“El tango es un regalo que Argentina le hizo a hombres y mujeres de muchas partes del mundo, que inmediatamente se adaptaron y amaron esta tierra”.
Ese 25 de abril de 2015, cuando murió, Moisés Smolarchik Brenner tenía 99 años y ya había cumplido su objetivo de convertirse en uno de los mayores referentes del tango. Todos los conocían por su nombre artístico, Ben Molar. Y por su incansable lucha por darle a la música ciudadana y a sus intérpretes, el lugar que se merecían dentro de la cultura argentina. Es verdad que, como compositor y productor, había sido también el promotor de artistas de diferentes géneros. Pero, sin lugar a dudas, su huella más indeleble quedó marcada en 2x4.
Hijo de un matrimonio de inmigrantes polacos, había nacido el 3 de octubre de 1915 en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Sus primeros trabajos fueron como vendedor de flores y operario de una fábrica. Sin embargo, su pasión era la música. Comenzó su carrera como bolerista en los años ‘40, cuando la mayoría de las canciones de este género venían de México y Centroamérica. Sentía que nadie le iba a prestar atención a un compositor oriundo de la Argentina e inventó una mentira piadosa que, con el tiempo, terminó rebautizándolo.
“En 1942, cuando estuvo aquí el gran pianista francés Paul Misraki, nos hicimos amigos y él insistía en que yo debía componer boleros. Entonces inventé un personaje que se llamó Ben Molar, quien supuestamente vivía en París, desde donde enviaba sus temas. ¿Quién podría resistirse a ellos? Así fue que los cantantes más destacados del momento, como Pedro Vargas, Gregorio Barrios, Elvira Ríos y Juan Arvizu, empezaron a incluirlos en sus repertorios”, reconoció el letrista años más tarde, luego de que su jugada saliera a la luz.
Desde su propio sello discográfico, Fermata, promovió a artistas tan disímiles como Mercedes Sosa, Sandro, Los cinco latinos, Palito Ortega, Juan Ramón, Los Abuelos de la Nada o Las Trillizas de Oro. Pero, de alguna manera, él sentía que la sociedad estaba en deuda con el tango, ese que su propia madre le había enseñado a amar de chico. Cabe señalar que, por su iniciativa, se colocaron en 40 esquinas de la calle Corrientes, placas de bronce con el nombre de reconocidas figuras del género, entre ellas: Libertad Lamarque, Mariano Mores, Enrique Cadícamo, Horacio Salgán, Tania, Tita Merello y Raúl Lavié. Pero lo que lo enorgullecía, por sobre todas las cosas, era haber logrado que se colocara un monumento de más de dos metros de Carlos Gardel en el barrio del Abasto.
¿Si llegó a conocer al Zorzal Criollo? “Estaba en una esquina que frecuentábamos todas las noches, Corrientes y Talcahuano, donde estaba la Confitería La Real en la que todo el mundo artístico de alto nivel tomaba el té o café. Una noche vi salir a dos personajes mitológicos de Buenos Aires, hasta la vereda de enfrente. Uno de ellos le presentó a otro en el interior del teatro que antes se llamaba Smart. Esto me lo confirmó el poeta César Tiempo, años más tarde. Él cruzó la calle con Gardel. En hall del teatro estaba Federico García Lorca y se abrazaron”, recordaba como testigo de ese momento. Y aclaraba, casi en un lamento: “No pude tocarle la mano o chamuyar con él”.
Luchó durante 11 años para lograr instaurar el 11 de diciembre como el Día Nacional del Tango. “Yo estaba parado una noche de 1965 en La esquina del tango, es la que mis amigos Francisco Pacránico y Celedonio Flores hicieron que se llamara Corrientes y Esmeralda. Estaba esperando un medio de locomoción que me llevara a la casa de Julio Decaro que vivía en Callao y Guido, porque iba a festejar el cumpleaños de él. Y ahí pensé: ‘Hoy nació él y también, aunque diez años antes, Gardel. Y son dos de las grandes vertientes del tango: la voz y la música. Los dos más importantes del tango. Dos creadores’. Entonces empecé a perseguir a los secretarios de cultura”, contaba.
