Luis Vitette en su joyería en Uruguay
Luis Vitette en su joyería en Uruguay

Cuando tiene pocos clientes o el día está lluvioso, el dueño del negocio pone alguna serie de Netflix mientras toma mate con torta fritas. Antes de irse, mira las pantallas de las cámaras de seguridad por si hay algún ladrón merodeando. Apaga las luces, cierra con llave, candado y pone la alarma.

Es paradójico que ese hombre que antes se dedicaba a vulnerar alarmas y cerraduras para entrar en locales o casas como escruchante, ahora se preocupa por no ser asaltado.

Ese hombre es Luis Mario Vitette Sellanes, la cara y la voz visible del robo del siglo al Banco Río de Acassuso, ocurrido el 13 de enero de 2006.

A 13 años del gran golpe, el uruguayo sigue al frente de su joyería Verde Esmeralda, en San José, a 8 kilómetros de Montevideo. Paga los impuestos, tiene todo en blanco y jura que está retirado del delito.

"Siempre alguien hace la misma pregunta y yo siempre digo la misma respuesta: las joyas que vendo no son robadas. A la mayoría las fabrico yo", dice.

Vitette el día de su casamiento con Elicette en 2014
Vitette el día de su casamiento con Elicette en 2014

El llamado "hombre del traje gris" (entró vestido así en la sucursal asaltada) tuvo su época de ladrón de joyas. Una vez dio a entender que entró en la casa de Mirtha Legrand y le robó alhajas.

Aunque no se sabe si eso es mito y realidad.

Hace dos años, ante la prensa bromeó y dijo que la inversión en su negocio pudo haber sido hecha con parte del dinero robado al Banco Río, pero eso era falso. Tenía todo en regla.También dijo que había puesto una alarma porque robarle a él era como sacarle la pelota de los pies a Maradona.

"Leo mucho la Biblia y el rey Salomón decía: 'Hay tiempo de reír y tiempo de llorar'. También hay tiempo de robar y trabajar. Este es tiempo de trabajar", filosofó quien fue una pieza clave del robo del siglo.

Poco tiempo después del asalto, halagado porque la gente le pedía autógrafos, se sacaba fotos con él y los empresarios nocturnos lo invitaban para promocionar sus boliches, citó un fragmento del prólogo del libro Robin Hood: "En ausencia de líderes, el villano cobra protagonismo".

Vitette fue expulsado de la Argentina y gracias a eso quedó en libertad. Esa especie de destierro lo acercó a una vida familiar. Se casó con una mujer 35 años más joven que él y tuvo un hijo.

Su fama delincuencial llevó a que un empresario le propusiera participar en Punta del Este de un bar temático al que iba a llamar "Un banco frente al Río de la Plata". Allí iba a exhibirse el traje gris que uso para el robo. Pero no se llegó a concretar por cuestiones económicas. "Para ser prostituta y no ganar nada mas vale ser mujer honrada", dice el ladrón de 63 años.

Vitette suele dar entrevistas por Skype, desde su negocio, con los pies apoyados en un escritorio, la misma pose que tuvo cuando negoció con la Policía.

A fin de año sorteó entre sus clientes dos anillos de oro y plata con iniciales. "Con la peladera que hay, la gente viene a empeñar oro", dijo hace poco.

Con el saco gris y el pasamontañas que usó en el robo al Banco Río
Con el saco gris y el pasamontañas que usó en el robo al Banco Río

-¿Qué hizo con el botín?

–No quedó nada. La Justicia dice que fueron 15 millones de dólares. ¿Y si fueron menos? Vivo en la decencia. Soy un fracasado. Hubiera sido un buen hotelero, un buen comerciante, con los conocimientos que tengo podría haber tenido un buen oficio. Los ladrones somos como los médicos: ellos mueren médicos, nosotros morimos ladrones. También somos como los yogures: tenemos fecha de vencimiento. Ahora trabajo todos los días, cumplo horario y no tengo empleados.

Durante un tiempo, Vitette negó ser parte de la banda, pero cuando fue condenado confesó haber participado en el gran robo.

Soy el hombre del traje gris, aunque no fui el cerebro ni el líder. Robamos el banco con armas de juguete. Desde el 2004 teníamos la información de que debajo del banco había una obra de un aliviador, un río entubado, y se buscaba la operatividad para llevarlo adelante. Casi lo ejecutamos en noviembre 2005, cuando fueron a la Argentina por la reunión del ALCA y estuvo George Bush, y la seguridad estaba enfocada en eso. Pero por una cuestión climática no pudimos. Después hice una pequeña inversión de 100 mil dólares, según se dice, y ejecutamos eso.

