se lo van a hacer”.
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