
Las imágenes se incrustan en el centro del tórax.
Las luces, chorros brillantes disparados por los reflectores, encienden el estadio. La población mundial —al menos buena parte— asiste expectante a la transmisión. Al inicio de la fiesta deportiva celebrada cada cuatro años. Adentro todo es color, celebración, ansiedad. Fuera del campo de juego pasa otra cosa.
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Un río de madres desesperadas, con carteles con las fotos de sus hijos y familiares desaparecidos, avanza entre cordones de seguridad que le coartan el paso. Se desgañitan ante las cámaras nacionales e internacionales y ante quien quiera oír. Se desarman preguntando dónde están. “Soy una madre desesperada, como todos mis compañeros. Déjennos pasar. Queremos de regreso a nuestros hijos”.
Podría ser el video de las Madres de Plaza de Mayo en el Mundial ‘78, uno que hace casi cincuenta años trascendió fronteras —en días sin internet ni redes sociales— y advirtió al mundo sobre lo que estaba sucediendo en Argentina, sobre los secuestros sistemáticos y la desaparición forzada de personas. Y se volvió símbolo.
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No lo es.
Es 2026 y la manifestación que viaja por el mundo sucede en México, puertas afuera del mítico campo del Azteca, donde está por iniciar la Copa de la FIFA.
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La similitud con las imágenes del ‘78 no son casuales. Las madres buscadoras de México aprendieron de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. La que no aprende es Latinoamérica.

A dónde van los desaparecidos
—Hacía mucho frío en esos días de enero del 2011 y, pues, preparé ropa abrigadora para ir a recoger a Roy a algún lugar que nos dijeran.
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Leticia Hidalgo habla desde México, pantalla mediante. Es la madre de Roy Rivera Hidalgo. Después del 11 de enero de 2011, cuando su hijo desapareció, se convirtió en buscadora, un término que todavía no estaba difundido en su país. Tiempo después fundaría el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos Nuevo León (Funden NL). Pero ese enero, hace 15 años, no entendía qué había pasado.
Su vida en San Nicolás de los Garza, la ciudad en la que vivía entonces, dentro del Estado Libre y Soberano de Nuevo León —uno de los treinta y un estados que, junto con la capital, conforman México — era sin mayores sobresaltos. Pero no sin miedo. En esos días el clima se había puesto espeso.
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—Esos secuestros ya los habíamos empezado a notar aquí porque se había vuelto una ciudad prácticamente en guerra en ese momento, en 2011. Acá la violencia estuvo terrible. Había granadazos, había bombazos, había personas que colgaban en los puentes. Y en eso empezaron los secuestros. Se estaban llevando a los muchachos. La mayoría varones en edad productiva.
Su hijo mayor, Roy, tenía 18 años. Estaba cursando el tercer semestre en la facultad de Filosofía y Letras. La noche del 11 de enero de 2011 entre diez y doce hombres encapuchados y armados se metieron violentamente en su casa, la amenazaron, golpearon a su hijo menor, Ricardo, de 16, robaron lo que pudieron y se llevaron a Roy. Algunos de ellos tenían chalecos de la policía municipal.
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—Al verlos que estaban vestidos de policías no sabíamos a quién recurrir. Y lo primero que hacemos es ir con gente que estaba en puestos políticos o que tenía un rango para que nos dijera qué hacer. Y para nuestra sorpresa su consejo fue: “No denuncien”. “No denuncien, son los mismos policías. Ya lo van a regresar, sí los están regresando”. Y me decía un conocido: “A mí me acaban de secuestrar. Me lastimaron mucho pero ya me soltaron, me acaba de recoger mi esposa en algún lugar”. Pero, pues, pasaron dos semanas y mi familia decía: “No es posible que no estemos denunciando, nadie lo está buscando a Roy”. En ese momento, cuando se lo llevan, nos hacen llamadas pidiendo un rescate económico y nosotros lo pagamos. Al haber cumplido nuestra parte pensábamos que sí, que lo iban a soltar en algún lugar. Y pasaron los días y los días y los días y nos quedamos con la ropa todavía ahí, lista para ir por él.

***
Cuando el antropólogo forense que cavaba la última fosa de esa jornada le dijo a Cecilia Delgado: “Mira, este muchacho trae brackets”, ella lo supo. Estaba de espaldas, mirando a un cerro. Y en ese momento se dio vuelta, se agachó, lo miró y dijo: “Él es mi hijo”.
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—No. Todos los muchachos de hoy traen brackets —dijo el antropólogo.
