Ciro Aranda.
Ciro Aranda.

Tras noches y noches sin sueño en un pozo de angustia luego de que robaran el cadáver de su hijo en la última Nochebuena, Alberto Aranda probó con un psiquiatra.

La imagen se repetía una y otra vez en su cerebro. Ciro había muerto en noviembre último, con apenas un año y dos meses, tras sufrir una neumonía. Su cuerpo se encontraba en el precario cementerio de Otamendi, un lugar de tumbas al ras de la tierra, nichos golpeados, paredones derribados, entradas casi sin vigilar, con una cámara de seguridad que a veces funcionaba, a veces no. No estaba enterrado o en un nicho: el pequeño ataúd, con un rosario blanco que Alberto le había dejado, estaba en una sala dentro del cementerio, esperando la construcción de nuevos nichos para ubicar ataúdes.

El 24 de diciembre pasado por la mañana, Alberto y Mara, su pareja y madre del chico, entraron a la sala para visitar el cuerpo, rezar sobre él. Mara, sin quererlo, tocó la tapa que cubría la caja de madera. La tapa se corrió, dejando entrever el interior: el cuerpo de Ciro no estaba.

Para ver a su psiquiatra, Alberto debía moverse poco más de 30 kilómetros desde el pueblo de Otamendi hasta Mar del Plata. Tampoco le salía barato: el especialista le cobraba mil pesos por cada consulta, un pedazo importante de su sueldo como trabajador en un vivero de la zona. Nadie ayudaba a Alberto en su tratamiento, ni el municipio de Otamendi o el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Marcha en Otamendi para pedir por la aparición del cuerpo de Ciro, diciembre de 2017.
Marcha en Otamendi para pedir por la aparición del cuerpo de Ciro, diciembre de 2017.

La madre de Ciro, mientras tanto, era atendida por un psicólogo, pero Alberto no podía dormir o conservar su cabeza en algo que se parezca a un estado de tranquilidad. Ya no trabajaba, no volvió al vivero en la zona rural cercana a Otamendi desde que el cuerpo de Ciro fue robado, no lo hizo hasta hoy, con una licencia psiquiátrica que se extendía cada vez más, certificado tras certificado, y que se acabará en pocos días.

El sueño fue lo primero que el psiquiatra resolvió. Alberto durmió luego de una dosis de sedantes. La angustia, sin embargo, no cedía.

La sertralina es un psicofármaco común para tratar la depresión. "Al principio no daba mucho resultado", dice Alberto. El psiquiatra duplicó la dosis: "Ahí empecé a levantar, recuperé las ganas de hacer cosas", asegura.

Alberto no suena muy convencido del otro lado del teléfono, se lo escucha agotado, como arrastrando la boca. Las recetas del psiquiatra no resuelven el hecho de que casi seis meses después el cadáver de Ciro todavía no aparece.

Inspección policial en el cementerio de Otamendi. (0223.com.ar)
Inspección policial en el cementerio de Otamendi. (0223.com.ar)

"Se seguían haciendo rastrillajes por el campo, cada vez menos, más lejos entre sí, estuvieron buscando por la ruta 88 yendo a Necochea, en la zona de Mechongué. Mi señora y yo siempre vamos, participamos", dice entre quejándose y resignado: "La parte investigativa viene muy lenta."

El cuerpo de Ciro no fue el primero en desaparecer en Otamendi. El de Matías Valentino Fernández, muerto a los dos años, había sido robado de su tumba en las Pascuas de 2017, otra fecha del calendario cristiano. Hijo de quinteros bolivianos de la zona, sus restos aparecieron días después a la vera de un arroyo en la Ruta 11, sus dientes prolijamente arrancados, sus pies amputados.

La fiscal miramarense Ana María Caro -hoy reubicada temporalmente en Mar del Plata- se encargó de investigar las desapariciones de ambos cuerpos. Y en ambos casos, la fiscal detuvo al mismo hombre: Carlos López, el ex sepulturero del cementerio, que vive a apenas diez cuadras en línea recta del lugar, un hombre taciturno, cercano a su madre y a su hijo, que habla poco y se deja ver a bordo de su pequeña moto con un motor zumbón. López había trabajado en el cementerio días antes de las Pascuas del año pasado, cuando lo echaron: luego consiguió trabajo recolectando basura.

