Después de los 60, la nueva receta médica puede incluir un coro, un museo o una caminata

Coro, teatro, caminatas grupales, naturaleza o visitas a museos. Cada vez más sistemas de salud incorporan la prescripción social para combatir la soledad y promover un envejecimiento saludable

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Dos adultos mayores con cabello blanco caminan por un sendero de tierra en un parque arbolado con césped verde, bajo una suave luz matinal.
Los entornos naturales reducen la activación del sistema nervioso simpático y favorecen la rama parasimpática —medible en cortisol y presión arterial—, y activan la atención involuntaria: una forma de mirar que no exige esfuerzo y permite recuperarse del agotamiento mental que imponen el trabajo, las pantallas, la vida urbana (Imagen ilustrativa Infobae)

Mis hijos le pusieron a la perra que nos regalaron Caipiriña. Es un nombre simpático y sonoro hasta que tenés que llamarla, sobre todo de noche. Una señora mayor como yo a los gritos de “Caipiriña” en un parque oscuro lleno de muchachos jugando al fútbol o en sus tablas de skate es un chiste demasiado obvio.

Salgo a caminar con Caipi todos los días, dos veces por lo menos. Nunca me automediqué, y lo rechazo, pero es una especie de remedio casero. Mi manera de tomar aire fresco ahora que en invierno la casa está muy cerrada, cansarme un poco para obligarme a dormir más, mirar lejos, lo más lejos que pueda. Mis ojos necesitan horizonte, cielo, para estar vivos y vitales.

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Mi receta todavía no existe en la Argentina, pero en muchos países del mundo ya es parte de los sistemas de salud. Un poco de verde, una salida al teatro, participar de un coro o ir a un museo se prescriben con la misma convicción y letra ilegible con que se escribía hace unos años el nombre de un barbitúrico. Se llama “prescripción social” y en lugares como Canadá, Inglaterra, Japón o Suiza ya es parte de la rutina médica para afrontar o prevenir cuestiones de salud física o mental. A cualquier edad, pero sobre todo después de los sesenta.

Un hombre y una mujer mayores observan objetos en una vitrina de cristal en una galería de arte con paredes blancas y suelo de madera. En el fondo se ven fotos enmarcadas
En 2019, la Organización Mundial de la Salud publicó la revisión más exhaustiva hasta ese momento sobre arte y salud y concluyó que involucrarse en el arte, ya sea bailando, cantando o yendo a museos y conciertos, ofrece una dimensión añadida a cómo podemos mejorar nuestra salud física y mental

Lo que el cuerpo necesitaba y la medicina no recetaba

La idea no es nueva, pero durante años existió en bolsones aislados, sin que ningún sistema de salud la registrara formalmente. Era casi cuestión de intuición, como el tecito con jengibre que tomamos si nos pica la garganta. Pero faltaba esa pátina de autoridad que da el sistema, el médico, la receta. El cambio de escala llegó recién en 2017, cuando el NHS británico anunció financiamiento formal para la idea, y la convirtió en pilar oficial de su modelo de atención dos años después.

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Puede ser que en redes aparezca aquí y allá dicho por distintos influencers más o menos creíbles, pero yo lo escuché desarrollado por un especialista hace unas semanas en Córdoba, en el Primer Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada. Carlos Presman, un médico geriatra muy reconocido, presentó una ponencia que dedicó un bloque entero a lo que llamó la clínica de la soledad, con un argumento que despierta al menos curiosidad: la comunidad es la respuesta que la humanidad se dio para defenderse del peligro externo. El aislamiento, entonces, es síntoma de una enfermedad social —nos encerramos porque dejamos de registrar el peligro que conlleva estar solos.

Para Presman, el origen de la soledad no es principalmente genético. El medio ambiente físico y social explica el sesenta por ciento. Las enfermedades, el treinta. La genética, apenas el diez. Y si es una enfermedad social, la respuesta también es social.