—Pero él es mi hijo. Yo sé que él es mi hijo.
Eran las cuatro de la tarde del 25 de noviembre del 2020. Ella miró el cuerpo. Acarició el cráneo. La última vez que lo había abrazado también era 25 de noviembre, dos años atrás. Ahora volvía a verlo en una fosa clandestina.
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—En el momento fue algo impactante. Le acaricio su cráneo, traía mis pelos chinos [N. de la R.: ondulados], él los tenía igual que yo, y me quedan unos rulitos suyos aquí, en mis dedos. Y me dice [el antropólogo]: “¿Por qué dices que es tu hijo?”. “Para empezar, sus dientes los conozco muy bien. Y su ropa”. Traía un bóxer que yo le acababa de comprar antes de venirme para acá [a Phoenix] y una chamarra. Y eso es lo que traía. Su camiseta de abajo no era la misma, pero la chamarra sí. Y le digo: “No me queda duda de que él es mi hijo”. Resultó que sí era.
Cecilia Delgado habla desde Phoenix, la capital de Arizona, en los Estados Unidos, donde viven sus otros dos hijos. Adonde ella se traslada acompañada de seguridad privada desde que tuvieron un atentado que amenazó la vida de su hijo menor. Y la suya. Por visibilizar los secuestros, por no dejar de buscar. Ella los visita pero sigue viviendo en Hermosillo, Sonora. Lugar donde el 2 de diciembre de 2018 desapareció su hijo Jesús Ramón Martínez Delgado. Y donde ella fundó el colectivo Buscadoras por la Paz Sonora.
—Fundé mi colectivo de Buscadoras por la Paz Sonora por la necesidad que tuve de buscar a mi hijo. Antes pertenecí a otros dos y empecé este colectivo el 10 de mayo del 2020. Muy lamentablemente lo encuentro dos años después de su desaparición en una fosa junto con 17 personas más. Lo encontró mi colectivo. Fue un golpe muy duro. Y aún sigo buscando a mi sobrino Moisés Alfonso Reynoso Delgado, que el 23 de julio cumple ya seis años desaparecido. Es una historia bastante fuerte, bastante larga. De hecho, aquí tengo a mi hijo, mira. Ese es mi guapo.
Cecilia acerca a la cámara una foto, y la angustia, que hasta este momento no se filtraba en la voz estoica, rompe en la garganta. Ella la sofoca y sigue.
—Esta es la casa de mi hija y siempre está aquí, en su pequeño altarcito. Cuando a él se lo llevan participan policías estatales en su desaparición. E inicio una lucha dura, fuerte, porque, pues, al tratarse de policías del Estado no te puedes imaginar lo que me tuve que enfrentar.

Cuando se lo llevaron ella estaba justo donde está ahora, en Phoenix. Pero aquel día, asegura, lo supo.
—Desde el primer momento supe que a él le había pasado algo malo porque lo sentí en mi corazón. Y aunque no me dijeron hasta tres días después, yo ya sabía que a él le había pasado algo porque como madre una siente lo que le pasa a los hijos. Es este sexto sentido de cuando una es madre porque no no más me ha pasado con él, me ha pasado con mis otros hijos más chicos (porque él era el mayor) y creo que como madre nos pasa. En el grupo también tengo, claro, unas hermanas que no dejan de buscar, unas esposas, poquitas, pero que han luchado a través de los años en la búsqueda de sus esposos, de su hermana, de su hermano, de sus sobrinos, pero somos más las madres las que nos enfrentamos a esto. Yo digo que tengo tres hijos, sigo teniendo tres hijos, porque el día que él se muera es cuando muera en mi corazón. Él siempre va a estar vivo para mí. Ya tiene siete años y medio que desapareció, cinco años y medio que lo tengo en un lugar digno y siete años y medio que tengo la herida abierta. Ese es un círculo que jamás vas a poder cerrar porque te hace falta esa parte de ti, ese pedazo de corazón. Siempre te va a hacer falta, por todos los días de tu vida.
Como Leticia, Cecilia vivía una vida corriente en Hermosillo, Sonora. A diferencia de Leticia, Cecilia dice que no reparaba en crímenes ni en situaciones de violencia en su ciudad. Que jamás pensó que podría pasarle algo parecido.
