Luis “el Gordo” Valor en la Unidad 17 del Servicio Penitenciario Bonaerense de Urdampilleta. Espera que sus abogados logren sacarlo de nuevo a la calle (Foto: Maximiliano Vernazza/Gente)
Luis “el Gordo” Valor en la Unidad 17 del Servicio Penitenciario Bonaerense de Urdampilleta. Espera que sus abogados logren sacarlo de nuevo a la calle (Foto: Maximiliano Vernazza/Gente)

La ronda de mate en el taller de pueblo transcurrió, como es debido, con desordenada y variadísima temática que se detuvo en los últimos hechos policiales de la zona, quizás porque entre los participantes hay un poli, ya retirado pero poli al fin.

De los rateros de pueblo a los grandes maleantes desfilaron los recordados nombres del delito: Jorge Villarino, "el Loco", "el Rey del Boleto"; Darío "el Oreja" Fernández, que cargaba varios homicidios y murió acribillado; Hugo "la Garza" Sosa, delincuente devenido narrador y con un nombre siempre asociado a Luis "el Gordo" Valor. Se hizo una pausa para cambiar la yerba y, rompiendo el silencio, el ex poli dice con voz pausada y clara:

—Yo me cagué a tiros con el gordo Valor y me lo llevé preso.

El auditorio enmudeció y se dispuso a escuchar un relato que parece inédito, pero Nicasio –que así se llamará aquí al ex poli– se limitó a farfullar una brevísima síntesis donde dos autos, una balacera infernal, y una persecución a campo traviesa terminan con la detención de Luis Alberto Valor, emblemático asaltante de blindados a puro fusil y cara descubierta.

Con el Gordo cayó un cómplice. Sin prestar atención a los pedidos de más detalles, D.N. se levantó y se fue no sin dejar una frase flotando en el aire:

—Salieron enseguida porque arreglaron con un montón de guita.

Se sabe, una historia promisoria empieza muchas veces así, con una frase o una anécdota escuchada al pasar, un rumor, un dato soplado al oído, una noticia leída en improbable semanario barrial.

“La Garza” Sosa y “El Gordo” Valor al ser juzgados
“La Garza” Sosa y “El Gordo” Valor al ser juzgados

Los cronistas, al tomar nota de semejante historia, con las dudas propias de cuán real podía ser el relato, persiguieron a Nicasio hasta su Falcon bastante destartalado. Sin demasiada dificultad le arrancaron la promesa de que les contará la historia completa para ser publicada en Infobae.

—Total, pasó hace mucho tiempo y ya no estoy en la fuerza– dice Nicasio como autoconvenciéndose de lo acertado de su decisión.

Después de varios llamados telefónicos, un par de desencuentros y una cita fallida, Infobae logró sentarse con el entrevistado en una concurrida pero tranquila cervecería de una ciudad del norte bonaerense. Con una gaseosa –no toma alcohol- y una picada de queso por todo incentivo, Nicasio habló. Dado que pidió reserva de identidad, los cronistas pidieron usar los grabadores, para tener respaldo de sus dichos. Nicasio aceptó.

Hay que decir que el hombre no parece policía, o no parece haber sido policía; es bajo sin llegar a ser petiso, de tez trigueña, pelo negro con alguna cana, cara redonda, de aspecto afable y hablar preciso.

Eso sí, cuando revive la historia, no puede evitar apurar las frases. Viste sin ostentación, casi con descuido, camisa, bermuda, alpargatas. En contraste, su mirada oscura es penetrante, movediza, practica un permanente escaneo del ambiente; es una mirada alerta, entrenada para captar lo inesperado o el peligro.

Valor hoy está detenido por intentar robar el Country Olivos Golf Club de Pablo Nogués en 2009. Jura que “está retirado”: “”A esta edad un tipo con un arma en la mano es decrépito”, le dijo a Infobae
Valor hoy está detenido por intentar robar el Country Olivos Golf Club de Pablo Nogués en 2009. Jura que “está retirado”: “”A esta edad un tipo con un arma en la mano es decrépito”, le dijo a Infobae

Nicasio era cabo de la Bonaerense al momento de los hechos. Había egresado de la Escuela de Tropas Coronel Dandan seis años atrás, con apenas seis meses de instrucción.

—Ahí tiré siete tiros y no aprendí nada– dice.

