El torneo de fútbol era ilegal y no tenía un nombre específico. El grupo de WhatsApp que nucleaba a los organizadores y a los capitanes de cada equipo estaba rotulado “Deportivo Paraguayo”. Pese a que el certamen no tenía ninguna entidad oficial ni el aval de la AFA, se desarrollaba dentro del predio del campo de deportes del club que pertenece a la Primera D del fútbol argentino, en las calles Calderón de la Barca y Aragón de González Catán, partido de La Matanza. El torneo, sin embargo, era otra cosa.
La gran mayoría de los equipos participantes estaban integrados por jugadores de nacionalidad paraguaya, todos de la zona. A los argentinos, los organizadores no los querían ni cerca: eran considerados unos malos perdedores, dispuestos a pelearse a trompadas por cualquier fallo del árbitro, y además no eran de poner en juego grandes sumas de dinero en el círculo de apuestas ilegales establecido alrededor del campeonato, con un mínimo de mil pesos para entrar.
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Sin embargo, en los primeros días de julio, un grupo de entre 15 y 20 argentinos pidió jugar un par de amistosos contra alguno de los equipos participantes. La idea era que los probaran y luego puedan aceptarlos como un equipo más del torneo.
En los amistosos, los argentinos se mostraron con perfil bajo, jugaron con respeto y no reaccionaron ante las patadas recibidas, producto de fricciones habituales del juego. Así, el nuevo equipo fue aceptado y fue inscripto en el campeonato bajo el nombre de “Juventud Unida”.
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Durante la primera fase, Juventud Unida sorprendió a todos con los resultados. Si bien sus jugadores no participaban de las apuestas ilegales, sí generaban un gran movimiento de dinero entre los apostadores externos y eso les fascinaba a los organizadores.
El sistema de apuestas del certamen marchaba por dos vías. En una de las modalidades, los dos equipos participantes de cada partido podían depositar una suma determinada de dinero, con el convencimiento de que iban a ganar ese encuentro. Según pudo averiguar Infobae, las apuestas de los planteles para cada partido podían oscilar entre los $40.000 y los $60.000.
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La segunda vía pertenecía a los apostadores particulares y era allí donde se encontraba el punto más fuerte del negocio de las apuestas. Si bien el monto mínimo para poner en juego era de $1.000, hubo apostadores que llegaron a arriesgar $200.000 por algún partido específico.
Juventud Unida disputó una muy buena primera fase, donde ganó cinco partidos, empató uno y perdió tres.
Según pudo saber Infobae, entre los planteles de los equipos había jugadores que habían participado de los campeonatos de ascenso de AFA. En algunas ocasiones, entre los espectadores también se vio a un futbolista que llegó a afianzarse en la Primera División y que jugó en un equipo de Rosario y en otro del sur del Gran Buenos Aires.
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A lo largo de todo el torneo, la sede fue la de siempre y, como ya era costumbre, a un costado de la cancha había mesas, un bar y se preparaba un gran baile. Mientras tanto, un grupo de jóvenes que presuntamente no estaban relacionados con la organización vendían pequeñas dosis de cocaína y marihuana a aquel espectador que quisiera consumir.
El calendario estipulaba que los cuartos de final y las semifinales se jugarían el último domingo. Allí, “Juventud Unida” finalizó su participación: cayó eliminado al perder por 3-1 contra el equipo “Los del 26”, en referencia a un grupo de amigos que se reunía a la altura del kilómetro 26 de la Ruta 3, en Laferrere.
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Pese a haber quedado eliminados, los jugadores argentinos decidieron quedarse con las camisetas puestas en el lugar para observar el primer encuentro de las semifinales.
Fue en ese intervalo cuando sucedió lo que ningún organizador, futbolista, apostador, dealer, árbitro, vendedor de un bar o alguno de los más de diez representantes del personal de seguridad privada del lugar intuyó lo que estaba por suceder.