—Yo no sabía, yo vivía en una burbuja de cristal. Jamás ni por mi mente pasó que algún día se podían llevar a alguno de mis hijos. Es más, no sabía que existían los mentados levantones [N. de la R.: “levantones” hace referencia a los miembros del crimen organizado que secuestran y desaparecen a las personas en México]. Yo sabía, porque fue algo muy conocido, que había desaparecido el periodista Alfredo Mota, que fue secuestrado aquí, en Sonora. Era un periodista muy famoso que cubría la nota roja. Supe muchos detalles de él porque en mi casa se compraba el periódico El Imparcial, donde él trabajaba, y en cada edición decía “Quince días sin Alfredo”, “Un año sin Alfredo”, “Dos años sin Alfredo”. Entonces decía yo: “¿Y quién se lo llevó?”. “¿Y por qué se lo llevaron?”. Me hacía muchas preguntas. Pero no pensé que en algún momento llegara a pasar en mi familia y dos veces, con mi hijo y mi sobrino; que alrededor de mi vida iba a haber tantas, tantas desapariciones. Después de la desaparición de mi hijo como que revienta esa burbuja.
El 2 de diciembre de 2018 Jesús Ramón Martínez Delgado, de 34 años, estaba trabajando en su negocio, ubicado en la colonia Ley Cincuenta y Siete —una zona residencial tradicional al norte de Hermosillo—, como cualquier otro día cuando entra un chico de unos 20 años y le pide un encendedor. Como Jesús no tenía, le dijo que lo acompañaría a un negocio cercano a comprar uno. En ese momento “llegan los estatales. Atrasito llega otra camioneta, y atrás un carro cerrado. Al primero que agarran es al muchacho, al otro, Panchito”, reconstruye Cecilia. “Y en las cámaras se ve que mi hijo les hace un gesto como de qué pasó, qué está pasando. Pues lo agarran, lo golpean y lo suben. Después supe que al que buscaban era a Panchito”.
Como a Leticia, a Cecilia le pidieron dinero para devolverle a su hijo. Como a Leticia, jamás lo hicieron.
—A mí me piden dinero unos días después —recuerda Cecilia—. Hablo con mi hijo como al quinto día de que se lo llevaran. Y él me dijo “Mamá” —cuando escucho su voz digo mi hijo está vivo, y pues obvio que me llena de emoción: “Lo voy a recuperar con vida”, pensé—. Y me dice: “Mamá, no les des nada porque de todos modos me van a matar”. Y “te amo, mamá, te amo mucho”.

Y por qué es que se desaparecen
Cuando se llevaron a su hijo, Cecilia se lanzó a investigar y se dio cuenta de que el mismo día, ese 2 de diciembre de 2018, había habido otras once desapariciones en el mismo pedazo de ciudad. Habían arrasado cuadra por cuadra.
—Entonces, yo decía: “¿Qué pasó aquí? ¿Por qué se los llevaron? ¿Por qué se llevaron a mi hijo?”. Era una desaparición forzada porque participaron policías estatales. Pero para hacer que su carpeta [de investigación] sea llevada a desaparición forzada, pues tuve que luchar muchísimo, porque aquí se los llevan para trabajar con ellos, a veces voluntariamente, a veces a la fuerza, a veces porque les llaman “chapulines”: si ellos consumen droga y le compran al otro que vende ese es un motivo suficiente para levantarlos y matarlos. Ahorita es una cosa que nos está impresionando muchísimo: por un mínimo caso de que tú voltees a verlos y los veas mal se llevan al papá, se llevan a los hijos, se llevan a todos. Es algo que ha perdido control porque antes decían que había etiquetas, que había acuerdos, formalidades, que había respeto por la familia, que ellos no se metían con los hijos, que ellos no se metían con mujeres, que ellos no se metían con niños y ahorita no están respetando nada de eso. Ahorita ellos están agarrando parejo, lo mismo se pueden llevar a una mujer menor de edad o mayor de edad, una señora de la tercera edad y matarla como si nada. Que porque el hijo que no pagó, que porque el hijo se hizo el chapulín, que porque el hijo se fue con los contras. Es algo que te duele muchísimo y dices: ¿hasta dónde vamos a llegar? ¿Hasta dónde vamos a aceptar que siga pasando esto?
Leticia y Cecilia son solo dos de las miles de madres buscadoras de México reunidas en colectivos que nacieron para hacer lo que el Estado no hace: buscar a sus hijos desaparecidos. Colectivos que se multiplican porque se multiplican los secuestros como los focos de una epidemia letal que se encienden por todo el país.
Antes de las desapariciones de sus hijos eran madres a secas. Ahora, y desde hace años, el mote de buscadoras o rastreadoras las identifica como un epíteto que cargan con el orgullo de la lucha colectiva, con el peso de la pena más profunda.