Por aquellos años, también, creó el proyecto 14 para el tango, un movimiento artístico que incluía música, pintura y escritura. Participaron los escritores León Benarós, Jorge Luis Borges, Nicolás Cocaro, Córdova Iturburu, Florencio Escardó, Baldomero Fernández Moreno, Alberto Girri, Leopoldo Marechal, Carlos Mastronardi, Manuel Mujica Láinez, Conrado Nalé Roxlo, Ulises Petit de Murat, Ernesto Sábato y César Tiempo. Ya con las letras terminadas, fueron convocados los músicos José Basso, Miguel Caló, Juan D’Arienzo, Alfredo De Angelis, Julio De Caro, Enrique Delfino, Lucio Demare, Osvaldo Manzi, Mariano Mores, Sebastián Piana, Astor Piazzolla, Armando Pontier, Héctor Stamponi y Aníbal Troilo. Y, como final, le acercaron la propuesta a los artistas plásticos Carlos Alonso, Héctor Basaldúa, Carlos Cañás, Santiago Cogorno, Zdravko Duckelic, Raquel Forner, Vicente Forte, Mario Darío Grandi, Julio Martínez Howard, Onofrio Pacenza, Leopoldo Presas, Luis Seoane, Raúl Soldi y Carlos Torrallardona. El resultado fue un álbum con 14 títulos, que incluía un texto con el pensamiento de los artistas sobre el tango y las láminas que reproducían las creaciones pictóricas que se expusieron en distintos bares.
“La idea nació un día que estaba sentado con Borges en una de esas visitas, semanales o quincenales que me hizo durante veinte años. Estaba debajo de este cuadro, por supuesto con un motivo de tango. Miré el cuadro, lo miré a él y le dije: ‘¿Me escribiría un tango?’. ‘Como no’, dijo. A partir de ese momento empecé a perseguir a los más grandes de la literatura y la poesía argentina ¿Por qué 14? Quería romper con algo que venía fijo. Los discos eran de doce temas, seis canciones de un lado y seis del otro. Doce canciones. Eso era lo clásico. Todo el mundo hacía eso y decían que era lo que entraba. Pero yo rompí con esa tesis, tratando de convencer a las compañías discográficas que me decían que era imposible. Conseguí que un técnico hiciera una prueba y vimos que entraron catorce. Y a partir de ese momento, no solo en la Argentina, sino en todo el mundo, se empezaron a hacer catorce temas en los longplays”, explicó Ben.
Realizó la música de las películas Días calientes (1966) y Punto y banca (1959) y compuso temas para los films Un elefante color ilusión (1970), Yo soy el criminal (1951), Fascinación (1949) y Navidad de los pobres (1947). Por su trayectoria ha recibido el título de Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y distintas distinciones en la Academia Nacional del Tango de la República Argentina, además de ser Presidente Honorario de la Asociación Gardeliana argentina y de la Academia Porteña del Lunfardo. Y se esforzó por lograr que los lugares porteños más icónicos fueran preservados. “Si uno va a España, Francia, a otros lugares del mundo, ve con que esmero cuidan las esquinas, los cafés, los edificios históricos”, decía.
Había estado casado con la actriz Pola Neuman, madre de sus hijos Daniel y Rubén Brenner. Y aunque fue muy exitoso, hasta el día de su partida se esforzó por mantener la sencillez. “Un rasgo que me enseñaron mi papá y mi mamá, era que tenía que pisar en la tierra, nunca decir que estoy medio metro más arriba. Y yo logré demostrarles eso a los que estaban a mi lado, que también tenían que pisar en la tierra, con toda humildad”, remarcaba el letrista.
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