La salvaje vida en el penal de Marcos Paz del asesino capturado por la madre de su víctima, que hoy está desaparecida

En sus seis años de encierro, Facundo Emanuel Caimo protagonizó peleas a punta de cuchillo y hasta fue acusado de un homicidio tras las rejas. Mientras tanto, la Justicia y la Policía de la Ciudad buscan a Nélida Sérpico, la mujer que logró que lo detengan: su familia dice no verla hace casi un mes

ffahsbender@infobae.com
Nélida Sérpico


En agosto de 2014, algunos días antes de que el Tribunal Oral Criminal N°1 lo condenara a 15 años de cárcel, Facundo Emanuel Caimo usó su derecho a hablar. Decidió no responder preguntas, prefirió hacer un monólogo de algunos minutos, su defensa pidió que ese monólogo sea incorporado por lectura al expediente. Dijo que no tenía nada que ver con todos los delitos que lo imputaban, que a los chicos a los que supuestamente les había disparado los conocía solo de vista del barrio, el Rivadavia I a la vera de la Villa 1-11-14, que el que disparó fue otro, que trabajó en una remisería y que jugó al rugby, que hacía dos años atendía el teléfono en una agencia de venta de autos, que tenía una familia allá afuera que estaba sufriendo.

No era fácil creerle. Caimo que decía a veces ser changarín, a veces remisero, ya había sido vinculado a comienzos de 2005 a dos causas por homicidio y abuso de armas que tramitaron en los juzgados número 25 y 43 de la Capital Federal de acuerdo a registros del sistema penal: una de las víctimas fue una mujer. Ese mismo año, el 22 de diciembre cerca de las 2 de la mañana en un pasillo estrecho del Rivadavia I, Caimo enfrentó a Octavio Damián Gómez, un chico del Bajo Flores al que le tenía cierto rencor. Octavio le había ganado dos veces en peleas mano a mano. Caimo, un matón, un picante, parte de una bandita local de matones llamada despectivamente “Los Quebrados”, cercó a Octavio en un pasillo paralelo a la calle Bonorinoy lo sorprendió por la espalda. “¿Viste cómo te me regalás?", escuchó Octavio antes de morir de un tiro calibre 9 milímetros a la altura de la segunda vértebra.

Nélida Fátima Sérpico y Miguel Ángel Gómez, los padres de Octavio, llegaron poco después al pasillo, vieron a su hijo tumbado en el piso de polvo, desangrado entre las sirenas. Los policías contaron 13 casquillos de bala en la escena: otro chico del Bajo Flores, amigo de Octavio, también recibió un disparo que entró y salió de su cuerpo, que luego le costó un riñón. Fue llevado al hospital Piñero, a donde van los heridos de bala de la 1-11-14 y el Bajo Flores. Fue allí, en el Piñero, donde Nélida escuchó al nombre del asesino de su hijo. Lo buscó ella misma, durante seis años, trazó un identikit ella misma, tocó puertas en el Rivadavia I. Se hizo pasar por una adicta al paco, se arrancó dos dientes de la boca y deambuló como zombie, durante seis años, sin que su marido lo supiera, después de que caía el sol.

Las chances de morir eran altas. Los informes oficiales en aquel entonces hablaban de una tasa de asesinatos en el Rivadavia I de 12,7 cada 100 mil habitantes, cuatro veces más que en el resto de toda la ciudad.

Octavio, el hijo de Nélida, en una foto de su infancia.
Octavio, el hijo de Nélida, en una foto de su infancia.

El 10 de mayo de 2013, una mujer le dijo a Nélida que Caimo había vuelto al barrio, creyendo que todo se había calmado. Lo vio en un pasillo, disimulado con una nueva barba candado y lo marcó, Gendarmería hizo el arresto, lo señaló sin dudar como el asesino de su hijo, Octavio Daniel Gómez.

Así, Facundo Emanuel quedó detenido. El Tribunal N°1 lo condenó eventualmente por el crimen, con una acusación a cargo de la fiscal Mónica Cuñarro. Nélida se convirtió en una suerte de símbolo de la lucha contra la injusticia, una historia recurrente que los medios vuelven a visitar para las ediciones del Día de la Madre.

Hoy, Nélida está desaparecida.

Ayer por la tarde, la Policía de la Ciudad recibió una denuncia para averiguar su paradero. Nélida, según su familia, dejó su casa en el Bajo Flores el mediodía del 27 de octubre para ir a votar al colegio Instituto Medalla Milagrosa en la calle Curapaligüe al 1.100. Nunca volvió, dicen, nunca la volvieron a ver. La causa, caratulada como “averiguación de ilícito”, está en manos del fiscal Marcelo Ruilopez y su equipo junto al Juzgado N°43 de Pablo García de la Torre. Miguel Ángel, pareja de Nélida, el padre de Octavio, recibió a un patrullero ayer por la noche y declaró en una comisaría.

Caimo, mientras tanto, sigue en la cárcel, en Marcos Paz, el mismo penal al que fue enviado luego de que Nélida lo descubriera. Hoy, con 34 años, el condenado por matar a Octavio Gómez cobra el péculo, el sueldo de los presos por tareas menores, pero su historia de violencia allí es larga, comenzó días después de que ingresó, el 12 de agosto de 2013, casi un año antes de su condena: fue parte de una pelea que terminó con un herido de faca.

Facundo Caimo en prisión.
Facundo Caimo en prisión.

Dos meses después de su condena en octubre de 2014, Caimo volvió a pelear dentro del penal, según registros internos: su contrincante terminó en el hospital de la cárcel con una lesión de cuchillo en el brazo izquierdo. Los combates tumberos siguieron con el tiempo en la Unidad N°1 de Marcos Paz: febrero de 2017, otro herido y Caimo acusado; febrero de 2018, una pelea a golpes de puño con otro preso tras volver de la visita; en marzo de 2019 le incautaron un teléfono.

El más grave de todos los problemas en su legajo terminó con un muerto. Fue el 5 de mayo de 2014, tres meses antes de su condena, un cadáver en el Pabellón N°1, el de Rodrigo Ruiz Rodríguez. Cuatro picantes fueron a su celda, la número 46, para apuñalarlo hasta morir. Caimo ocupaba la número 49.

Color de ascenso: uno de los baños de la cárcel de Marcos Paz.
Color de ascenso: uno de los baños de la cárcel de Marcos Paz.

Un sumario indicó que los penitenciarios lo encontraron todavía vivo mientras convulsionaba, con una cuchillada en el pecho y un bisturí en la boca, murió pocas horas después. Las cámaras de seguridad marcaron a cuatro hombres, entre ellos uno que sería Caimo. Supuestamente, el asesino de Octavio y otro cómplice se llevaron el cuerpo de Rodríguez en una manta. Murió poco después en el hospital del penal. Hubo otro acusado en el grupo, acusado de encubridor, que tuvo una causa aparte por amenazar penitenciarios a punta de faca para que le entreguen llaves de una celda.

Caimo fue a juicio por la muerte de Ruíz Rodríguez, negó la acusación cuando declaró. Diversas confusiones en las pruebas impidieron marcarlo con certeza. El Tribunal Oral Federal N°3 de San Martín lo absolvió el 31 de octubre del año pasado.

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