-¿Qué recuerda de aquel día?

-Es difícil recordarlo porque son muchas emociones que chocan y se estrellan una contra otra, y producen una gran explosión en mí. Irnos en dos gomones con las bolsas, salir por una alcantarilla y subir a una camioneta fue de película. Pero me acuerdo llegar a un lugar hasta ahora indeterminado, que no está localizado, ni será localizado, prender la tevé y verme a mí negociar en directo. Fue rarísimo. Después supe que el comité de crisis había pedido a los canales que difirieran la transmisión 20 minutos, que era lo que necesitaba el grupo de elite para irrumpir.

Los posteos que hace en su Facebook sobre los clientes de su joyería
Los posteos que hace en su Facebook sobre los clientes de su joyería

-¿Cómo fue su disfraz?

-Ese gran día entré con mi traje gris, con el kipá, el falso bigote y lentes descartables. Me puse el pasamontañas y comenzó la función. Ese fue mi uniforme de bandido. Llegué a estudiar teatro y a hablar con una moneda en la boca para hacer ese personaje de ladrón desesperado. Con uno de mis compañeros tomamos el primer piso. La idea era fingir un robo exprés. Montamos esa escena que habíamos ensayado varias veces. Cuando llegó la cana, comencé a negociar con un policía regular en muy buenos términos. Le pedí un "breve canal con la operadora". Usé esa expresión de la jerga policial para que creyeran que era del palo. A la operadora le dije que estaba todo mal, que no intentara nada, que teníamos muchos rehenes. Siguieron llegando más móviles. Hasta que un autoritario jefe quiso oficiar de negociador quitándole autoridad a quien lo venía realizando, el policía regular, y le dije que inmediatamente devolviera la radiocomunicación a su antecesor. Lo asusté y así lo hizo. Seguimos hablando trivialidades que ni recuerdo hasta que llegaron los grupos de elite.

-¿De qué modo siguieron las negociaciones?

-Lo primero que intentaron los uniformados fue que tomara el teléfono de goma. Yo sabía que lo tiran cerca del delincuente. Y es de goma para que no se rompa. Ellos querían que yo usara ese teléfono para grabarme pero los conminé a negociar a través del teléfono del policía que estaba en el Banco. Cambié hasta mi tono de voz. Por supuesto, borré de mi vocabulario los latiguillos, las palabras uruguayas, el "bo", el "ta", el "vamo arriba". Es más, me habían adiestrado para que pusiera una moneda adentro de la boca. Eso distorsionaba mi voz. Era como hablar con los dientes apretados. A regañadientes. Luego pasó a hablarme el negociador, Miguel Sileo.

-¿Y qué le dijo usted?

-Esto: "Yo hago un desastre acá. Hace 15 días estoy en libertad y no quiero volver". Con frases como esa, lo obligué a que intentara convencerme de lo contrario. A medida que pasaban los minutos, ganaba confianza y tiempo. Les hacía creer que me estaban desgastando pero era al revés. Mientras tanto, mis consortes vaciaban las cajas de seguridad, donde nunca estuve. Mi rol en el robo fue recurrir al histrionismo en la negociación. Tenía que buscar el equilibrio. El clímax era cuando yo le decía "¿queremos otro Ramallo?". Yo había estudiado que e n Ramallo mataron a los ladrones y a gente inocente. Y sabía que él buscaba desgastarme. Entonces, ¿cuál era mi estrategia? Hacerme el desgastado. Ganar tiempo para que mis compañeros se hicieran del botín.

Nunca confirmó si el monto que se llevaron fue de 15 millones de dólares. Dice que en su joyería todo es legal: “No son joyas robadas”, asegura
Nunca confirmó si el monto que se llevaron fue de 15 millones de dólares. Dice que en su joyería todo es legal: “No son joyas robadas”, asegura

-¿Su plan nunca corrió riesgo?

