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René Lavand: de la infancia marcada por una tragedia a convertirse en leyenda de la cartomagia mundial

A los nueve años lo atropelló un auto y debieron amputarle la mano derecha. Desde entonces dedicó su infancia y juventud a entrenar la izquierda y construir una técnica que lo convirtió en uno de los ilusionistas más reconocidos del mundo. Murió un día como hoy, hace once años

René Lavand
René Lavand murió a los 86 años, el 7 de febrero de 2015
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Hacía tiempo que, según explicaba, no estaban dadas las condiciones para trabajar en la Argentina. Su carrera transcurría mayormente en el exterior y, cuando no estaba de gira, René Lavand se instalaba en Tandil junto a su última esposa. Allí daba clases de ilusionismo en un viejo vagón de tren que había acondicionado como salón de magia. Hasta le puso nombre: Pata de Fierro. Pero un día se enfermó de neumonía y murió. Tenía 86 años y una trayectoria que lo había convertido en un referente mundial de la cartomagia.

Lo suyo fue, ante todo, una historia de superación. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928. Su padre, Antonio, era viajante de comercio y zapatero; su madre, Sara, maestra. Él en cambio supo que quería ser ilusionista desde muy chico. Fue después de presenciar una función del mago panameño de ascendencia china que se presentaba como El Gran Chang. Aquella noche quedó deslumbrado y tomó una decisión que no abandonaría jamás.

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No imaginaba, sin embargo, lo que el destino le tenía preparado. En 1937, durante los carnavales de Coronel Suárez —adonde la familia se había mudado en busca de mejores oportunidades económicas—, un joven de 17 años que manejaba sin permiso lo atropelló mientras jugaba en la calle. La rueda del auto le aplastó el brazo derecho. Sobrevivió de milagro, pero los médicos debieron amputarle la mano. Tenía 9 años.

Para cualquiera, ese episodio habría sido el final del sueño. Más aún en su caso: era diestro y había perdido la mano dominante. Sin embargo, después de aprender nuevamente a comer, escribir y hasta jugar a la paleta con la izquierda, René empezó a practicar movimientos con las cartas. A los 14 años vivía en Tandil, lejos de los escenarios porteños que imaginaba conquistar algún día. Allí comenzó el trabajo paciente que definiría su estilo.

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René Lavand
Su nombre completo era Héctor René Lavandera. A los siete años vio un show de un mago chino y quedó fascinado. Desde ese momento quiso aprender a hacer trucos con las cartas

Mo tuvo más opción que ser autodidacta. Pasaba horas con el libro Cartomagia, de Joan Bernat y Esteban Fábregas, porque no existía un maestro que pudiera enseñarle a manejar una baraja con una sola mano, y menos aún con la izquierda. Nadie apostaba por él. Ni siquiera su familia. Su padre, que murió en 1955, mostró cierto alivio al verlo trabajar como empleado bancario, donde se desenvolvía con soltura contando dinero y escribiendo a máquina.

Lavand, en cambio, nunca dejó de creer. Un compañero de trabajo, a quien solía entretener con sus trucos, lo alentó a montar un espectáculo y lo ayudó a conseguir un contacto en el Hotel Continental. La consagración llegó cuando ganó un concurso de ilusionismo en Buenos Aires. Desde entonces se le abrieron las puertas de los grandes teatros porteños, como el Nacional y el Tabarís, y poco después llegó a la televisión de la mano de Juan Carlos Mareco y su inolvidable ciclo, El show de Pinocho.

Verlo actuar era hipnótico. No se trataba solo del truco, sino del relato que lo acompañaba. Su mano se movía primero con velocidad y luego en cámara lenta. “No se puede hacer más lento”, decía, mientras el público, atento a cada carta, era incapaz de descubrir el secreto. La ilusión terminaba imponiéndose como una verdad.

Su fama cruzó fronteras. Tras una etapa en México, recorrió distintos países de América Latina hasta llegar a Las Vegas, donde llamó la atención del legendario presentador Ed Sullivan, que lo invitó a su programa. Lavand sabía que su presencia sorprendía (“Era raro ver a un prestidigitador manco”, decía), pero también que bastaban unos minutos para que el talento hiciera olvidar cualquier limitación.

René Lavand
Para entrenar la mano izquierda Lavand jugaba al ping-pong, a la pelota paleta, practicaba esgrima y ensayaba, obseso, trucos con las cartas

Lo mismo pasaba con las mujeres. René las enamoraba “por arte de magia”. Se casó tres veces: primero con Sara, madre de Graciela y Julia; luego con Norma, con quien tuvo a Lauro y Lorena; y finalmente con Nora, veinte años menor, con quien compartió sus últimos años.

A diferencia de otros ilusionistas contemporáneos, como David Copperfield, que viajaban con toneladas de escenografía, Lavand solo necesitaba su traje negro, un cigarrillo, una copa de vino y su mazo de cartas. Así recorrió escenarios de Suiza, España, Francia y Alemania. Con el tiempo, sin embargo, las oportunidades en la Argentina se fueron achicando. Siguió siendo un referente —en 2002 actuó en Un oso rojo, de Adrián Caetano—, pero fue dejando las presentaciones locales y se refugió definitivamente en Tandil, donde murió un día como hoy, hace once años.

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