Nishi, argentino que emigró a Japón a los 22 años: "Pago 400 dólares de alquiler, gasto 200 en comida al mes y los servicios son muy baratos"

Tenía trabajo, amigos y un ascenso asegurado en Buenos Aires cuando su padre le propuso instalarse en Japón. 11 años después, vive en Tokio, hace delivery en bicicleta y genera contenido en redes

Un hombre de cabello oscuro y camiseta negra mira hacia abajo frente a una puerta de madera y una pared clara
Adrian Chibana emigró a Japón a los 22 años después de renunciar a su puesto de sushiman en Buenos Aires (Yt:@Hatillo)
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Cada año, miles de argentinos dejan el país en busca de mejores condiciones de vida, salarios más competitivos y estabilidad económica. El fenómeno de la emigración juvenil se consolidó como una de las tendencias sociales más visibles de la última década, con destinos que van desde Europa hasta Asia. En ese mapa de migraciones, Japón se convirtió en un punto de llegada para una proporción creciente de jóvenes que combinan lazos familiares, doble nacionalidad o simplemente la determinación de construir una vida diferente en el exterior.

El contraste entre el costo de vida en Argentina y en otros países del mundo ocupa cada vez más espacio en la conversación pública. Para quienes emigran, los primeros meses suelen funcionar como un proceso de adaptación económica: entender cuánto cuesta un alquiler, qué implica hacer el mercado, cómo inciden los servicios en el presupuesto mensual. En muchos destinos asiáticos, ese proceso arroja resultados que difieren de los supuestos previos al viaje: los gastos pueden ser más previsibles y los ingresos, más estables.

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La experiencia de los argentinos que se instalan en Japón combina, en general, dos desafíos simultáneos: encontrar trabajo en un mercado con lógicas propias e integrarse en una cultura conocida por su hermetismo social. Para quienes tienen raíces japonesas o cuentan con doble nacionalidad, el acceso es más directo desde el punto de vista migratorio. Pero la adaptación real —la del idioma, la de los vínculos, y la cotidianidad— depende de factores que ningún pasaporte garantiza. Entre esas historias se encuentra la de Nishi, un argentino de origen japonés que decidió instalarse en la tierra de sus ancestros y compartió su experiencia en el canal de YouTube @Hatillo.

Quién es Nishi y por qué se mudó a Japón

Adrian Chibana, conocido como “Nishi”, tenía 22 años, trabajo estable y un ascenso prácticamente asegurado en un restaurante de Palermo donde se desempeñaba como sushiman. Había nacido y crecido en Argentina, y su vida allí estaba consolidada: amigos, rutina laboral, proyección profesional. Aun así, cuando su padre le propuso probar suerte en Japón, aceptó sin dudar.

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“Me fui en mi mejor momento”, recuerda. La decisión no respondió a una necesidad urgente, sino a una oportunidad. Una ventaja concreta facilitó el traslado: Nishi posee doble nacionalidad, argentina y japonesa, lo que le permitió instalarse en el país sin depender de una visa de trabajo.

Su primer empleo fue en una fábrica de autopartes para camiones, donde trabajó junto a su padre. Dado que las tareas eran principalmente manuales, pudo seguir instrucciones a partir de la observación. Su padre y otros argentinos que ya trabajaban allí colaboraban con la traducción cuando era necesario.

El recorrido laboral de Nishi no fue lineal. Tras una reducción de personal, perdió ese primer empleo junto con su padre. Luego ingresó a una fábrica de alimentos gracias a una tía, y con el tiempo pasó por una planta de autopartes adicional, construcción y otros rubros. Él mismo reconoce que durante esos primeros años aceptó trabajos que hoy no volvería a hacer. “Uno acepta cualquier cosa con tal de tener trabajo y ganar plata al no saber qué opciones tenés”, describió.

Un hombre de cabello oscuro bebe mate con una bombilla metálica en primer plano en un espacio interior
La doble ciudadanía argentina y japonesa le permitió instalarse en el país asiático sin requerir una visa de trabajo (Ig: @elnishi8)

Cómo es vivir en Japón

Por su trabajo de lunes a viernes en aquella primera fábrica, Nishi cobraba alrededor de US$ 1.500 por mes. Ante la pregunta de si ese ingreso alcanzaba para vivir, su respuesta fue concreta: “Sí, vivís. No sobrado, pero vivís”, aclaró, con la condición de que la persona no sea muy gastadora.

