
Eran tiempos en los que la violencia doméstica estaba, lamentablemente, naturalizada. Sin embargo, José Marrone sabía que lo que estaba viviendo en manos de su padre no era normal. Ni bueno. Por eso, mientras hacía changas como carnicero y ayudaba a su madre a cocinar para atender a los pensionados que les rentaban los cuartos de la casa chorizo en la que vivían, comenzó a tomar clases de boxeo. Quería tener las herramientas necesarias como para defenderse de los golpes de ese hombre que parecía haberlo traído al mundo solo para desquitarse con él.
Dicen que a una persona no la define lo que le pasó en la vida sino que lo logró hacer a partir de eso. De todas formas, algunas carencias afectivas de la infancia a veces terminan condicionando las actitudes de los adultos. Y ese niño que sufría por los golpes de su progenitor y que huyó de su casa con una mujer mayor, siendo un adolescente, cuando tuvo a su mano el amor de dos damas no quiso desprenderse de ninguna de ellas. Y mantuvo una doble vida sentimental durante más de dos décadas. Algo que todos sabían, incluso, su legítima esposa y su popular novia. Pero que nadie, nunca, le reprochó.
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El comienzo de su historia tuvo matices muy tristes. Pepe, como se lo conoció a lo largo de su vida, había nacido el 25 de octubre de 1915, en el seno de una familia humilde del barrio de Palermo. Y la realidad es que no guardaba muy buenos recuerdos de su infancia. Hubo un día en el que recibió tal paliza, que el cuerpo le quedó en carne viva. Según él mismo contó, lo envolvieron en sábanas creyendo que tenía sarna. Pero eran las agresiones de quien se suponía debía cuidarlo. Así que, con apenas 14 años de edad, decidió escaparse de su casa.
Para entonces, Marrone había empezado una relación sentimental clandestina con una mujer casada que le alquilaba una pieza a su madre junto a su marido, un vigilante. Él solía visitarla de noche, temeroso, cuando el hombre se iba a trabajar. Pero lo cierto es que, tiempo después de que se alejara de su hogar, ella enviudó. Entonces se la encontró en un café y terminó viviendo en el nuevo domicilio de ella. Por esos años, él se la rebuscaba para sobrevivir con changas y pequeñas actuaciones en cabarets. Sin embargo, la pareja se terminó cuando José se fue a hacer el servicio militar.
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El primer gran amor en la vida de Pepe llegó de la mano de Rosa Guilidoro, con quien se casó en 1937 y formó el dúo Rulito y la Gorda. Ella había sido novia de su amigo Pedro Quartucci y era 16 años mayor que él. Así que tenía muchas reticencias. No obstante, el amor fue más fuerte y ambos decidieron construir una vida juntos. Al tiempo trajeron al mundo a su única hija, Rosa Teresa, a quien apodaron Coqui. Pero la realidad es que pasaron un largo período de penurias hasta poder lograr cierta estabilidad económica. De hecho, en determinado momento, el cómico estuvo a punto de tirar la toalla, abandonar su vocación y usar sus pocos ahorros para poner una verdulería, cansado de estar luchando en vano por conseguir una oportunidad en las tablas.
En ese mismo momento, su destino cambió. Mientras hacía tiempo en un café para esperar el micro que lo llevaba a la ciudad de La Plata, donde vivía, tuvo un golpe de suerte. Le llegó la propuesta de trabajar en el Quisme. Y, el 19 de marzo de 1947, con un traje prestado al que había dado vuelta para que no se note lo gastado que estaba, debutó. Entonces sí, a fuerza de talento y carácter, se fue haciendo un lugar en el medio artístico. Pero claro, a medida que fue creciendo en su profesión, también fue abriendo un abanico de posibilidades en otros sentidos. Y, en 1950, cuando se sumó al Teatro de la Comedia, conoció a la bailarina y vedette Juanita Martínez.
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Marrone no estaba dispuesto a abandonar a la Gorda, como él la llamaba, por nada del mundo. Ella lo había acompañado en los tiempos más difíciles. Había pasado frío y hambre junto a él. Y, en ese momento, estaba atravesando un complicado problema de salud. Pero tampoco podía negar el amor que sentía por su nueva compañera de actuación, con la que lograba cautivar al público. Así que, durante veintidós años, fue un hombre bígamo.
El propio Pepe se encargó de explicar cómo era su dinámica. A las cuatro de la tarde se iba a la casa de su amante, con quien luego iba al teatro y a cenar. Y, a las cuatro de la madrugada volvía junto a su esposa, con quien compartía el resto del día. Así fue hasta el año 1972 cuando, finalmente, Rosa falleció. Entonces él, angustiado, se encerró durante cinco días sin poder hablar. Y, cuando recuperó la voz, le pidió matrimonio a Juanita.
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Cuentan que, en el último tiempo, la esposa de Marrone había recibido un llamado anónimo de alguien que le advirtió que su esposo le estaba siendo infiel. Y la misma persona le dio el número de teléfono de la vedette, como para que ella pudiera increparla. Pero la realidad es que todo el mundo sabía de la relación del cómico con Juanita. Incluso, Rosa. Pero igual la llamó. Y no para reprocharle nada, sino para pedirle que, tras su partida, se ocupara de cuidar a su marido.
La boda se realizó por civil ese mismo año y hubo un festejo con amigos en Michelángelo. Entonces, ya sin el peso de lo prohibido, Marrone y su segunda esposa pudieron disfrutar públicamente de su amor durante dieciocho años más. Hasta el 27 de junio de 1990, cuando él murió. Juanita, por su parte, siguió manteniendo vivo su recuerdo hasta el 12 de mayo de 2001, cuando se suicidó agobiada por un cáncer de pulmón. Tenía revólver calibre 32 en una mano y la foto de Pepe, su amado, en la otra.
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