
En sus comienzos, hablamos de la segunda mitad del siglo XIX, el tango era cosa de hombres. Y no solo eran ellos, exclusivamente, los que lo bailaban, sino también los que lo cantaban. Después, con la llegada del siglo XX, la situación cambió. Y las mujeres comenzaron a tener cada vez más protagonismo. Sin embargo, cuando Julio Sosa se hizo presente en la escena musical, todos se remitieron a aquellos tiempos en los que este género destilaba virilidad.
Fue el periodista Ricardo Gaspari quien, al escucharlo, le puso el apodo de “El varón del tango”, con el que se lo sigue reconociendo hasta el día de hoy. El motivo era simple: el timbre de voz y la manera de cantar de este artista remitían al viejo estilo al que los fanáticos de la música ciudadana se habían acostumbrado a referentes como Carlos Gardel. Desde la década del 50, esto cambió y estos artistas fueron reemplazados por intérpretes menos estructurados. Es por eso que Sosa se distinguía de sus contemporáneos.
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Había nacido hace exactamente 100 años, el 2 de febrero de 1926, en el seno de una familia de bajos recursos de Las Piedras, Canelones, Uruguay. Su padre, Luciano Sosa, era un peón de campo y su madre, Ana María Venturini, trabajaba como lavandera. Así que, siendo un niño, el cantor conoció el rigor de la pobreza. Y, cuando llegó a la adolescencia, no tuvo más remedio que empezar a hacer changas para tratar de llevar algún dinero a su hogar.
Fue vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal de árboles, ayudante de mercachifle, repartidor de farmacia y lavador de vagones, entre otros oficios ocasionales. Sin embargo, siempre tuvo clara su vocación. Y, por ese motivo, se anotaba en cada concurso de canto que tuviera lugar en su zona de residencia. Hasta que, finalmente, se le dio. Su debut como vocalista profesional fue en la orquesta de Carlos Giardini, en la Ciudad de La Paz. Y, en 1948, en tanto, grabó junto a la orquesta de Luis Caruso en Montevideo.
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Sin embargo, Sosa sabía que su gran posibilidad de triunfar estaba en la Argentina. Y, un año más tarde, desembarcó en Buenos Aires, donde empezó su carrera cantando en el café Los Andes para luego sumarse a la orquesta típica formada por Enrique Mario Francini y Armando Pontier, donde compartió escenario con Alberto Podestá. Para entonces, Julio ya había terminado su primer matrimonio con Aída Acosta, con quien se había casado cuando tenía apenas 16 años. Así que decidió abocarse de lleno al trabajo.
En 1953 se sumó a la orquesta de Francisco Rotundo. Allí, triunfó con temas como Cambalache, Al mundo le falta un tornillo, Padrino pelao y Tengo miedo. En cuanto a su vida personal, en 1958 se casó con Nora Edith Ulfeldt, con quien trajo al mundo a su única hija, Ana María. Pero al poco tiempo se divorció.
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En 1960, finalmente, decidió comenzar su carrera como solista. Entonces se unió al bandoneón de Leopoldo Federico y su orquesta, con la que logró llegar a la cúspide de su popularidad. Y de aquella época datan los registros de temas como Nada, Qué falta que me hacés, En esta tarde gris y La cumparsita, que terminaron consagrándolo como uno de los mayores representantes del tango. Para entonces, había vuelto a formar pareja con Susana “Beba” Merighi. Y todo parecía marchar sobre rieles en su vida, al menos, frente a los ojos de los demás.
Sin embargo, cuando nadie se lo podía imaginar, ocurrió la tragedia. Era el 25 de noviembre de 1964. Sosa había participado de un programa radial en el que, como si se tratara de una broma del destino, había cantado varios temas del repertorio de Gardel. Luego salió de la emisora y se subió a su auto. Dicen que le gustaba la velocidad y que no era muy ducho al volante. Dicen también, aunque muchos testigos del momento lo negaron, que había bebido más de la cuenta.
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Lo cierto es que, en horas de la madrugada, Sosa chocó contra un semáforo ubicado en Avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla. Su mujer había dicho que alguien lo había embestido primero a él, cosa que no se pudo comprobar, y algún que otro transeúnte señaló que en realidad había intentado esquivar a un camión. Lo cierto es que el impacto fue tal, que el vehículo atravesó la estructura de cemento y se detuvo a 50 metros del lugar de la colisión, con el conductor en grave estado.
Después de un paso por el Hospital Fernández, adonde había sido llevado de urgencia, el cantor fue derivado al Sanatorio Anchorena donde lo intervinieron quirúrgicamente. Tenía cuatro costillas fracturadas, lo que le había producido serias lesiones en el pulmón, además de una conmoción cerebral. Y los médicos hicieron todo lo que estuvo a su alcance, pero no pudieron salvarle la vida.
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Al día siguiente, cuando el reloj marcaba las 9:30 horas, “El varón del tango” murió. Tenía apenas 38 años y mucho por hacer todavía. Pero el destino detuvo su reloj. Sus restos fueron velados en el Luna Park por un pedido expreso de Hugo del Carril, después de que el Salón La Argentina se viera desbordado. Y luego, una multitud acompañó bajo la lluvia al cortejo fúnebre que lo trasladó hasta el Cementerio de la Chacarita, donde fue sepultado.
No obstante, como suele suceder con cada muerte joven e inesperada, tras la partida física de Sosa su obra comenzó a revalorizarse. Vendió más de 150 mil discos. También escribió un libro llamado Dos horas antes del alba, que dejó como legado. Compuso la letra del tango Seis años. Y, hasta la fecha, se lo sigue recordando como uno de los mejores cantores de tango de la historia. El de la voz más varonil.
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