Carlos López, ex sepulturero, sospechado del robo del cuerpo.
Carlos López, ex sepulturero, sospechado del robo del cuerpo.

Un rito de una espiritualidad oscura con López como supuesto sacerdote fue la principal hipótesis que llevó a su arresto. "Santería" era el término que atravesaba los seis cuerpos del expediente. Lo que la DDI de Miramar de la Policía Bonaerense encontró el 6 de enero pasado en su casa de la calle Córdoba en Otamendi mientras la madre del ex sepulturero insultaba y gritaba a los uniformados no estaba lejos de eso.

No apareció allí el cadáver de Ciro o ningún tipo de resto humano. Investigadores del caso apuntaron a Infobae que se encontraron muñecos con la boca cosida o tapada, osos de peluche, pequeñas chucherías atadas por cintas, lo que en las provincias del Litoral se conoce como payé, un viejo método de hechizo de ataduras. También, varias imágenes de San La Muerte, así como gran cantidad de estatuillas y varias estampitas de santos católicos en una urna negraLa mayor cantidad de objetos fueron encontrados en la casa de la madre del ex sepulturero.

La casa de López, en donde convivía con tres de sus hijos, tenía una particularidad que llamó poderosamente la atención de la fiscal: una suerte de monoambiente al frente de la propiedad, con apenas una mesa y una cama, nada más, meticulosamente limpia. La fiscal Caro ya había oído hablar de esa pieza: cuatro testigos de Otamendi declararon que al menos cinco años atrás el ex sepulturero y su madre habrían encabezado rituales en ese cuarto. Los testigos hablaron de vendas en la cabeza, de lecturas de pasajes bíblicos, de cuerpos de los asistentes frotados con tierra de cementerio. Varias biblias fueron encontradas en ambas casas allanadas.

Hay, al menos, un relato recibido por la Justicia que apunta a un presunto abuso. López tenía en su domicilio seis volantes con caras de chicos buscados por Missing Children. Se encontró un rosario de plástico blanco entre sus pertenencias, muy similar a uno que Alberto Aranda dejó junto al cuerpo de su hijo.

El ex sepulturero pasó apenas cinco días encerrado en el penal de Batán. Se negó a declarar, asistido por un defensor oficial. Luego salió. La falta del hallazgo de un cuerpo le garantizó la libertad, practicar una religión no es ningún delito en la República Argentina. El rosario blanco le fue exhibido a Alberto: negó que fuese el que estaba junto al cadáver de Ciro.

Alberto se cruza a López por el pueblo de vez en cuando, lo ve pasar en su moto. "Pensé en hablar con él, pero me recomendaron no hacerlo", dice el padre de Ciro. Carlos López está en la calle pero no está fuera de las sospechas del expediente, no le fue ordenada ninguna falta de mérito. Antes de dejar momentáneamente su fiscalía, la doctora Caro dejó a su sucesora una lista de medidas de prueba para llevar a cabo.

Continuar los rastrillajes en basurales, arroyos y pajonales estuvo entre las órdenes. Hay también un pedido de pericia a la Policía Federal. Se trata del celular de López, que fue incautado en la redada de comienzos de enero. La pericia original al aparato fue hecha a la Policía Bonaerense: se detectó que todos los mensajes en la fecha cercana al robo del cadáver de Ciro habían sido borrados. La fiscal ordenó que la PFA reciba el teléfono para recuperarlos.

La cámara de seguridad de la entrada del cementerio de Otamendi fue incautada. Caro había pedido las filmaciones al municipio: las correspondientes a la madrugada del 24 de diciembre de 2017 no existían. La fiscal luego pidió los registros a la cooperativa energética de Otamendi. La luz, durante ese período, no se había cortado en la zona. Un análisis a la cámara reveló que fue golpeada a propósito por alguien que claramente sabía de su existencia.