Sus destinos fueron zonas calientes como chofer de los comisarios porongas de cada lugar. Su habilidad al volante y una licencia profesional de conductor lo llevaron a esa tarea. Así, en las calles inclementes del Conurbano, aprendió lo que la escuela policial no le había enseñado y en varios enfrentamientos pudo disparar los tiros que la escasa instrucción le había negado.

El otoño de 1993 lo encontró de encargado del servicio de calle en la subcomisaría de un pueblo mínimo de zona norte. Un destino que compartía con un subcomisario y 18 agentes que se repartían guardias y patrullajes en un Renault 12 con motor de inminente deceso. El objetivo más importante a cuidar en el pueblo era la sucursal del Banco de la Ribera, única institución bancaria existente.

Como responsable del servicio de calle, la seguridad del banco era la obsesión de Nicasio, el motivo de sus repetidas pasadas cuando patrullaba en compañía de un oficial Inspector.

En uno de esos patrullajes, apenas pasado el mediodía, en una calle desierta de gente y de vehículos, a Nicasio le llamó la atención un Renault 18 blanco estacionado a metros de la esquina del Banco.

—Yo me manejo mucho con el instinto, por corazonadas– dice Nicasio entusiasmado.

Un auto con tres personas parado frente al banco a esa hora no era normal para él.

—Vamos a ponerles los puntos– le dijo Nicasio al inspector que iba del lado del acompañante, quien automáticamente agarró la ametralladora Uzi, revisó el cargador y la empuñó lista para disparar.

El Gordo Valor y La Garza Sosa trasladados por la Policía, en uno de los juicios que enfrentaron juntos por liderar la Superbanda.
El Gordo Valor y La Garza Sosa trasladados por la Policía, en uno de los juicios que enfrentaron juntos por liderar la Superbanda.

El patrullero dio la vuelta en U en la otra esquina y paró justo atrás del Renault 18. Como un resorte que se descarga de golpe, Nicasio saltó del auto y se abrió hacia su izquierda, Browning 9 milímetros amartillada y empuñada. El inspector lo imitó abriéndose a la derecha con la Uzi en posición de tiro.

—¡Abajo, abajo… los tres con los documentos en la mano!– la orden resonó con la fuerza de un grito de gol en la calle desierta pero no pareció surtir ningún efecto en los ocupantes del Renault blanco.

Otro grito:

—¡Bajen, carajo!– insistieron los policías mientras apuntaban.

Las puertas se entreabrieron. El conductor esgrimía lo que parecían ser los papeles del auto. Los otros dos demoraban en bajar.

La persecución

Como en los momentos culminantes de los westerns, Nicasio contó que los movimientos parecían en cámara lenta. Las armas listas como prolongación casi biónica de los brazos, y la adrenalina a chorros por el cuerpo.

En un par de segundos todo se precipitó: una puerta se abrió del todo, una persona salió corriendo ante la sorpresa de Nicasio y su compañero, las otras puertas se cerraron de golpe y el auto arrancó quemando gomas, dejando una estela de humo blanco. Olvidándose del que había huido a la carrera, Nicasio y el inspector se zambulleron en el patrullero y partieron en persecución.

Luis Valor tiene 63 años, se hizo “famoso” robando más de 50 camiones blindados y bancos en las décadas del 80 y 90
Luis Valor tiene 63 años, se hizo “famoso” robando más de 50 camiones blindados y bancos en las décadas del 80 y 90

Con el acelerador contra el piso, el patrullero rugió por la calle que pronto se convierte en ruta, atrás quedaban las últimas casas y comercios. Más allá, el camino –bastante deteriorado– que lleva a la Panamericana donde el Renault 18 esperó llegar y perderse para siempre.

En la última cuadra, el gomero del pueblo, el Loco Luis, cerraba su galpón cuando dos ruidos lo sobresaltaron: el bramido de un motor a toda máquina y un estampido intermitente, como la contraexplosión de una moto.

Por la calle desierta pasó el Renault 18 y por la ventanilla se asomó una silueta que –arma en mano- disparaba hacia atrás, contra el patrullero que lo seguía a unas decenas de metros.

El Loco Luis apenas tuvo tiempo de tirarse al piso cuando ya los autos se perdían en las curvas y contracurvas del camino.

—Más o menos a la altura de la gomería de Luis les hice un tiro al aire con la Browning, como para que se detengan y ahí empezaron a tirarnos con todo, se veía a uno de ellos asomado con medio cuerpo afuera que nos sacudía de lo lindo, algún tiro creo que pegó en el auto porque se escuchó un golpe metálico. Alcancé a ver al gomero que se tiró cuerpo a tierra como en la colimba– dice ahora Nicasio con la mano crispada alrededor del vaso de Coca.