La agrupación Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos (as) en Nuevo León, fundada por Leticia, fue de las primeras. Después de que se llevaran a su hijo Roy, después de que les recomendaran no denunciar, después de que pagaran un rescate por él y que pasaran semanas sin respuesta, decidieron ir con el Ejército, la fuerza que, desde los carteles que empapelaban las ciudades de Nuevo León, decía, era a la que había que recurrir en caso de ser víctima de un hecho de violencia. Los atendieron, los escucharon y les confirmaron lo que sospechaban “que quienes se los llevaban eran policías en activo, organizados para entregar a los muchachos y a las personas que secuestraban a grupos criminales”, dice Leticia.
—Estuvimos yendo día, noche, día, noche, ahí [con el Ejército] pero pues no veíamos muchos resultados. Bueno, más bien no veíamos ningún resultado —recuerda—. Nosotros en la casa seguíamos el rastro de uno de los teléfonos que era nuestro y que se habían llevado en el momento que se llevaron a Roy, y días después dimos con un lugar en las afueras de la ciudad. El Ejército acudió precisamente porque sabía de nuestra denuncia y de nuestro número de teléfono y efectivamente capturaron a tres secuestradores y, no estoy segura ya ahorita, a tres o cinco personas secuestradas y pensamos que ya habíamos encontrado a Roy ahí, pero lamentablemente no estaba. Empujando nosotras mismas las investigaciones nos dimos cuenta que sí. Que las declaraciones de los que había rescatado el Ejército decían que había muchas personas secuestradas, que se los habían llevado a otros lugares, pero que no sabían dónde. Y así comenzó nuestra búsqueda en 2011.
“Tienen que denunciar a donde se debe denunciar, o sea, con la policía”, les dijo el Ejército. Sonaba cínico: la policía era cómplice. Aun así, denunciaron.
—Ya habían pasado tres semanas y así fueron pasando los días y no recibíamos la atención que debíamos. En las mismas instituciones nos empezamos a conocer con otros familiares, todos denunciando lo mismo: se llevaron a mi hijo, se llevaron a mi nieto, se llevaron a mi sobrino, a mi hermano, a mi esposo. Y fuimos intercambiando datos: a dónde acudir, a dónde no porque no nos ponían atención, etcétera. Hasta que el 2012 decidimos juntarnos en una organización de familiares que estábamos buscando pues prácticamente solos, empujando nuestras investigaciones, cada quien de su hijo, de su hija —sobre todo varones en ese momento, pero también había mujeres desaparecidas—. Y nos organizamos en abril de ese año como Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León.
La referencia para tomar impulso fue otro colectivo que estaba organizado desde 2009 en un estado colindante al suyo, Coahuila, con familias que padecían la misma situación y se habían llamado Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila. El norte de México era particularmente azotado por la violencia de los grupos del crimen organizado y el narcotráfico. Las familias que comenzaban a agruparse en Nuevo León se contactaron con sus vecinos, quienes tenían dos años delante de una experiencia tortuosa, comenzaron a leer sobre las desapariciones en América Latina en las dictaduras de los 70, tomaron cursos, conocieron antropólogos y arqueólogos que les enseñaron a buscar bajo la tierra, se capacitaron cobijados por la misma organización de derechos humanos que había abrazado al grupo de Coahuila —el Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios— y fundaron su propia organización. Esos fueron los primeros grupos de madres buscadoras. Que ya no dejarían de nacer.

Antes de fundar su colectivo, mientras buscaba a su hijo, Cecilia Delgado había participado en otros similares que tenían el mismo fin: encontrar a las personas que habían sido arrancadas de sus familias, de sus vidas. Esos grupos salían directamente con picos y palas y recorrían kilómetros, subían cerros y se adentraban en parajes inhóspitos adonde algún anónimo había dado aviso de que podía haber restos de personas secuestradas. Ellos mismos cavaban las fosas para encontrarlos. Tiempo después fundó su propia agrupación, Buscadoras por la Paz. La que sigue liderando, con la que sigue comprometida aun habiendo encontrado a su hijo hace seis años.