-Debo reconocer que en el primer segundo de negociación con Sileo me agarró pánico escénico y creí que no iba a poder llevar a cabo el asunto. Fueron segundos dificilísimos. Después supe que eso le pasa a grandes cantantes y actores que sufren mucho antes de salir a escena. A los ladrones también nos pasa. Si fallaba, podía echar a perder el plan. Pero algo me iluminó y me repuse. Me desenvolví con naturalidad. El negociador me pedía en todo momento que me tranquilizara, que todavía no había pasado nada. Que estaba a tiempo de dar marcha atrás, que todo se podía solucionar, que no siguiera adelante. Creo no haberme salido ni un punto ni una coma de los preestablecido. Cumplí el libreto al pie de la letra. No fue nada improvisado. Hasta las sonrisas, las miradas, los gestos, y la furia. En un momento me hice el desequilibrado y golpeé el ventanal con la pistola. Mis movimientos habían sido estudiados. Por dentro, me tranquilizaba que en el fondo estábamos vengando a mucha gente que odiaba a los Bancos y había sido víctima del corralito.

-¿Cómo fue el trato con la gente?

-El objetivo era no lastimar a nadie. Hubo un momento especial. Decidí liberar a una mujer mayor, pero ella no quiso. "Si no se va mi marido, me quedo". Me conmoví y los liberé a ambos. "Bueno, señora. Se van los dos". Hasta historia de amor tuvimos. Había que liberar a los más débiles, aunque esa mujer demostró ser más fuerte que todos. Uno de los empleados que tomamos como rehén lloraba como un marrano porque se hacía pis y no quería hacer en una maceta. "Qué te pasa, muchacho", le pregunté. Me respondió que no podía mear porque estaba nervioso. "¡Buaaa!", lloraba. Lo tiré para la calle porque no me convenía que por culpa de este muchacho se alterara el resto. Lo saqué a patadas en la cola, pobre muchacho. Lamento el momento que le hice pasar. A otra mujer la llevé de la mano y ella declaró en el juicio que tenía guantes. Nada que ver, sólo se me había ocurrido ponerme pegamento en los dedos, algo que hicieron los otros muchachos, para no dejar huellas. Pero estaba tan nerviosa que pensó que mis manos estaban enguantadas.

“A los negociadores les hablaba como un delincuente común, con jerga tumbera. Lo tenía todo ensayado”, afirma
“A los negociadores les hablaba como un delincuente común, con jerga tumbera. Lo tenía todo ensayado”, afirma

-¿Vio a alguno de los francotiradores?

-Durante el robo, escuché la frecuencia policial del Grupo Halcón. "Tengo al de arriba", "tengo al de abajo". Eso decían los francotiradores a cada rato. Los televisores estaban prendidos. Habíamos bajado unas telas para que desde afuera no tuvieran una visión directa. Armaron tres cercos distintos y, aunque no podía verlos, los imaginaba porque había leído y visto en videos que eso forma parte del protocolo. Y sabía cuáles serian los puntos donde podían estar los francotiradores y sabía que había tres cercos. Cerca del final, pedí hablar con el jefe de zona. Le dije: "Ya nos vamos. Estoy hasta las bolas, loco". Puse en altavoz para que los rehenes escucharan. "Qué te pasa, tranquilizate", me respondió el jefe. "Tengo unas pepas, tengo una larga, estoy re enfierrado". Ellos escuchaban. "Voy a buscar abajo un lugar para esconderlas, no las encontrés, dame tiempo, ya estoy hasta las bolas y si me encuentran eso aumenta la calificación de la carátula". Le hablaba como un delincuente vulgar, con expresiones tumberas. El alto jefe al que no voy a mencionar accedió con muchísima convicción y creía que me iba a engañar a mí y yo lo único que estaba haciendo era juguetear con él para seguir ganando tiempo.

-¿Y cayeron en su trampa?

-Si le hubiese pedido que entregara la hija me decía que sí. Tal vez me dejé llevar y al conocer al dedillo los pasos a seguir en una situación de crisis en toma de rehenes, quizá me apresuré a hacer algunas cosas antes de que me las pidieran y es probable que haya liberado a algún rehén de más con el único propósito de relajar a las autoridades. Liberé a cinco. Aun recuerdo ver desde la ventana del primer piso a un alto jefe policial que abajo de una camioneta torció el espejo para mirarse y arreglarse la corbata. Se veía declarando ante los medios sobre la estrategia utilizada para liberar a los rehenes. Me reía y para mis adentros pensaba qué le iba a decir a la prensa cuando nos hubiéramos escapado como magos. Me comunicaba permanentemente con Fer (Fernando Araujo, el líder dela banda). En un momento me dijo: "Etapa fugazzetta". Ahí puse un ultimatum a la negociación: dije que nos ibamos a entregar y pedí pizzas. Miré el reloj, eran las 15.40. Bajé al subsuelo, le entregué la pistola de plástico a Fernando para que la ubicara estratégicamente y me interné en el túnel.