Con palabras atropelladas, al revivir el momento, el ex policía transmitió a los cronistas la tensión y el vértigo de la velocidad. El peligro se dibujó en su cara y se transmitió en su voz.

—¡Mandales fruta, boludo, que nos están cueteando!– gritó Nicasio a su acompañante que no termina de acomodarse para disparar.

—Dale, ¿qué esperás? Dales con todo– le insistió al inspector que, según cuenta, estaba paralizado por el miedo y con voz temblorosa ensayó una excusa:

—Le podemos dar a algún inocente… no puedo… no puedo.

Con un casi suspiro de resignación y antes de beber otro sorbo de gaseosa, Nicasio lo absolvió de su defección.

—Era muy nuevo, la primera vez que intervenía en un enfrentamiento, estaba muy verde– le contó a Infobae con un gesto que disculpa a su superior.

Se arma el tiroteo

El patrullero ya estaba en pleno campo. A un kilómetro quedaban el corralón de Diez y el vivero del Hippie barbudo, últimos comercios del pueblo.

Estaban solo de testigos alguna vaca y algún caballo que pastaban tranquilos, ajenos al estruendo de motores y disparos.

En una de las curvas del camino, el inspector ya no daba más y le pidió a Nicasio que lo dejara, que no quería seguir. Nicasio clavó los frenos, el patrullero cabeceó violentamente y se detuvo en medio de la calzada.

—Bajá, pelotudo, tomátelas y dejame la metra– dice ahora Nicasio que le gritó al inspector quien, obediente, se bajó, dejó la Uzi sobre el asiento y se paró en la banquina para mirar impávido cómo el Renault 12 reanudaba la persecución.

“Agarré la Uzi con la izquierda y el volante con la derecha y les entré a tirar, tiro por tiro, nada de ráfagas, para que no quedarme rápido sin balas”, cuenta el policía
“Agarré la Uzi con la izquierda y el volante con la derecha y les entré a tirar, tiro por tiro, nada de ráfagas, para que no quedarme rápido sin balas”, cuenta el policía

—El Renault 18 tenía mucho más potencia y velocidad, pero como el camino estaba bastante roto y con varias curvas, manejando muy jugado me pude acercar– recuerda Nicasio.

Encorvado sobre la mesa, con los ojos brillantes de renovada excitación, sigue el relato:

—Agarré la Uzi con la izquierda y el volante con la derecha y les entré a tirar, tiro por tiro, nada de ráfagas, para que no quedarme rápido sin balas.

Y así, tiro por tiro, se le fueron los dos cargadores con sesenta y cuatro balas escupidas por la Uzi que, ya inútil, arrojó al asiento de atrás. Y le llegó el turno a la Browning hasta que sus dos cargadores de trece tiros también se vaciaron. Con dos armas inútiles y la imposibilidad de pedir ayuda porque el patrullero no tenía radio, Nicasio no pensó en abandonar. Como desde el Renault 18 ya no le disparaban, calculó que ellos también se habían quedado sin municiones y que, si lograba alcanzarlos antes de la Panamericana, algo se le iba a ocurrir.

Ese algo ocurrió apenas más adelante, a poco más de 2 kilómetros de la Panamericana y es que el Renault 18, luego de una violentísima frenada, dobló bruscamente hacia la izquierda en una maniobra que casi lo vuelca. Así, saltó el terraplén para internarse a campo traviesa.

—Lo vi doblar y meterse en un campo que cultivaban unos bolivianos, seguramente querían llegar a la ruta 6 donde podían elegir ir para el Norte a Campana o para el Sur a Pilar o Luján. Lo que no sabían es que a unos 600 metros ese campo está atravesado por un arroyo– explicó Nicasio a Infobae y dijo también que ni lo pensó, que como en un rally voló con el patrullero sobre el terraplén y siguió el rastro del Renault como un dogo que ya huele su presa cercana.

La captura

Peludeando entre hortalizas y yuyales, Nicasio llegó justo a tiempo para ver que del auto incrustado de trompa en el arroyo bajaban sus dos ocupantes, aturdidos por el choque.

—Bajé con la pistola amartillada que no tenía una puta bala y les grité que se tiraran al piso. Obedecieron al toque y se acostaron boca abajo en medio del pasto y el barro– dice.