Es notable: en Inglaterra la idea nació en un centro comunitario en 1984 y necesitó treinta y tres años para volverse política de Estado. En Argentina ya tiene nombre propio, dicho en un congreso médico, sin que todavía ninguna institución la sostenga.

El mecanismo tiene una figura central: el trabajador de enlace. Alguien que se sienta con el paciente, no para revisar síntomas sino para entender qué le importa en la vida, y después lo ayuda a conectarse con un recurso comunitario real —un coro, un club de caminantes, un taller de cerámica, un grupo de lectura—. En Córdoba, con apoyo del PNUD, ya le pusieron nombre en español: linkeador social. Esa persona que entre tus ganas de salir y el teatro, construye un puente.

Hoy esa figura ya no es experimental. Un estudio publicado en The Lancet Public Health analizó los historiales de 1,2 millones de pacientes en más de 1.700 consultorios ingleses. Encontró que hay 3.300 trabajadores de enlace operando en todo el país, y que el sistema supera el millón de derivaciones al año. Daisy Fancourt, la investigadora que dirige el centro nacional de datos sobre el tema, confirmó lo fundamental que se volvió esto dentro del sistema de salud británico, y señaló que el modelo ya se extendió a más de treinta países.

Muchas veces, sin embargo, quienes acceden no son exactamente quienes más lo necesitan, porque la nueva longevidad, como todo lo que se desarrolla dentro de un mismo sistema, espeja sus desigualdades. Hay que llegar al centro de salud, hay que saber que el programa existe, hay que sentirse en forma para ir al teatro. Y eso deja afuera, otra vez, a quienes envejecen sin red —que suelen ser, también, quienes más soledad acumulan.

Un grupo de cinco adultos (cuatro mujeres y un hombre) en un estudio de yoga luminoso. Una mujer de pie sostiene una esterilla morada, sonriendo a los demás que están sentados.
La “prescripción social” todavía no existe en la Argentina, pero en muchos países del mundo ya es parte de los sistemas de salud: un poco de verde, una salida al teatro, participar de un coro o de una actividad grupal se prescriben con la misma convicción y letra ilegible con que se escribía hace unos años el nombre de un barbitúrico (Imagen ilustrativa Infobae)

El museo que cura igual que un antiinflamatorio

La escena fundacional ocurrió en Montreal. Desde noviembre de 2018, los médicos miembros de la asociación de médicos francoparlantes de Canadá pueden prescribir a sus pacientes visitas al Museo de Bellas Artes de la ciudad —la primera iniciativa de su tipo en el mundo—. Cada médico puede recetar hasta cincuenta visitas por año, y cada receta habilita la entrada de hasta dos adultos y dos niños.

La médica que impulsó el programa lo explicó con una claridad que sorprende viniendo de alguien formado en biología dura: cada vez hay más evidencia de que el arte incrementa los niveles de cortisol y serotonina, las mismas hormonas que secretamos cuando hacemos ejercicio físico. La directora del museo lo resumió en una frase que merece quedar escrita en alguna pared: en el siglo veintiuno, la cultura va a ser para la salud lo que el deporte fue en el siglo veinte.

Años después, la idea cruzó el Atlántico. En Neuchâtel, Suiza, un piloto de dos años permite que los médicos receten visitas gratuitas a los cuatro museos de la ciudad. El jefe de cirugía del hospital local empezó a recetarlas a pacientes que necesitan ponerse en forma antes de una operación: “Es una oportunidad de hacer ejercicio físico e intelectual al mismo tiempo”, dijo.

Pero el caso más masivo no ocurrió en un museo, sino al aire libre. En noviembre de 2020, la fundación BC Parks lanzó en Canadá el programa PaRx, que permite a los médicos prescribir formalmente tiempo en parques nacionales —dos horas semanales, en tandas de al menos veinte minutos—. Cinco años después, más de diecinueve mil profesionales de la salud están registrados como prescriptores, y juntos emitieron un estimado de un millón y medio de recetas de naturaleza. El programa está avalado por la Asociación Médica Canadiense y fue reconocido por la propia OMS como modelo para la salud planetaria.