Con el kipa y el traje gris, como el día que se “disfrazó” para robar el Banco
Con el kipa y el traje gris, como el día que se “disfrazó” para robar el Banco

-¿Alguna vez vivió tanta adrenalina como ese día?

-Muchas veces. Pero recuerdo que al otro día del robo, la crónica policial dijo que el hombre del traje gris se paseaba frente a la mira de los francotiradores con total tranquilidad. Estaban preparados para quitarme la vida en un segundo, pero era algo que no iba a suceder. Admito que perdí la noción del tiempo de esas dos horas. Ni agua tomé, porque un amigo mío había perdido una vez por una muestra ADN cuando encontraron su saliva en una botella de gaseosa en un robo en la Panamericana a la Mercedes Benz. Del Banco nos fuimos a las cuatro menos veinte y la Policía entró a las siete. Eso generó mal humor en la Policía.

-¿Está retirado del delito?

–Voy a ser ladrón de por vida, aunque deje de robar. El delito me ha enfrentado a la religión, a mi familia y a parte de la sociedad. En mi retiro embauqué a 70 policías de elite y a 200 regulares. Tan mal no está.

-¿Lo sorprendió la delación de la esposa de uno de los miembros de la banda?

–¿Cómo voy a saber yo que el marido pollerudo le va a contar todo a su mujer? Eso no lo pudimos controlar. Pero esta mujer fue a la policía, denunció al esposo y dijo: "Para que me crean, él me regaló esto". Y era una pulserita firmada por los nietos de una damnificada. Esta mujer será delatora por el resto de su historia. Yo no le fui infiel, yo estaba tomando mate con mi nieto y la ligué de rebote por ella.

-Alguna vez se definió como "asesor de inseguridad"…

–Es verdad. Algunas personas me han llevado a sus casas para preguntarme qué les hacía falta para que no les entraran a robar. Hace un tiempo vi unas fotos de un robo millonario al Banco Macro de Santa Fe. Los ladrones dejaron una herramienta valiosísima: una lanza térmica, que corta acero en segundos. Una o dos bandas la tienen en el país. Ese dato sólo lo pude aportar yo, porque la Policía lo ignoraba. Los que se jactan de ser especialistas en seguridad son un poco chantunes.

–¿Lo llamaron de empresas para pedirle asesoramiento?

–Me han pedido consejos. Pero no puedo decir más nada. Hay gente que me idolatra. Yo les digo: no idolatren a Marito, idolatren a Gandhi, a Pepe Mujica y a Mandela, que también estuvieron presos.

El mensaje que dejó la banda del robo del Banco Rio de Acassusso
El mensaje que dejó la banda del robo del Banco Rio de Acassusso

–¿Hay lugares que presentan fallas de seguridad y pueden ser robados?

–Claro que sí. Pero como dice el dicho del campo: a los huevos hay que dárselos a cuidar al zorro. Una empresa de seguridad me ofreció 120 mil dólares por año para utilizar mi imagen y mis conocimientos. Pero no quise saber nada. El otro día escuché a un experto en seguridad decir muchas pavadas. Dijo que cuando uno se va de vacaciones tiene que dejar la luz y la radio o la tele encendidas. Eso es una burrada. Si hago inteligencia puedo ver que las persianas siguen en la misma posición y ni hablar si hay folletos de delivery o cuentas en la puerta. Pero tengo un método mucho más rápido para saber si la casa está deshabitada.

–¿Cuál?

–Con una netbook, un módem y un software puedo detectar si hay alguien en la casa. Listo el pollo.

–Eso suena poco creíble. Lo mismo que dijo una vez en una entrevista, que podía cortar esposas con un saché de leche.

–No me creas, me da lo mismo. O hacé la prueba vos.

–¿Cuánto cuesta su asesoramiento?

–Depende. Necesito hacer un estudio de mercado. O es improvisada mi agencia de inseguridad.

-¿Volvería a juntarse con el resto de la banda?

-Estoy bien con mi familia. Además a Buenos Aires no puedo volver nunca más. Una lástima. ¡La extraño tanto!

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