Para ilustrar la estructura de sus gastos, puso como referencia su situación actual. Paga aproximadamente US$ 400 mensuales por un monoambiente, destina unos US$ 200 a alimentación y otros US$ 100 en conjunto a luz, agua y gas. Con esos números, quedaría un margen disponible para otros gastos o para el ahorro, aunque Nishi aclara que el resultado varía según el estilo de vida y la ciudad donde se resida.

La experiencia cotidiana en Japón incluye también adaptarse a una cultura laboral con lógicas propias. Nishi describe un ambiente donde la exigencia es la norma: llegar dos o tres minutos tarde está mal visto, y el esfuerzo se mide por el cansancio al final de la jornada. “Si no terminás muerto después del laburo, es porque no te esforzaste lo suficiente. Así es como lo ve un japonés”, explicó. Tanto es así que quedarse dormido en el tren está bien visto: es señal de que la jornada fue intensa.

Las jerarquías son igual de estrictas. “A tu superior, sí o sí, le tenés que hablar formalmente, por más que sea de menor edad, porque se supone que es tu superior. Por más que haya entrado un día antes, va a seguir siendo tu superior”, señaló. Durante su paso por la construcción, lo vio aplicado en el traslado: en el auto que llevaba a todo el equipo hasta la obra, siempre manejaba el empleado de menor rango —dos horas de ida y vuelta— mientras los superiores iban “sentados, patas arriba, durmiendo”, en sus palabras.

La dificultad de aprender el idioma y hacer amigos

La llegada a Japón no estuvo exenta de obstáculos. El principal problema era el idioma. Aunque desde los 6 años había convivido con sus abuelos japoneses, su conocimiento del idioma se limitaba a algunos números, saludos y expresiones básicas escuchadas durante la infancia. “Sabía lo básico. Los números del 1 al 10, un par de saludos y ya está. Eso fue lo más jodido”, precisó.

Varios pasajeros japoneses, la mayoría vestidos de traje o ropa de oficina, duermen sentados dentro de un vagón de metro.
La cultura laboral japonesa impone jerarquías estrictas donde la impuntualidad sufre penalización social y el cansancio físico mide el esfuerzo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La barrera social fue, en paralelo, más difícil de superar. Japón es, según su descripción, una sociedad mucho más reservada que Argentina. “Entrar a un comercio y hablar con el empleado; acá eso no existe. Es: ‘Te compro esto, me cobrás y chau, ya está’”, compartió. Durante el primer año y medio, Nishi prácticamente no tuvo amigos. Recién en su segundo año logró construir una amistad real con un japonés.

Ese período de aislamiento fue, para él, uno de los momentos más exigentes de toda su experiencia migratoria. Con el tiempo aprendió a convivir con la soledad y encontró formas concretas de sostener el vínculo con Argentina: llamadas con amigos, cocina, deporte y contacto regular con su familia. Esas rutinas le permitieron atravesar la distancia sin perder los lazos de origen.

La vida de Nishi en la actualidad

Hoy Nishi tiene 33 años y lleva alrededor de 11 en Japón. Además de su trabajo habitual, hace delivery de comida en bicicleta por Tokio y genera contenido para Twitch, TikTok y YouTube, donde muestra escenas de su vida cotidiana en el país, aunque aclara que las redes no le dejan suficiente dinero como para dedicarse a eso de forma exclusiva.

Después de más de una década, asegura que no se arrepiente. En su primer año pensaba con frecuencia en volver; hoy considera que emigrar fue “la mejor decisión” que pudo haber tomado.

Al mismo tiempo, advierte que Japón no es para todo el mundo. La distancia con la familia, la barrera idiomática y la dificultad para crear vínculos pueden llevar a muchos a querer regresar rápidamente. Por eso, su principal consejo para quienes consideren seguir el mismo camino es llegar con al menos una base del idioma y estar preparados para una adaptación que puede llevar tiempo.

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