
“Los bailarines se hacen, no nacen”, dijo en alguna oportunidad Mikhail Baryshnikov, quien este 27 de enero está cumpliendo 77 años. Se consagró como el mejor bailarín del siglo XX, tanto por su performance en el Ballet Bolshoi como en el American Ballet Theatre. Pero también como actor, actividad con la que fue nominado a un Premio Oscar por su participación en Momento de decisión y por la que llegó a convertirse en uno de los protagonistas masculinos de Sex and de city. Y muchos lo consideran insuperable. Pero él, sin embargo, sigue manteniendo su ego muy bien domado.
Nació en 1948 en Letonia, que ocho años antes había sido anexada por la fuerza a la Unión Soviética. Hijo de un oficial del ejército ruso, Nikolay Baryshnikov, y una costurera, Alexandra Kiselyova, en su inocencia se sentía un niño feliz. “Bailábamos, cantábamos todos los días. Después empecé a estudiar profesionalmente, a presentarme en el teatro con una orquesta y una coreografía real. Y ahí me di cuenta de que, para mí, eso era más divertido que jugar al fútbol”, contó en una entrevista. De hecho, fue su madre quien lo inscribió en la Escuela de Ballet del Teatro de la Ópera de Riga, donde fue aceptado en 1960 y comenzó su vínculo con la danza. Pero luego ella se suicidó sin que él pudiera descifrar el motivo. Y esto lo sumió en una profunda tristeza.
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“Adoraba a mi madre y siempre tendré recuerdos extraordinarios de ella. Me abrió puertas para apreciar las artes”, reconoció. Y de hecho, el arte fue lo que lo salvó. En 1963 visitó Leningrado (hoy San Petersburgo) y se sumó a la Academia Vagánova de Ballet junto al maestro Aleksandr Pushkin. Y, cuando egresó en 1966, se unió al Ballet Kirov (hoy Mariinsky) para debutar, directamente, como solista en Giselle. Su talento era mayúsculo y su carrera parecía imparable. Paralelamente, Mikhail comenzó una relación sentimental con la bailarina Irina Kolpaklova, una de las mejores de su época. Y, cada vez más, empezó a pensar en la manera de trabajar con directores occidentales, imaginando un futuro diferente.

Tenía 26 años y un nombre reconocido cuando, la noche del 29 de junio de 1974, decidió desertar. Acababa de realizar una presentación con la compañía del Ballet Bolshói en el centro de Toronto, cuando cruzó la puerta que daba al escenario, esquivó a los admiradores que lo esperaban para pedirle autógrafos y comenzó a correr hacía un vehículo en el que lo esperaban un grupo de amigos canadienses y estadounidenses. Pidió asilo político en Canadá y se lo dieron. Desde entonces, todo cambió para él. “Ese auto me llevó al mundo libre. Fue el comienzo de una nueva vida”, reconoció Baryshnikov.
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Su huida se escribió en la portada de los diarios más importantes de la época. “No soy un desertor, soy un elector. Fue mi elección. Elegí esta vida”, aseguró el bailarín, que buscaba escapar del comunismo. Y que sabía que su decisión podía llegar a poner a prueba a su padre militar, que sería interrogado por los servicios de la KGB. Pero el hombre se negó a escribirle pidiéndole que volviera a su tierra y nunca respondió a las cartas de su hijo para no comprometerlo. Años más tarde, en 1980, falleció sin volver a tener ningún tipo de contacto con él.
Tras su exilio, Mikhail se mudó a Nueva York, se incorporó al American Ballet Theater del que luego fue director y al New York City Ballet, logrando convertirse en un ícono de la danza. Pero también se interesó por la actuación: trabajó en film como Sol de medianoche (1985) o Dancers (1987). Y participó de distintos programas de televisión. Hasta que, allá por los años noventa, decidió abandonar el ballet para dedicarse a la danza moderna y fundar la White Oak Dance Project junto a Mark Morris. Y, en 2004, abrió su propio Centro de las Artes en la gran manzana, con el objetivo de apoyar a artistas multidisciplinarios de todo el mundo.
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¿Qué pasó con su vida personal? En 1976 comenzó una historia sentimental con la actriz Jessica Lange, con quien tenía que comunicarse en francés -idioma que había aprendido en su infancia- dado el poco dominio del inglés que tenía por esos tiempos. De esa relación nació su hija mayor, Alexandra. Pero la pareja se terminó en 1982. Después, Baryshnikov tuvo algunos romances con mujeres famosas, como la estrella italiana Isabella Rossellini o la cantante Liza Minnelli, pero que no prosperaron. En tanto, en 2006 y tras varios años de noviazgo, contrajo enlace con la bailarina Lisa Rinehart, con quien tuvo a Sofía, Anna y Peter.
Nunca dejó de trabajar, ya sea bailando, actuando o dando clases. Y brindándose por completo a cualquiera que fuera la actividad que eligiera para los distintos momentos de su vida y en los diferentes países que visitó. Los argentinos tuvieron la oportunidad de verlo en Buenos Aires en varias ocasiones. Se presentó por primera en 1979, cuando engalanó al Teatro Colón junto a Patricia Mc Bride haciendo El Corsario, Arlequinaa y Other Dances. Y por última vez en 2017, cuando protagonizó con la obra Letter to a Man en el Ópera Allianz.
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A Rusia, sin embargo, nunca más quiso volver. Y manifestó públicamente su repudio al “mundo del miedo” impuesto por el presidente Vladímir Putin. “Es un verdadero imperialista con un sentido del poder totalmente grotesco. Sí, habla la misma lengua de mi madre, de la misma forma que hablaba ella. Pero no representa a la verdadera Rusia”, dijo Baryshnikov, que en la actualidad es ciudadano estadounidense naturalizado pero que en 2017 recibió la nacionalidad letona por sus méritos.

¿Si le teme a la muerte? “Como todos, imagino. Le daré la bienvenida a la muerte, si es inmediata. Me gustaría morir sin sufrimiento, preferentemente en medio de la noche, dormido”, aseguró el hombre que deslumbró con su excelencia en cada uno de sus trabajos.
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