
La última vez que María Soledad se vistió para salir era viernes. Se peinó largamente el pelo, se puso un jean que le gustaba y una polera negra. Faltaba menos de una semana para que cumpliera 18 años.
Soñaba con ser modelo. Soñaba con irse de viaje de egresados con sus amigos y tener un gran amor con un tal Luis Tula, 12 años mayor que ella. Nada de eso se cumplió.
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Murió esa noche, parte de su cuerpo fue alimento de los cerdos, el viaje de egresados nunca se realizó, y el tal Luis Tula terminó preso por ser partícipe necesario de su asesinato.
A 28 años de ese sueño atroz, esta es historia de María Soledad Morales.

Era septiembre de 1990. Catamarca en ese entonces era un cuenco de poder y oscuridad gobernado por Ramón Saadi, que desde 1983 manejaba la provincia como si fuera su rey. Un rey prepotente. Un rey corrupto que nunca imaginó que caería por la muerte de una chica humilde, hija de una maestra y un remisero.
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María Soledad estaba en el último año del secundario del Colegio del Carmen y San José. La noche del viernes 7 de septiembre -la madrugada del sábado 8- la iba a pasar junto a sus amigos en el boliche Le Feu Rouge, donde habían organizado una fiesta para ayudar a pagar el viaje de egresados a los compañeros que menos tenían, ella entre ellos.
"Todavía me acuerdo de su imagen, con el pelo largo, con su jean y polera negra. Le habíamos dado permiso para que se quedara a dormir en la casa de su compañera Marisa después del baile en Le Feu Rouge", recordaba su madre, Ada Rizzardo, allá por 1996, seis años después del crimen, cuando todavía no había nadie condenado.
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Fue una noche larga para María Soledad. Después de la fiesta esperaba que la buscara Luis Tula. Era, secretamente, su novio. Secretamente, su amor, para quien escribía los versos que quedaron sin corresponder en uno de sus cuadernos.
Cerca de las tres de la mañana se quedó sola en una parada de colectivo de la calle Maipú en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. Tula, casado ya entonces con Ruth Salazar, pasó finalmente a buscarla. No fue sin embargo una noche romántica. Quienes la conocían dijeron que ella hacía lo que fuera por él, que sus deseos eran en el peor sentido de la palabra, órdenes.
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Siguieron la noche juntos en otra discoteca, Clivus, donde se sumaron las drogas -una sobredosis de cocaína fue la causa de su muerte-, y la verdadera lacra de esta historia, los hijos del poder: Diego Jalil (hijo del Intendente de la ciudad en ese entonces), Arnoldito Saadi (primo del gobernador), Miguel Ferreyra (hijo del jefe de la policía), y Guillermo Luque (hijo del entonces diputado nacional Ángel Luque).
Este último, Guillermo Luque, fue muchos años después condenado como autor material del crimen. Su padre dijo para defenderlo: "Si mi hijo hubiera sido el asesino, el cadáver no hubiera aparecido, tengo todo el poder para eso". Lo echaron del Congreso, al menos.
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Lo que siguió esa noche siempre fue misterioso a causa de la complicidad y la impunidad del poder de la época. Se borraron huellas digitales, se retractaron testigos, se confundieron los relatos, se inventaron coartadas. Sabemos, sí, que esa noche María Soledad consumió cocaína (o fue obligada a consumirla), sabemos que fue violada y violentada y en última instancia, ya muerta, arrojada a un descampado a la vera de la ruta 38.
La encontraron tres obreros de Vialidad el lunes 10 de septiembre a las nueve y media de la mañana. Tenía la mandíbula fracturada, quemaduras de cigarrillo, le faltaba cuero cabelludo y un ojo, parte de su cuerpo había sido comido por los cerdos. Fue apenas una pequeña cicatriz en su muñeca izquierda la que permitió que la reconocieran en la morgue.
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"Llegó un patrullero y un policía me avisó que encontraron el cuerpo de una chica junto al puente del río del Valle. Me hicieron sentir muy mal, como si fuera la culpable de lo que pasó. Entonces me ordenaron, de mala manera, que fuera a la morgue a reconocer el cuerpo de mi hija", contó años después su madre.
Y entonces sí, a plena luz del día, comenzaba la parte de la historia que conmovió a todo el país. Sus protagonistas fueron los padres de María Soledad, Ada y Elías, que pidieron justicia sin cansancio, y la monja Martha Pelloni, que encabezó desde el principio las marchas del silencio, en las que llegaron a juntarse más de 30 mil personas pidiendo justicia.
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El gobierno de Saadi aguantó un tiempo los embates. Se recusaron varios jueces, se volvió a cero. De nada funcionó la intervención de la provincia que lanzó Menem, que envió a Luis Patti a "poner en orden" la situación. Farsa, todo farsa. Salvo esas marchas, que jueves a jueves se repetían en silencio.
"No voy a claudicar, no me van a vencer, no les tengo miedo. Hoy más que nunca creo que se hará justicia porque hay todo un país que lo exige. Me lo dice el espíritu de Sole, que está en cada rincón de mi casa cuando me pide: 'Mamá, no bajes los brazos'", dijo su madre en su momento.
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"Guillermo Luque fue uno de los asesinos, Arnoldo Saadi y uno de los mellizos Jalil participaron en el crimen. Además pienso que Luis Tula y Ruth Salazar tuvieron mucho que ver. Si esto fuera poco, contaron con la complicidad del clan Saadi y del gobierno de Carlos Menem que pusieron su granito de arena para que el crimen nunca se investigara", dijo su padre, quien murió en agosto 2016, habiendo alcanzado justicia para su hija.

Fue recién el 27 de septiembre de 1998 que llegó esa justicia. Guillermo Luque fue condenado a 21 años de cárcel por asesinato y violación, y Luis Tula a 9 como partícipe secundario de violación. Y cuatro años después de eso -¡y doce después del crimen!- la Corte Suprema misma confirmó las sentencias de Luque y Tula.
Hoy María Soledad tendría 45 años. Nadie sabe si hubiera sido modelo. Probablemente sí hubiera ido a ese viaje de egresados. Tendría seis hermanos, varios sobrinos. Quizás viviría en Catamarca o en algún otra provincia. Pero qué sería hoy de Catamarca no podemos saberlo. Ni del poder ni de sus hijos. Las marchas de silencio con la imagen de María Soledad enseñaron su lección en un único sentido posible.
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