—Sigo buscando por eso tengo seguridad privada, porque no dejo de buscar. No puedo dejar de buscar si la amenaza está latente. No puedo salirme porque hay muchas familias que me ocupan. Yo teniendo a mis otros hijos lejos y sabiendo que están seguros, sigo buscando. He ayudado a muchísimas familias en esta lucha estos años y las sigo apoyando porque es una promesa que le hice a él [su hijo]. También le prometí encontrar a su primo. No sé si lo logre pero las promesas se cumplen. A él le dije que lo iba a encontrar, le pude cumplir, pero con mi sobrino no sé, ya pasaron seis años. En el camino hemos encontrado a muchísimos, a muchísimos. No tengo ya la cuenta, pero sí te puedo decir que son cientos de personas que hemos encontrado sin vida, pero también hemos encontrado con vida.
Según registros que aparecen en diferentes sitios web, las madres buscadoras de Sonora —no solo el colectivo de Cecilia— han encontrado más de mil doscientos cadáveres en fosas clandestinas y a unas mil trescientas personas con vida, desde el año 2019.
—Es algo impresionante. Nuestro colectivo de Buscadoras por la Paz Sonora ha trabajado en todo el estado, hemos trabajado también en otros estados, hemos trabajado mucho de la mano con otros colectivos, somos dos colectivos muy fuertes en Sonora: Madres Buscadoras y Buscadoras por la Paz Sonora. Y cavamos con tanto amor. Después de siete años veo mis manos llenas de callos, todas maltratadas, pero no me importa porque cavamos con una fuerza que no sabíamos que teníamos. Y subimos cerros de hasta una hora y media. En la punta del cerro hemos encontrado hasta diez, doce cuerpos. Cuando iniciamos, iniciamos nomás con las ganas, con las ganas de encontrar, y buscando y volteando y viendo. Había un solo colectivo, Guerreras Buscadoras de Sonora se llamaba, y a ellas les habían dicho: “Mira, si ves la tierra removida, si ves un hundimiento”. Y era todo lo que más o menos conocíamos. Después nos capacitaron: estuvo el Equipo Argentino de Antropología Forense, los guatemaltecos; pero al principio fue nada más el amor, las ganas. Yo salí dos, tres, cuatro meses sola. Buscándolo en los montes, en los hospitales, en todos los sitios donde podía creer que estaba mi hijo. En casas abandonadas, en tiraderos [N. de la R.: lugares donde venden droga]. Me enfrenté con gente que ni me imaginé enfrentarme porque en ese momento traía tanto dolor y tanta fuerza también por quererlo encontrar que no me importaba. Ni siquiera me imaginaba dónde me metía, a lo que me enfrentaba. Me pudieron haber matado, pero no me importaba en ese momento. Yo solamente quería encontrar a mi hijo. Él me dio la fuerza y me la sigue dando. Y sé que algún día lo voy a volver a ver. Que algún día lo voy a poder abrazar y le voy a poder decir que he cumplido la promesa. Que su mamá nunca se rindió.

Y cuándo vuelve el desaparecido
—Siempre nos hemos visto muy reflejadas en las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo —dice Leticia—. Muy, muy. Con muchísimas similitudes. De hecho, en nuestras redes sociales estuvimos compartiendo videos precisamente del Mundial en Argentina en 1978. Los videos eran de las Madres de la Plaza de Mayo en ese momento, y a nosotros nos voló la cabeza cuando por primera vez las entrevistan y les dicen lo mismo que a nosotros, porque un reportero les desconfía: “El Gobierno dice que son ustedes unas mentirosas, que no es cierto que les han desaparecido a sus hijos”. Y es una indignación tan grande que nos hace llorar a nosotras también.
Leticia habla de las Madres y llora de indignación, como si ella estuviese siendo increpada, descreída por ese periodista de hace cincuenta años. No es solo empatía: lo afronta en su piel medio siglo después.
—Son cincuenta años y estamos viviendo lo mismo ahora nosotros en este país… Sentimos el dolor de ellas porque los desaparecidos, todos y todas, se vuelven o se han vuelto nuestros hijos, nuestras hijas, nuestros hermanos, nuestros nietos. Y vemos cómo los Gobiernos, pues, si no es que se comprometen con esas malas prácticas, sí las conocen y hacen muy poco para que no suceda.
Los puntos en común entre las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo argentinas y las madres buscadoras de México no son pocos. A excepción de los motivos y los autores de las desapariciones, la situación en la que se ven envueltas, la impotencia y el dolor son los mismos. También lo que muchas veces dice la sociedad alrededor de quienes faltan: “Si se los llevaron, por algo será”.
En el anfitrión latinoamericano del Mundial hay más de ciento treinta mil personas desaparecidas. La cifra es abismal.