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Un grupo de al menos 20 efectivos policiales irrumpió en la escena y, en simultáneo, como si se tratase de un capítulo de la serie Los Simuladores, todos los representantes de “Juventud Unida” abandondaron de manera repentina su rol de “futbolistas” y, aún con las camisetas puestas, se metieron de lleno en su tarea dentro de la Delegación de Investigaciones del Tráfico de Drogas Ilícitas y Crimen Organizado de Lomas de Zamora de la Policía Bonaerense para realizar las detenciones y el allanamiento pertinente.


Bajo el ojo del fiscal Daniel Pagnotta, de la UFI Descentralizada Nº 2 de La Matanza, y el doctor Norberto Ochipinti, del Juzgado de Garantía Nº 3, se procedió a la detención de cinco personas, tres paraguayos y dos argentinos, al secuestro de unos $200.000, un arma de fuego y otros objetos de valor para la causa.
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Asimismo los futbolistas no fueron los únicos efectivos infiltrados en el operativo. También participaron otros hombres y mujeres de la Policía que se hicieron pasar por espectadores y lograron ubicarse en posiciones clave, como el bar del boliche improvisado y en las oficinas donde se juntaba el dinero de las apuestas.
En una de las paredes de la oficina se recogió un cartel con la explicación de la “Apuesta mínima de 1.000 pesos” y otro afiche con el refrán: “A la gilada, ni cabida. Yo la miro desde arriba y en cada palabra doy la vida. Si pierdo o gano, con los fierros o mano a mano”.
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También se incautó una pelota ilustrada con dibujos de la hoja de la planta de cannabis, un arma de fuego y la frase “Vida o Muerte” y diferente documentación referida a la inscripción de los equipos y al certamen y al registro de los montos de las apuestas de cada partido.
Entre los cinco detenidos, hay tres que son los presuntos cabecillas, los jefes de la liga trucha.
Todos aseguraban rendir cuentas a un hombre apodado “El paraguayo Carlos”. Se trata de Carlos Ramón Espínola Villalva, un ciudadano paraguayo de 46 años que, según sus registros fiscales, trabaja en el rubro de la construcción.
También se aprehendió a un padre y un hijo que formarían parte del núcleo duro de la organización.
Patricio Montana Méndez, paraguayo de 49 y apodado “Colo”, era el encargado de recoger el dinero y coordinar todo el sistema de apuestas ilegales. En tanto, su hijo Patricio Elías Méndez, argentino de 19 años y apodado “Pato” o “Chilly”, era quien se responsabilizaba por toda la organización del campeonato, el encargado de contratar a los árbitros, de recoger el dinero de las fichas de inscripción y de notificar a los equipos sobre las fechas y los horarios de los partidos.

Los otros dos detenidos, Miguel Ángel Aguirre, paraguayo de 63 años, y Alcides Bareiro, argentino de 35 años, eran dos asistentes en toda la organización del evento.
“Lo más asombroso es que ahí se armaban fiestas que terminaban siendo como las de un boliche. Podían llegar a ir 3.500 personas. La detención se produjo cerca de las seis de la tarde del domingo y para poder sacar a toda la gente, se tardó más de una hora y media. Era algo muy grande”, le reveló a Infobae una fuente del expediente.
El plantel de Primera División de Deportivo Paraguayo no entrenaba en el predio, hacía sus prácticas en Lanús, en una cancha de la zona de Villa Corina. Aparentemente, nunca se enteraron.
A su vez, todavía no se pudo determinar cómo el club brindó sus instalaciones para la realización del campeonato. Según afirmó uno de los detenidos, se había llegado a un supuesto acuerdo de palabra con los dirigentes del club para poder realizar el torneo. Hasta el momento no se pudo hallar ninguna documentación que registrara tal vínculo.
La “falsa AFA” de La Matanza se convierte así en uno de los métodos más creativos de la pasión bonaerense por la timba, las apuestas clandestinas, con escenas repetidas como riñas de gallos y casinos ilegales en barrios con tragamonedas y pantallas para jugar a las carreras en hipódromos. Números de la Comisión contra el Juego Clandestino bonaerense hablan de 371 procedimientos contra garitos y recaudadores de apuestas en los últimos cuatro años, con 446 detenidos y la incautación en efectivo de 24.637.418 pesos, 799.532 dólares y 10.195 euros.
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