Los dos repetían como un mantra "no tires, no tires por favor, ya perdimos, ya perdimos". Uno era joven, de cara redonda, estatura mediana y muy bien vestido de sobretodo, saco y corbata. El otro tenía el físico de un luchador excedido de peso, macizo, pesado, de cara poco amigable.

—¿Dónde están los fierros?– preguntó Nicasio y la respuesta, casi al unísono fue: "Los descargamos, los tiramos por ahí, ya no teníamos más balas".

“Arranqué, le puse la pistola en la cabeza y le dije que si respiraba muy fuerte le volaba los sesos”, recuerda el oficial (Revista El Guardián, Nacho Sänchez)
“Arranqué, le puse la pistola en la cabeza y le dije que si respiraba muy fuerte le volaba los sesos”, recuerda el oficial (Revista El Guardián, Nacho Sänchez)

—Al de sobretodo lo esposé y lo metí en el baúl del patrullero y cuando fui a esposar al otro, tenía las muñecas tan gruesas que no le entraban las esposas, así que lo obligué a que se arrodillara frente al asiento del acompañante mirando hacia el respaldo y se inclinara con la cara sobre el asiento y las manos debajo del pecho. Arranqué, le puse la pistola en la cabeza y le dije que si respiraba muy fuerte le volaba los sesos. Yo temblaba pensando que si el tipo se rechiflaba no tenía cómo pararlo, me iba a hacer pedazos. Por suerte se quedó piola– recuerda con alivio retroactivo.

Como en el final de una road movie de los hermanos Coen, Nicasio apareció en el destacamento cuando el subcomisario, el inspector desertor y un ayudante de guardia debatían qué hacer para acudir en su ayuda.

Después de la sorpresa y las felicitaciones, con los detenidos en el calabozo, el subcomisario a cargo ordenó comenzar con la rutina de las identificaciones, los informes de la actuación y la búsqueda de antecedentes.

Soy Luis Valor, arreglemos

No llegaron a avanzar demasiado en esos trámites porque desde la celda el hombre del sobretodo se adelantó:

—No tires los antecedentes, somos Luis Valor y el Chiquito Gonzalo –que resultó el gigante– y podemos arreglar esto muy rápidamente de otra manera.

El verbo arreglar operó como un pase de magia, detuvo la rutina leguleya y transformó una fría actuación policial en el flexible ámbito de una amable negociación comercial donde se discutirían básicamente cantidades y condiciones.

” A mí me habían ofrecido un Ford Galaxy cero km y cinco mil pesos antes de llegar a la Subcomisaría y yo no agarré viaje, al final el subcomisario les sacó 28.000 dólares”, asegura el ex agente (Telam)
” A mí me habían ofrecido un Ford Galaxy cero km y cinco mil pesos antes de llegar a la Subcomisaría y yo no agarré viaje, al final el subcomisario les sacó 28.000 dólares”, asegura el ex agente (Telam)

El subcomisario se encerró con Valor en su oficina y cada tanto salía para consultarlo a Nicasio.

—Salía y me decía que ofrecían tanto y yo le decía que les pidiera más. A mí me habían ofrecido un Ford Galaxy cero km y cinco mil pesos antes de llegar a la Subcomisaría y yo no agarré viaje, al final el subcomisario les sacó 28.000 dólares– confesó Nicasio a Infobae mientras toma otro sorbo de gaseosa.

Cerrado el trato se hizo un llamado telefónico y todos quedaron a la espera del mensajero con el dinero. Como la devolución del Renault 18 fue parte de la negociación, el oficial de servicio lo fue a buscar en el patrullero y con ayuda de los quinteros bolivianos pudo sacarlo del arroyo, ponerlo en marcha –tenía daños menores en el frente- y traerlo al destacamento.

De las armas descartadas –un Magnum .357 y una 9 milímetros, según confesión de los detenidos- no hubo noticias. Días después, Nicasio se enteró de que otros policías, rastreando la zona, los habían encontrado y se los habían quedado.

—Cuando trajeron el auto me di cuenta de que tenía varios impactos de bala, conté no menos de cinco agujeros, no los hice mierda de casualidad– rememora D. N., no sin cierto orgullo de tirador.

Ya al caer la tarde, un Fiat Regatta flamante estacionó en el patio del edificio y un elegante emisario de traje, corbata y lustrosos zapatos negros se dirigió resueltamente a la entrada donde lo recibió Nicasio. El tipo tenía un inconfundible porte de abogado y cargaba un maletín rígido con doble cerradura en su mano derecha. El trámite fue rápido, en la oficina del subcomisario contaron el dinero, mitad en dólares y mitad en pesos. Nicasio lo metió en una bolsa y lo llevó fuera del destacamento.