—Ha pasado en todas las familias —aclara Cecilia—, no nomás en las de escasos recursos, como dicen: “Es que pasa mucho porque están muy vulnerables, porque se van, porque no tienen dinero. Pasa en las familias que se drogan por esto, por lo otro”. No, pasa en cualquier estatus social, ya no es que sea en un estatus económico bajo, lo hemos visto en personas bien acomodadas.
La sospecha de que las mismas víctimas tienen la culpa es una sombra gruesa que recorre los estados detrás de los desaparecedores. Y que exime responsabilidades.
Los colectivos, como hace cincuenta años las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se unen, juntan fuerzas, se ponen remeras que preguntan dónde están, alzan carteles con sus fotos, marchan pacíficamente, ocupan plazas que hacen suyas —en Nuevo León y también en la Ciudad de México, en nombre del colectivo nacional integrado por la unión de colectivos de madres, recuperaron espacios que rebautizaron Plaza de las y los Desaparecidos y La Glorieta de las y los Desaparecidos, respectivamente. En Sonora les están construyendo una en homenaje a las madres que se llamará Plaza Las Buscadoras—. Crearon fiscalías y comisiones especializadas para la búsqueda de personas, lograron que en su país la desaparición forzada sea considerada delito de lesa humanidad.
—También formamos parte del Movimiento Nacional de Personas Desaparecidas y de diferentes colectivos, como es La Glorieta de las y los Desaparecidos en la Ciudad de México —explica Leticia—. Ahí llegamos muchos colectivos de las demás partes del país defendiendo también un lugar especial en una de las partes más centrales de la Ciudad de México, de la capital, y se defendió este lugar así como la Plaza de los Desaparecidos acá en Nuevo León. Y como la conformamos colectivos de diferentes estados de la República, empezamos a soltar ideas para participar en el Mundial. “Tenemos que hacernos ver a través de este escaparate y que nos presten la misma atención que le están prestando las autoridades y la presidenta y los gobernadores”, dijimos. "Hay que salir a que nos vea todo el mundo. Todos los ojos van a estar puestos en el fútbol. Bueno, vamos a salir a jugar fútbol también. Aquí la diferencia es que nosotros lo hacemos con la fotografía de nuestros hijos o nuestras hijas en el pecho. Y con nuestra playera, que siempre nos ha distinguido, que pregunta dónde están”. Esa es la pregunta que se nos ha vuelto eterna y que aún no encuentra respuestas.

El 11 de junio, mientras la selección de fútbol mexicana se preparaba para salir a la cancha, y el país para inaugurar la Copa del Mundo, miles de ciudadanos, afuera del Estadio Azteca, se ponían otra camiseta. Era la del equipo de su país, pero era diferente: el número impreso en la espalda era para todos el mismo: 133.000. Hasta ese día, esa era la cifra que indicaba el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas de México. Al momento de cerrar esta nota, quince días después, el número escaló a 135.124. Quizás la canción más adecuada de Maná para abrir el espectáculo no era “Oye Mi Amor” sino su famosa versión de la del panameño Rubén Blades, “Desapariciones”.
Inspiradas en las Madres de Plaza de Mayo, las madres buscadoras se pararon afuera de las canchas, delante de las cámaras para saltar de ahí a todas las pantallas. “Y empezamos a lograr que los ojos del mundo nos voltearan ver”, dice Leticia. Lo hicieron para recordar que mientras el mundo celebra, ellas siguen buscando.
—Gracias a ellas que hace cincuenta años nos enseñaron a luchar —dice Leticia—. Gracias a las Madres de la Plaza de Mayo, a las Abuelas de la Plaza de Mayo. Por eso nosotros buscamos un lugar, que es en la plaza, que es La Glorieta, que es otro en otro estado. Todos hemos tenido lugares para juntarnos. Y hemos tenido símbolos, como ellas los pañuelos, nosotros, a lo mejor, las playeras. Sin miedo, porque nos quitaron el miedo pero no nos quitaron el amor, igual que a ellas. Y por eso siempre digo en todas las entrevistas que el mensaje a las autoridades es que se equivocaron y que se equivocan al enfrentarse con las madres. Porque si alguien nunca se ha rendido somos las madres de los desaparecidos.
Medio siglo después, las semejanzas entre México y Argentina como sedes del Mundial son más de las que querríamos. Entre ellas, el deseo de que lo único circular de esta historia fuera la pelota. El Estado mexicano, emocionado de ser anfitrión del encuentro otra vez, anuncia: “El balón regresó a casa”. Las madres, desgarradas, le preguntan: “¿Y nuestros hijos, cuándo?”.
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