
“Aquí tengo una voz enardecida,
aquí tengo un vida combatida y airada,
aquí tengo un rumor,
aquí tengo una vida".
La vida de luces y sombras de Miguel Hernández Gilabert comenzó el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, cerca de Alicante. A su lugar de origen le dedicó ese poema donde exalta sus colores y sus vistas y concluye con ese memorable: “Contemplad mi pueblo, contemplad mi tierra”.
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Criado en los montes vecinos, pastoreando el rebaño de la familia, encontró allí la vena poética que le brotaba como un don: el don de la palabra, el don de la métrica, el don del verso que nace como arroyo cristalino.
Buscó ayuda para expresarse y la encontró entre escritores de la talla de José María de Cossío (1892-1977), miembro de la Real Academia; Vicente Aleixandre (1898-1984), también académico, y el mismísimo Pablo Neruda (1904-1973), quien lo inició en el surrealismo.
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Neruda diría de su amigo, una vez fallecido, que recordar a este “muchachón de Orihuela” era un deber de España, un deber de amor a un hombre que había dado todo por su país: su coraje, su vida y sus versos.

Curiosamente, la relación con el otro gran poeta español, Federico García Lorca (1898-1936), fue una de desencuentros, de cartas sin respuesta o exhortaciones a calmarse dirigidas a ese joven de escasos 20 años quien proclamaba, con esa soberbia propia de su juventud, que sus versos “tenían más cojones que todos los poetas consagrados”.
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Las diferencias entre los poetas se acentuaron al punto de que Federico no acudía a lugar alguno donde pudiera toparse con Miguel. Por tal razón rehusó una invitación de Vicente Aleixandre y, en el verano del 36, decidió volver a Granada, donde lo esperaba la Guardia Civil sublevada para fusilarlo al pie de la Sierra de Alfacar.
Federico murió ante un pelotón tras unas horas de angustia; a Miguel lo fueron matando de a poco, en calabozos plagados de pulgas y alimañas, con comidas rancias y magras, en trenes helados donde las lágrimas se congelaban, lejos de su amor Josefina Manresa (1916-1987) y de sus hijos, uno de los cuales murió en la infancia.
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Haber sido comisario político del Ejército Republicano le había granjeado el odio de sus adversarios.
Miguel peleó está guerra entre hermanos, esperando “la muerte, cuando hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas”.

Escribía sus versos siempre que la guerra se lo permitía.
Concluida la contienda trató de huir a América entrando a Portugal sin los documentos en orden. Cuando intentó vender su reloj para costearse el viaje, fue capturado por la policía y entregado a las autoridades españolas, listas para aplicarle un castigo ejemplar.
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Una vez más sus amigos intercedieron por su vida y, en lugar de fusilarlo, lo condenaron a una prolongada agonía, solo alentado por esa frase que repetía: “Dejadme la esperanza”.
No solo era golpeado por el enemigo, sino también humillado y obligado a hacer concesiones a sus principios. No es fácil mantener la dignidad en la adversidad.
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Las autoridades decidieron que el casamiento con Josefina no era lícito: los papeles del matrimonio civil se habían extraviado y, como ambos eran ateos, no se habían casado por Iglesia.
Como esta convivencia no era bien vista por las autoridades franquistas, obligaron a este hombre consumido por el tifus y la tuberculosis a casarse por los ritos católicos, bajo la amenaza de que su hijo supérstite, Manuel, fuese declarado ilegítimo.
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Miguel le escribió a Josefina porque le hicieron creer que, consagrada la boda frente a un altar, sería trasladado a un hospital para recibir el tratamiento que tanto necesitaba. “Dejadme la esperanza”, se habrá repetido Hernández más de una vez, al escribir esta súplica que alentaba la posibilidad de vivir, de ver a su esposa e hijo, plasmar la fuerza de sus versos...
La ceremonia se celebró en la enfermería de la cárcel, frente a la hermana del poeta, Elvira, y a dos reclusos como testigos.
Tanto Miguel como Josefina se negaron a confesarse, pero aun así se llevó adelante la boda: la cuestión era humillar al republicano, comunista y ateo que, para colmo, se hacía llamar poeta.
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Veinticuatro días más tarde, Miguel Hernández moría con los ojos bien abiertos, cumplidos los 31 años. A pesar de las promesas de tratamiento, la burocracia lo había olvidado en su celda de penurias.
Solo cinco personas acompañaron al tosco féretro al cementerio de Alicante.

Por esas ironías de la vida —a las que solo el tiempo les concede alguna gracia— a Miguel lo colocaron en su nicho como a un sacerdote, es decir, con los pies hacia adelante y, para colmo, le estamparon una cruz, aunque fuese ateo.
La lápida la costeó tiempo después su amigo, el escultor Miguel Abad Miró, aunque el “Hernández” se escribió sin tilde y figuró 1911 como su fecha de nacimiento.
Años más tarde, su amigo Vicente Aleixandre dejó sobre su tumba una nota: “Tú, el más puro y verdadero, tú el más real de todos, tú el no desaparecido”.
En 1987 falleció Josefina, que fue enterrada junto al hombre al que vio morir en una agonía esperanzada por dos matrimonios: uno de amor y otro por obligación. Hoy, junto a la tumba, se erige un buzón que acepta mensajes póstumos:
“Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré“.
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