Una paciente de Manitoba lo resumió mejor que cualquier estudio: nuestra sociedad tiene horarios demasiado ocupados, demasiada pantalla y poco tiempo verde. Recibir una receta de naturaleza de un profesional la hizo tomarse en serio algo que sabía, pero que nunca hacía.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Un análisis de la Universidad de Westminster citado oficialmente por el Gobierno británico encontró que cuando una persona accede a prescripción social, sus consultas con el médico de cabecera caen en promedio un 28%, y las visitas a guardias un 24% (Imagen ilustrativa Infobae)

El dato que convierte esto en biología, no en opinión

Hasta hace poco, todo esto podía sonar a voluntarismo soft. Eso cambió en mayo de este año con un estudio del University College de Londres, publicado en la revista Innovation in Aging. La investigación trabajó con datos de más de tres mil quinientos adultos británicos y comparó su nivel de compromiso cultural —leer, escuchar música, visitar museos— con marcadores químicos en el ADN que reflejan el ritmo real del envejecimiento biológico, más allá de la edad cronológica.

Los números operan bajo una lógica de relación dosis-respuesta, idéntica a la de un medicamento: hacerlo al menos tres veces al año se asocia con un envejecimiento dos por ciento más lento; una vez por mes, tres por ciento; una vez por semana, cuatro por ciento —un efecto comparable al de la actividad física regular—. El beneficio fue más fuerte, justamente, en los adultos de cuarenta años o más.

La autora principal de ese estudio es la misma Daisy Fancourt que lidera la investigación sobre prescripción social en Inglaterra. Su conclusión: estos resultados permiten que el compromiso artístico y cultural sea reconocido como una conducta promotora de salud, de manera similar al ejercicio. La prescripción social dejó de apoyarse solamente en el bienestar subjetivo de quien la recibe. Ahora tiene marcador biológico, medible en sangre.

Lo que la OMS ya viene diciendo

En 2019, la Organización Mundial de la Salud publicó la revisión más exhaustiva hasta ese momento sobre arte y salud: analizó más de novecientas publicaciones científicas de todo el mundo. En actualizaciones posteriores, esa cifra subió a más de tres mil estudios. La directora regional de la OMS para Europa lo resumió con una frase sencilla: involucrarse en el arte, ya sea bailando, cantando o yendo a museos y conciertos, ofrece una dimensión añadida a cómo podemos mejorar nuestra salud física y mental.

En noviembre de 2023 la OMS dio un paso más al crear la Comisión sobre Conexión Social, con mandato de tres años, para tratar la soledad y el aislamiento como problemas de salud pública globales y subestimados. El informe final de esa Comisión, publicado en junio de 2025, calculó que la soledad está vinculada a cien muertes por hora en todo el mundo —más de 871.000 al año—. La prescripción social quedó, de un día para el otro, conectada con la agenda global más urgente sobre soledad.

Canto virtual en adultos mayores
En Argentina no hay ningún programa nacional de prescripción social y tampoco ningún hospital deriva formalmente a sus pacientes hacia un coro o un museo, pero existen iniciativas que apuntan a la misma idea (Sounds Good Choir de Illinois)

El argumento que convence a quien paga las cuentas

Porque además de ser bueno para el cuerpo, esto resultó ser bueno para el presupuesto. Un análisis de la Universidad de Westminster —donde estudié cuando era muy jovencita—, citado oficialmente por el Gobierno británico, encontró que cuando una persona accede a prescripción social, sus consultas con el médico de cabecera caen en promedio un 28%, y las visitas a guardias un 24%. En Newcastle, los costos de atención hospitalaria de esos pacientes fueron 9,4% más bajos que los de un grupo de control equivalente; en Rotherham, entre quienes más usaban el sistema de salud, los costos de guardia cayeron hasta un 39%.

