
Su exitosa carrera y su matrimonio transcurrieron, prácticamente de la mano. Por eso, cuando Violeta Rivas murió en el mediodía del sábado 23 de junio de 2018, Néstor Fabián sintió que le arrebataban la mitad de su vida. Llevaba ya un tiempo peleando contra el mal de Alzheimer. Sin embargo, había sido internada pocos días atrás por una infección renal. Y su partida fue un duro golpe para su público, sus seres queridos y, fundamentalmente, para su esposo.
La intérprete de Qué suerte y El baile del ladrillo, entre otros hits, había nacido el 4 de octubre de 1937 en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, bajo el nombre de Ana María Francisca Adinolfi. Tenía apenas 5 años cuando ganó su primer concurso de canto. Y, desde entonces, supo cuál era su vocación. Así las cosas, cuando su familia se mudó con ella a la ciudad de Buenos Aires, comenzó a estudiar piano y canto lírico dispuesta a convertirse en una estrella.
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Ya de muy joven, participó en distintas competencias de búsqueda de talentos, muy comunes por aquellos años tanto en radios como en teatros. Hasta que fue contratada por la compañía RCA y, ya con su nombre artístico, firmó su primer contrato como cantante. Sin embargo, fue recién en la década del 60 que conocería la fama. ¿Cómo? Integrando la llamada Nueva Ola, un grupo de jóvenes prometedores que dio lugar al ciclo televisivo El Club del Clan, que se emitió por Canal 13.

Raúl Lavié, Galo Cárdenas, Nicky Jones, Palito Ortega, Cachita Galán, Dolores De Cicco, Lalo Fransen, Paco Amor, Raúl Cobián, Perico Gómez y Johnny Tedesco, fueron algunos de los artistas que, con más o menos suerte, surgieron de aquel programa musical. Violeta, hay que decirlo, tenía una voz privilegiada, por lo que ese empujoncito de popularidad le sirvió para forjar una carrera a lo largo de la cual llegó a editar 35 discos y a ganar reconocimiento y prestigio a nivel internacional. Pero no lo hizo sola.
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Néstor había visto por primera vez a Violeta en el canal donde ella participaba de aquel exitoso ciclo y él hacía un programa que se llamaba Aquí Arriba. El hombre estaba ansioso por saludarla apenas la vio en un monitor, pero ella ni siquiera lo registró. Sin embargo, Cupido les dio una nueva oportunidad cuando Cacho Fontana los invitó a hacer un reportaje por separado en Radio El Mundo y se encargó de presentarlos. Para entonces, el cantor ya formaba parte de la orquesta del maestro Mariano Mores y ella se mostró encantada de conocerlo.
Rivas se jactaba de tener su propio dúplex, una casaquinta y un auto cuando empezó la relación con quien se convertiría en el hombre de su vida. Corría el año 1964 y, a pesar de su juventud, ella había sabido administrar muy bien sus ingresos. Néstor, en cambio, era un tanguero un poco bohemio. Así que ella se encargó de organizarlo, exigiéndole que todos los meses le diera una cantidad de dinero para ahorrar pensando en el futuro. Si quería formar una familia con ella, tenía que empezar a hacer las cosas bien. Y así lo hizo.
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Luego de tres años de noviazgo, el 16 de marzo de 1967, Violeta y Néstor se casaron en la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe, en Santa Fe. ¿Por qué allí? Porque a mediados de 1966, Violeta había sufrido una fuerte disfonía y el otorrinolaringólogo que la atendía le advirtió que no podía cantar por dos meses si quería seguir dedicándose a eso. Cuestiones del destino, Fabián estaba en la costanera de esa ciudad, donde estaba haciendo unas presentaciones, cuando vio que mucha gente se dirigía hacia algún lugar. Los siguió, casi de manera automática, sin saber adónde iban. Hasta que llegó a esa parroquia y sintió que era una señal. Así que le prometió a la Virgen que, si su amada se curaba, ambos se iban a unir ante Dios en ese mismo templo.
La ceremonia fue multitudinaria. Y toda la prensa del país estuvo pendiente de cada detalle. Sin embargo, fuera de las cámaras, Violeta trataba de que su vida familiar fuera lo más común y corriente posible. Néstor y ella trajeron al mundo a una hija, Analía. Y, dentro de su casa, la cantante disfrutaba de cosas tan simples como cocinar. Tenía varias especialidades, dulces y saladas, con las que agasajaba a sus amigos. Pero nunca quería dar a conocer los secretos de sus recetas.
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Era tan pulcra con su casa, donde siempre tenía que tener todo limpio y ordenado, como con ella misma. Le gustaba vestirse siempre de manera impecable. Y nunca dejaba de usar los perfumes que su marido le regalaba. Porque, todo el tiempo, estaban pendientes el uno del otro. Y se divertían con situaciones tan cotidianas como una cena con amigos o un paseo para mirar vidrieras. Así fue como compartieron 54 años: 3 de novios y 51 de casados. Y nunca, jamás, protagonizaron ningún escándalo.

Los últimos tiempos, sin embargo, no fueron nada simples para ellos. Nadie entendía por qué, había muchos temas de su repertorio que Violeta ya no quería cantar. Estaba rara. Y, después de varios estudios neurológicos, los médicos le diagnosticaron Alzheimer. Entonces, le sugirieron a Néstor que la internara en un centro especializado. Y le advirtieron que, si no lo hacía, la enfermedad podía terminar afectando a toda la familia.
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Sin embargo, el cantor nunca quiso separarse de su esposa. Lo consensuó con su hija. Y decidió cuidarla en su casa hasta el último día. Así trascurrieron cuatro años. Y, pese al deterioro cognitivo, Violeta nunca dejó de reconocer a su gran amor. Es más, él se emocionaba porque, cuando la besaba, ella le decía: “Ojo que nos están mirando”. Como si el tiempo nunca hubiera pasado y ellos dos siguieran siendo esos jovencitos que recién se conocían y que, allá por los años 60, empezaban a noviar.
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