“He tenido suerte toda mi vida. Se me ha concedido todo: belleza, fama, riqueza, honores, amor. Pero he pagado esa suerte con desastres, enfermedades terribles, adicciones destructivas, matrimonios fracasados”, dijo ya en el ocaso de sus días Elizabeth Taylor. La estrella de Hollywood murió el 23 de marzo de 2011, a los 79 años. Y se fue convencida de que había saldado todas y cada una de sus cuentas.
Había nacido el 27 de febrero de 1932 en Heathwood, un barrio de Londres, Inglaterra. Era hija de padres estadounidenses: Francis Taylor, un marchante de arte, y Sara Sothern, una actriz de teatro. Así que, desde muy chica, comenzó a codearse con personalidades ligadas al arte. Le decían “la otra Reina”, ya que llevaba el mismo nombre de la soberana de Gran Bretaña. Sin embargo, por temor a los conflictos bélicos que anticipaban la Segunda Guerra Mundial, su familia decidió regresar a Estados Unidos en 1939. Entonces, su padre abrió una galería de arte en Los Ángeles. Y su madre se hizo eco de las sugerencias de gente ligada a la industria del cine, que le insistía con que tenía que llevar a su hija a hacer audiciones para películas.
Liz era apenas una niña, pero tenía ángel. Y también una belleza que no pasaba inadvertida. Muchos hablaban de sus “ojos violetas”, que en realidad eran azules pero estaban enmarcados por unas pestañas tupidas que la hacían ver como recién maquillada, cuando todavía no conocía lo que era un rímel. Así que, finalmente, audicionó para Universal Pictures y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Los dos estudios estuvieron interesados en ella. Taylor se decidió por Universal.

Lo cierto es que, tras un pequeño papel en There‘s One Born Every Minute, de 1942, Liz tuvo poco trabajo. Su rostro era muy diferente a los de las estrellas infantiles de la época, como Shirley Temple y Judy Garland. Los productores sentían que no encajaba. Ya adolescente, sí se convirtió en una figura muy popular.
A partir de ese momento comenzaron las largas jornadas de rodaje y las exigencias. Mientras iba a cursar sus estudios durante el día, Liz tenía que trabajar durante la noche. Y, además, se veía obligada a tomar clases de baile y canto para estar a la altura de los requerimientos de los directores. En 1946, obtuvo un rol secundario en El valor de Lassie. Y, con apenas 15 años y una silueta más desarrollada, comenzó a imponer su nombre en el medio.
En forma paralela, empezaron los rumores sobre su vida privada. Se habló de relaciones con hombres mucho mayores que ella, incluidos los futuros presidentes John F. Kennedy, con quien se dijo que intimó incluyendo al actor Robert Stack en un trío, y con Ronald Reagan, que estaba casado con la actriz Jane Wyman. También se mencionó un affaire con Frank Sinatra. Y todo esto fue incluido por Darwin Porter y Danforth Prince en el libro Elizabeth Taylor: There‘s Nothing Like a Dame.
Ella, sin embargo, no se dejó amedrentar. Y, mientras triunfaba en su carrera, empezó el derrotero de sus matrimonios. Su primer casamiento se celebró con el magnate Conrad Hilton Jr. en 1950, pero luego se supo que se trataba solo de un arreglo comercial de MGM, por lo que el divorcio sobrevino apenas ocho meses después. Entonces llegó el turno del británico Michael Wilding, con quien tuvo dos hijos, Christopher y Michael Jr. Pero todo terminó en 1957.

Sin perder el tiempo, a los pocos meses Liz se casó con el productor de cine Mike Todd. Pero el hombre falleció en un accidente aéreo un año después. La actriz quedó sumida en una profunda tristeza. El encargado de consolarla, en tanto, fue Eddie Fisher, con quien se casó en 1959 después de que él dejara a su esposa, la actriz Debbie Reynolds. Pero el matrimonio también fracasó y ambos se divorciaron en 1964.
No obstante, la estrella parecía dispuesta a encontrar el amor. Y ya antes de terminar con su último esposo, en 1962, conoció a Richard Burton durante el rodaje de Cleopatra. La relación fue tan escandalosa como adictiva para Liz, que siempre lo consideró el gran amor de su vida. Se casaron, viajaron por el mundo, se dieron todos los gustos, se divorciaron y se volvieron a casar otra vez. De esta relación nacieron sus dos hijas: Liza y María. Pero, en 1976, ambos le pusieron punto final a la historia.
Sin darse por vencida, se casó con John Warner en 1976, pero tampoco tuvo suerte y se divorció en 1982. Su último intento llegó en 1991, cuando se casó con un trabajador de la construcción, Larry Fortinski, en el rancho Neverland de Michael Jackson. Los ojos del mundo entero estuvieron puestos en esta boda. Y Liz vendió las fotos de la ceremonia en una cifra millonaria, que luego invirtió en su Fundación de lucha contra el Sida. Taylor y Warner se divorciaron en 1996.

Logró amasar fortunas, en especial, cuando se decidió a lanzar su propia línea de perfumes. Pero tuvo que lidiar con muchos problemas de salud. Sufría por su espalda, ya que se había lesionado durante una filmación y tuvo que someterse a una cirugía. Además, era fumadora compulsiva y padeció una neumonía bacteriana. Pero, lo peor de todo, fue su adicción al alcohol y la medicación, por lo que tuvo que realizar un tratamiento en el Centro Betty Ford entre 1983 y 1984. Y, tras una recaída, tuvo que volver a internarse en 1988.
Durante los últimos años de su vida se dejó ver muy poco. Necesitaba de una silla de ruedas para poder desplazarse. Y, en 2004, le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca congestiva. Así que optó por recluirse en su casa. Finalmente, después de pasar varias semanas internada en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, murió hace ya 15 años. Fue despedida con una ceremonia judía, religión a la que se había convertido por voluntad propia. Y sus restos descansan en el Forest Lawn Memorial Park de Glendale, California.
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