Una vista del Penal donde hoy está detenido El Gordo Valor (Foto: Maximiliano Vernazza/GENTE)
Una vista del Penal donde hoy está detenido El Gordo Valor (Foto: Maximiliano Vernazza/GENTE)

—En ese momento me dio un cagazo bárbaro porque me acordé de que hacía unos días habían tratado de embocar a un poli de una caminera haciéndole la cama con dinero marcado. Un oficial de justicia y un escribano lo esperaban afuera del lugar donde se había cerrado el trato, pero el poli se avivó y metió la guita en el caño de escape de una camioneta y no lo encontraron. Zafó de milagro– dice Nicasio y luce inquieto al recordar su temor a ser descubierto.

De modo que agarró la bolsa, saltó la tapia del fondo, pasó al patio del dispensario médico que hay atrás, saltó otra tapia y corrió a campo traviesa, ya casi a oscuras, hasta llegar a su casa –a más de un kilómetro de distancia- donde escondió la bolsa entre trastos viejos en un galpón semiderruido.

Cuando regresó a la Subcomisaría, Valor, Gonzalo y el abogado se despedían tras compartir café con el subcomisario. Mientras tanto, les manguereaban el Renault 18 lleno de barro para dejarlo más o menos presentable.

Como en el cierre de un negocio provechoso para ambas partes, se dieron un apretón de manos y los fugazmente detenidos partieron con rumbo desconocido.

El reparto del botín

¿Cómo se repartió el dinero? Es la pregunta que flotaba en el aire y que Infobae no llegó a formular porque Nicasio, después de otro largo trago de gaseosa, se encargó de aclarar.

—Yo me quedé con 8.000 dólares y el subcomisario con 20.000, pero me pareció justo porque él iba a tener que silenciar todo y eso significa repartir para arriba a un par de superiores.

Por supuesto, el inspector asustado no recibió nada y por pura piedad le dieron unos pesos para cubrir la tarjeta de crédito vencida.

—¿Y el pueblo cómo procesó la persecución, el tiroteo, la brusca interrupción de la siesta en un lugar en el que nunca pasa nada?, quiso saber Infobae.

—Los primeros días me volvieron loco a preguntas– respondió Nicasio. Como el gomero, los bolivianos y algunos otros me habían visto en la persecución, yo era el centro de la curiosidad. Les contestaba que no sabía qué había pasado con los detenidos, que probablemente los hubieran llevado a Mercedes, donde estaban la cárcel y la Delegación de donde dependía la Subcomisaría.

“Hoy robar es muy difícil. La tecnología va contra el viejo ladrón. Hoy se destaca más el que sabe de alarmas y computación que el que sabe empuñar un arma o tirar una metralleta o un FAL”, le dijo Luis Valor a Infobae
“Hoy robar es muy difícil. La tecnología va contra el viejo ladrón. Hoy se destaca más el que sabe de alarmas y computación que el que sabe empuñar un arma o tirar una metralleta o un FAL”, le dijo Luis Valor a Infobae

Con el pasar de los días y como suele suceder, los hechos, circulando de boca en boca, deformándose, cambiando, agregando detalles, sumando protagonistas, fueron transformándose en una anécdota con ribetes de mito, un relato de hechos que nadie podía decir a ciencia cierta cómo habían ocurrido en realidad.

—Fue una buena negociación comercial, todos sacamos provecho, no hubo heridos ni muertos y no se hizo nada que no sea lo que sucedió siempre y sigue sucediendo en estos casos– redondea Nicasio, ya terminando su relato.

Estirado en la silla, como si estuviera en la butaca del cine al terminar la película, tomó el último trago y con una sonrisa cómplice le preguntó a Infobae:

—¿Pedimos la cuenta y vamos?

Luis Valor fue detenido unos meses después de este episodio narrado por D. N. Apenas apresado, en septiembre de 1994 logró fugar de Villa Devoto junto a la Garza Sosa y otros detenidos. Salió y entró a la cárcel dos veces más. Tiene 63 años y pasó más de la mitad de su vida preso.

Al momento de publicarse este artículo está en la Unidad 17 del Servicio Penitenciario Bonaerense de Urdampilleta, cerca de la localidad de Bolívar, a la espera de que sus abogados logren sacarlo de nuevo a la calle.

Colaboró en la producción y la entrevista: Alberto Elizalde Leal.

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