
Sus monólogos no pierden vigencia. El dólar, la corrupción, la inflación, los políticos... Hace ya 30 años que Tato Bores no está en este plano. Y, sin embargo, salvo por algunos detalles como el teléfono de línea con el cable rulo, es difícil saber de qué etapa de la historia argentina está hablando en sus soliloquios. O si está haciendo referencia a la época actual.
“Desde que era chiquitito que vengo escuchando que hay que sacrificarse en aras del futuro. El lema nacional siempre ha sido: ‘Jódanse hoy para disfrutar mañana’. Y uno pone el hombro, pero el futuro por definición se pianta y uno jamás lo puede alcanzar”, decía a fines de los ‘80. Para muchos, él fue el gran analista político y económico del país. Pero él prefería definirse, simplemente, como un “artista cómico”.
Su nombre real era Mauricio Borensztein. Había nacido el 27 de abril de 1927 en Buenos Aires y se crio en el seno de una familia judía de bajos recursos. Era muy inteligente, pero no le gustaba el estudio así que nunca terminó el colegio secundario. Decía que lo habían echado por “burro”, aunque la realidad es que había quedado libre por inasistencias. Y, como en aquellos tiempos el mandato indicaba que eran “los libros o el trabajo”, siendo un adolescente empezó a ganarse el mango como plomo (persona encargada de las tareas pesadas y de logística) en la orquesta de Luis Rolero y René Cóspito. El resto, fue obra del destino.
Uno de los músicos, llamado Santos Lipesker, había anunciado su casamiento y sus compañeros decidieron hacerle la clásica despedida de soltero. En medio de la celebración, el joven se animó a subirse al escenario del local en donde estaban tomando unos tragos para contar unos chistes. Y dio la casualidad que entre los presentes se encontraba Pepe Iglesias, El Zorro, quien rápido de reflejos lo convocó para que se sumara a su programa de Radio Splendid.

Fue el guionista de la emisora, Julio Porter, quien decidió rebautizarlo. Por aquellos años era normal que los artistas utilizaran pseudónimos. Máxime, cuando sus nombres no eran lo suficientemente pegadizos o fáciles de pronunciar. De manera que, desde entonces, pasó a ser Tato. Tato Bores. Así de simple, así de corto y así de impactante. Y comenzó a desarrollar una carrera en radio, cine, teatro y televisión, medio en el que se convirtió en una estrella en poco tiempo.
Pero claro, se presuponía que un hombre que se dedicaba al espectáculo no estaba en condiciones de hacerse cargo de una familia. Por eso, cuando pidió la mano de Berta Szpindler, el padre de la muchacha le advirtió que debería buscarse “un trabajo digno”. Tato se casó con la muchacha el 12 de mayo de 1954, la llevó de luna de miel a La Falda, Córdoba, y luego se instaló con ella en un departamento de la Capital Federal ubicado en Juncal y Rodríguez Peña, que le había prestado una amiga. A ella su familia le dio la espalda por elegirlo. Pero él nunca cambió de rubro. Ni necesitó buscar ningún rebusque extra como para poder mantener a su esposa y a sus hijos, Alejandro, Sebastián y Marina.
Para entonces, ya había empezado a demostrar su talento como monologuista desde 1956. Pero fue en 1957, cuando debutó con el ciclo Caras y morisquetas que contaba con libretos de Landrú, donde por primera vez se mostró con el clásico frac, la peluca despeinada y el habano, accesorios con los que el público lo sigue identificando hasta el día de hoy. Tato, siempre en domingo, Dígale sí a Tato, Déle crédito a Tato, Tato por ciento, Tato diet, Tato, que bien se tv...fueron algunos de los nombres que fue teniendo el programa a lo largo de los años. Se despidió en 1993, con Good Show, por Telefe. Y nunca se quedó sin tema de qué hablar.
Entre otros, han colaborado en los guiones de Bores escritores como César Bruto, Jordán de la Cazuela, Aldo Cammarotta, Juan Carlos Meza, Jorge Guinzburg, Carlos Abrevaya, Santiago Varela y sus propios hijos. Pero la realidad es que solo él podía recitarlos con esa gracia y con esa intensidad. ¿Por qué hablaba tan rápido? Él decía que era porque le daba vergüenza estar frente al público. “Tengo el miedo de torero: quiero terminar la faena rápido. El torero que le tiene miedo al toro hace rápido todas las morisquetas que el público espera para matar al toro e irse”, explicaba.

Por el mismo motivo, una suerte de pánico escénico, Tato jamás improvisaba. Tenía la capacidad de memorizar cada una de las palabras y repetirlas, sin furcios, el día de la grabación. Pero para eso estudiaba toda la semana. Los textos le llegaban en moto a su casa los días lunes, en sobres con seis carillas y un total de 10.000 caracteres. Y los viernes, él estaba listo para decirlos frente a la cámara tal como habían sido escritos, sin una coma de menos ni una letra de más.
Además de los patines de cuatro ruedas con los que entraba al estudio, algo insólito en la televisión, los musicales y los supuestos llamados a los presidentes y funcionarios de turno, estaban los clásicos tallarines con los que Tato cerraba cada programa. Figuras de la talla de Susana Giménez y Mirtha Legrand, así como casi todos los funcionarios de turno, han aceptado el convite de Bores para sentarse a su mesa. Porque estaba claro que, además de un grande del espectáculo, era un formador de opinión único.
Él decía, con humor, lo que muchos no se animaban a decir en serio. Aseguraba que en el país había que estar siempre listo por si le tocaba un cargo, teniendo en cuenta los incesantes cambios de gobiernos y ministros. Por eso se vestía de gala. Y no tenía miedo, aunque en más de una oportunidad le tocó experimentar en carne propia lo que era la censura. “Por eso, mis queridos orejones del tarro, a seguir laburando, la neurona atenta, vermouth con papas fritas… y ¡Good Show!”, era el remate con el que cerraba su descarnada crítica.
Tato murió el 11 de enero de 1996, a los 70 años, luego de una larga lucha contra el cáncer. Tiempo después, El Trece emitió un especial llamado La Argentina de Tato, en el que hizo una recopilación de sus mejores monólogos. “No me enorgullece que los textos todavía sirvan. Habla de lo mal que estamos nosotros porque estamos repitiendo las cosas. Lo que más siento es que se repiten las mismas situaciones y a veces hasta casi con la misma gente”, había dicho Bores en una de sus últimas entrevistas. Pero la realidad lo excedía. Y lo sigue excediendo.
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