El NHS no adoptó esto por romanticismo. Lo adoptó porque, lisa y llanamente, ahorra plata. Y esa es, probablemente, la mejor noticia para que un ministerio de salud latinoamericano se anime a copiarlo: no hace falta convencer a nadie con poesía. Alcanza con mostrarle la planilla de Excel.

Lo que Argentina tiene y lo que todavía falta

En Argentina, por ahora, no existe: no hay ningún programa nacional de prescripción social y tampoco ningún hospital deriva formalmente a sus pacientes hacia un coro o un museo como parte de un tratamiento.

Lo que sí existe son piezas sueltas que, vistas juntas, dibujan la intuición correcta sin la arquitectura completa. El Hospital Italiano tiene un programa de voluntariado llamado Somos Familia, que acompaña a adultos mayores en turnos médicos, trámites y consultas —más parecido a un servicio de compañía que a una receta cultural, pero apuntando exactamente al mismo problema: que nadie atraviese la vejez sin alguien al lado—. Y está el linkeador social cordobés que mencioné antes, todavía en diseño, todavía sin conectar con hospitales ni con el mundo cultural.

Lo que falta no es la idea. Es el puente entre el consultorio y el museo, entre el médico y el coro, entre el diagnóstico y la butaca de un teatro un jueves a la tarde.

Cuatro adultos mayores, dos hombres y dos mujeres, sentados alrededor de una mesa de comedor con platos, vasos de vino y una botella, riendo y conversando.
En noviembre de 2023 la OMS creó la Comisión sobre Conexión Social para tratar la soledad y el aislamiento como problemas de salud pública globales y subestimados. El informe final demostró que la prescripción social está conectada con la agenda global más urgente sobre soledad (Imagen ilustrativa Infobae)

Por qué funciona

Hay décadas de investigación en psicología ambiental que explican qué le hace al sistema nervioso todo esto. Los entornos naturales reducen la activación del sistema nervioso simpático y favorecen la rama parasimpática —medible en cortisol y presión arterial, como mostró el psicólogo Roger Ulrich ya en 1984—, y activan lo que Rachel y Stephen Kaplan llamaron, en 1989, atención involuntaria: una forma de mirar que no exige esfuerzo y permite recuperarse del agotamiento mental que imponen el trabajo, las pantallas, la vida urbana. Caminar en esos entornos, además, reduce la actividad de la zona cerebral asociada a la rumiación —ese darle vueltas obsesivo a un mismo pensamiento que tantas veces acompaña la soledad.

Y está, otra vez, el vínculo. Los espacios que favorecen el encuentro reducen el aislamiento —y el aislamiento, según el célebre metaanálisis de Julianne Holt-Lunstad con más de tres millones de personas, tiene un impacto en la mortalidad comparable al de fumar quince cigarrillos por día.

El argumento de fondo no es que un museo o un parque curen por arte de magia. Es que ciertas condiciones espaciales y sociales participan en procesos de regulación nerviosa y bienestar que la consulta clínica de quince minutos, sola, no alcanza a cubrir.

Lo que esto cambia

Durante todo el siglo veinte, la medicina dividió prolijamente el cuerpo de la vida social. De un lado, los órganos, los síntomas, los análisis. Del otro, todo lo demás —los vínculos, el ocio, la pertenencia— como si fuera decorado y no causa. La prescripción social viene a decir, con el respaldo de millones de historias clínicas y de ADN medido en laboratorio, que esa división nunca existió en el cuerpo real. Que la soledad altera las mismas hormonas del estrés que cualquier enfermedad crónica. Que un coro puede hacer lo mismo que un antiinflamatorio leve.

La próxima vez que alguien diga que ir al museo o cantar en un coro es solamente un gusto, convendrá recordarle que en al menos treinta países del mundo eso ya tiene nombre clínico. Y que en Argentina, un médico cordobés ya le encontró el nombre también: receta social.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.

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