Tania, la española que conquistó al tango argentino y cautivó a Enrique Santos Discépolo: “Fui la Madonna de los años 30″

La cantante, nacida en Toledo, fue pareja del compositor de Cambalache y rompió todos los moldes de su época. Murió el 17 de febrero de 1999 a los 105 años

Tania - Cambalache (Enrique Santos Discépolo)
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“Francamente, al principio lo veía poca cosa para mí… para lo engrupida que estaba. Yo picaba alto: adoraba las joyas y las pieles, y me aseguraba de que el candidato tuviera un buen auto. Eso de encontrar a un muchacho bueno no figuraba en mi vocabulario”, había confesado Tania en una entrevista. Pero él, Enrique Santos Discépolo, estaba embelesado. Y, a fuerza de flores y galanterías a las que ella no estaba acostumbrada, la enamoró.

Ana Luciano Divis -tal el verdadero nombre de la cantante- murió el 17 de febrero de 1999, a los 105 años. Discépolo, en cambio, falleció mucho tiempo antes, el 23 de diciembre de 1951. Algunos dicen que murió de tristeza, en algún punto por culpa de ella.

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Discépolo le dejó toda su herencia a Tania
Discépolo le dejó toda su herencia a Tania

La leyenda cuenta que cuando "La Gallega" -como la apodaban- se enteró de que el compositor empezó un vínculo en México con la actriz Raquel Díaz de León, entró en shock. Ellos mantenían una relación turbulenta, con muchas idas y vueltas, en las que los rumores no dejaban de hablar de las supuestas infidelidades de la mujer. Y la realidad es que, para entonces, ya se habían separado. Sin embargo, frente a la posibilidad de que él se fuera para siempre, la cantante viajó dispuesta a reconquistarlo. Cosa que no le costó.

Claro que, cuando Discepolín volvió a la Argentina junto a su gran amor, dejó una parte suya anclada en tierra azteca. Es que la mujer que le había servido para secar sus lágrimas y que, a fuerza de ternura, se había encargado de sanar su corazón, estaba embarazada. El 21 de abril de 1947 nació Enrique Luis Discépolo Díaz de León, el único hijo del músico. Fue apadrinado por Luis Sandrini y Tita Merello, quienes oficiaron como testigos para certificar la identidad de su padre. Pero el artista nunca lo llegó a conocer, justamente porque no quería enfrentarse a Tania. Y dicen que, por este motivo, cayó en un pozo depresivo y se dejó morir.

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Ana Luciano Divis y Enrique Santos Discépolo
Ana Luciano Divis y Enrique Santos Discépolo

“Yo caía en esas tertulias como una bomba atómica: tan descarada, tan jovencita y, encima, manejando mi propio Buick, cuando ninguna mujer conducía en aquella época. Y a mí estos cráneos me aburrían como una ostra”, contaba de aquella época en la que se aparecía en las reuniones bohemias de las que participaba el compositor. Ella era el comentario de todos. Pero a Enrique no le importaba. “Si me vieras desnudo, la entenderías a la pobre”, decía justificándola cuando le hablaban de sus andanzas.

Tania había comenzado su carrera siendo una adolescente en su tierra natal, donde trabajaba como cupletista utilizando distintos nombres artísticos. Hasta que conoció al bailarín Antonio Fernández Rodríguez, su primer marido, y adoptó el pseudónimo de Tania Mexican, en referencia al Trío Mexican al que pertenecía su pareja. Con Antonio tuvo a su hija Ana, a quien dejó al cuidado de su familia para venir a radicarse a la Argentina.

Había visitado estos pagos por primera vez en 1923, en el marco de una gira. Y, cuatro años más tarde, decidió regresar junto a su marido para probar suerte con el tango. ¿Una española cantando tango? Sonaba inverosímil. Pero ella tenía una personalidad arrasadora. Así que no tardó en dejar a su esposo para empezar a entonar piezas como Fumando espero o A la luz del candil junto a la orquesta de Roberto Firpo, primero, y la de Osvaldo Fresedo después. Hasta que logró debutar en el mítico cabaret Follies Bergère.

Un día, con su boquilla en la mano, decidió cantar Esta noche me emborracho. Y, cuando José Razzano, ex partenaire de Carlos Gardel, la oyó, quedó obnubilado. Enseguida, puso manos a la obra para tratar de convencer a Discepolín de que fuera a escucharla. ¿Una mujer entonando esa letra? Sí. Y el compositor tenía que escucharla. Aunque no le gustaran los cabarets por cuestiones de principios. Porque lo que estaba haciendo esta gallega de mirada penetrante era algo que no podían dejar pasar.

Tania en su juventud
Tania en su juventud

Eran tiempos en los que las damas de bien solo añoraban casarse y formar una familia. Pero Tania no era de esas. Y estaba dispuesta a romper con todos los prejuicios. “Fui la Madonna de los años ’30”, había asegurado una vez en una entrevista. ¿Acaso habrá sido eso lo que lo enamoró a Enrique? ¿Lo mismo que lo condenó a sufrir una relación tormentosa en la que nunca encontró la paz?

Contra todos los pronósticos, el vínculo se mantuvo durante veinticuatro años. Después de haber convivido durante más de una década en un departamento que alquilaban en Capital Federal, en 1941 ambos se mudaron a una casa de La Lucila. Nunca pensaron en casarse. Pero querían experimentar lo que era la vida matrimonial y alejarse un poco de la noche. Sin embargo, Tania no estaba preparada para una rutina que cualquier otra considerara “normal” en aquellos tiempos.

Cuando Discepolín viajó a México, la historia de amor parecía haberse terminado definitivamente. Pero dicen las malas lenguas que al enterarse de que iba a tener un hijo con otra, Tania llegó a amenazarlo con suicidarse. Ella perdió a su hija en un accidente cuando tenía apenas 27 años. Y al momento de su muerte, Enrique dejó un testamento en el que decía que no tenía descendientes y gran parte de su patrimonio se lo legó a Tania.

Tras la muerte del compositor, la Gallega siguió cantando sus tangos hasta el final de su larga existencia. “Yo como con whisky“, decía. Nunca abandonó ni el alcohol ni el tabaco ni la noche. Pero superó los cien años. Fue declarada Personalidad Emérita de la Cultura Argentina, a pesar de haber nacido en España. Y murió mucho después de ese ”flaco fané y descangayado", que según le había hecho entender Alfonsina Storni había sido el hombre de su vida.

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