
Cuando Jorge Bergoglio se asomó al balcón de la Basílica de San Pedro, aquel 13 de marzo de 2013, el mundo ignoraba que en sus zapatos negros y gastados llevaba el barro de haber caminado, durante años, las villas argentinas. Los curas villeros, nacidos en 1968 bajo el impulso del Padre Carlos Mugica, ya tenían en él a ese compañero de caminata que, desde sus tiempos como arzobispo, había legitimado su lugar en los pasillos más olvidados.
Esa alianza de fe, amasada entre mates y carencias en Buenos Aires, se afianzó más allá de las jerarquías y las distancias. Hoy, a un año de su muerte y mientras la voz de Francisco aún resuena en el mundo, estos sacerdotes son el abrazo presente de un Papa que jamás se fue del territorio.
En la primera línea de esta misión, tres nombres se levantan como columnas de un legado irreversible. El Padre Pepe Di Paola, símbolo de la lucha contra el narcotráfico, representa la audacia de quien puso el cuerpo cuando el paco amenazaba con devorarlo todo; su vínculo con Francisco es el de dos hermanos de trinchera que entendieron que “hacer lío” era la única forma de anunciar las enseñanzas de Jesucristo. Lo recordó diciendo: “Él enseguida se conectó con los curas de las villas. Fue, para nosotros, la contracara de los mensajes crueles y un padre espiritual para todos”.
Junto a Pepe, Monseñor Gustavo Carrara —el primer obispo surgido directamente de la villa— encarna la institucionalización de esta mirada: con él, la periferia llegó al altar mayor, demostrando que el báculo y la mitra conviven perfectamente con el asfalto. “Francisco fue un regalo del Espíritu Santo que nos enseñó a vivir el Evangelio hoy. Su estilo —cercanía, ternura y misericordia— es una semilla de cambio que será difícil de modificar”, dijo al despedirlo en la Catedral de La Plata.
Y entre ellos, la figura serena del Padre Lorenzo “Toto” de Vedia, párroco de la Villa 21-24 y custodio de la memoria viva de aquellos años. Para Toto, Francisco es el amigo que llegaba en el colectivo 70, el pastor que se preocupaba por el techo de un gimnasio y el padre que, ante la duda, siempre ordenaba “hacer quilombo”. Su relación, forjada bajo el manto de la Virgen de Caacupé, es el testimonio más fiel de que el legado de Francisco no se lee en latín, sino en el lenguaje sencillo de la cercanía.
“En las villas se vive una cultura de la solidaridad y del encuentro que las grandes ciudades, muchas veces, han perdido”, decía Francisco

De Mugica a Francisco, una historia de barro y fe
La identidad de los curas villeros no llegó de imprevisto; se talló durante décadas de resistencia a una vida con todo en contra. Las raíces del movimiento brotaron a finales de la década del sesenta, con el surgimiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, teniendo en el Padre Carlos Mugica a su mártir y primer gran referente de los curas saliendo de las iglesias, dejando de lado los altares de mármoles para levantar iglesias y altares en mesas de madera.
Él fue quien demostró que vivir en el corazón de la Villa 31 no era un gesto asistencialista, sino un destino de vida. Tras los años más oscuros de la dictadura cívico militar, el movimiento resurgió con una fuerza renovada cuando Jorge Bergoglio, apenas asumió el Arzobispado en 1998, decidió formalizar el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia. Al otorgarles un estatus institucional inédito, transformó una labor pastoral periférica en el corazón mismo de su gestión en Buenos Aires.
Es aquí donde se materializa la “Teología del Pueblo”, la brújula argentina que guía sus pasos. A diferencia de otras corrientes que analizan la pobreza desde la teoría del conflicto de clases, esta teología —la favorita de Francisco— se basa en la escucha y el aprendizaje. Los curas villeros no van al barrio a “concientizar” al pobre desde afuera, sino a dejarse evangelizar por la piedad popular, los valores comunitarios y la “reserva espiritual” de los más sencillos. Para Bergoglio y para Francisco, los barrios populares no son solo lugares de carencia, sino las periferias existenciales donde la Iglesia debe ir a buscar su propia esencia. Bajo esta mirada, el pasillo de la villa deja de ser un lugar de peligro para convertirse en el epicentro donde la “revolución de la ternura” se hace carne cada día.
“La verdadera realidad se comprende desde la periferia. La periferia permite entender el centro”, decía Francisco y recordaba: “La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias... las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia”. Ese es el legado que asumieron sus queridos curas.
“Los curas villeros no son asistentes sociales, son pastores que tienen el olor de sus ovejas”

El legado de un pastor que nunca se fue de la villa
Uno de los testigos más directos de esta “revolución” es el Padre Toto de Vedia. En diálogo con Infobae, el párroco a cargo de la Iglesia Virgen de los Milagros de Caacupé, en la Villa 21-24, recordó cómo aquel obispo que viajaba en el colectivo terminó cambiando la historia de la Iglesia.
Lo que comenzó en 1992, cuando un Bergoglio recién nombrado obispo auxiliar regresó a Buenos Aires para caminar las calles de Flores, decantó con los años en una fraternidad que desdibujó las jerarquías.
Para el Padre Toto, el Papa nunca dejó de ser ese pastor que llegaba solo, sin custodia ni autos oficiales, para embarrarse los zapatos y escuchar el latido de esa periferia de la que tanto hablaba. Esta alianza, cimentada en la cultura del encuentro y la resistencia social, convirtió a De Vedia en uno de los intérpretes más fieles de su pensamiento, transformando su amistad en el testimonio vivo de una institución que decidió mudar su centro de gravedad hacia los márgenes.
Para él, el legado más tangible de Francisco no reside en documentos teológicos, sino en la memoria de los gestos cotidianos. Al cumplirse un año de su muerte, recuerda con nitidez y emoción al Bergoglio que bajaba en la parada del 70 y caminaba hasta la parroquia saludando a vecinos que, a veces, ni lo reconocían.
“Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos. Tierra, Techo y Trabajo: es un derecho sagrado”

“¿Cuál era su faceta más humana? La cercanía. Se quedaba a tomar mate, a comer y hablaba siempre en un lenguaje muy sencillo, muy consustanciado con nuestra tarea”, rememora. Esa presencia no era solo simbólica, sino profundamente operativa. Toto relata que, tras un temporal que destruyó el techo de un gimnasio donde se recuperaban jóvenes con adicciones, la respuesta del entonces arzobispo fue inmediata: “Lo llamé, le conté y nos ayudó a movilizarnos para conseguir los fondos y reponerlo”.
Esa mezcla de espiritualidad y pragmatismo definió su relación con las villas. Según el párroco, Francisco siempre valoró la humildad y lo cotidiano, apoyando a una comunidad que se organiza por y para la gente. “Su apoyo siempre fue llano y espiritual, pero sobre todo, presente”, asegura, reafirmando que para ellos, el Papa nunca dejó de ser aquel pastor que caminaba sus calles.
Este legado también transformó el rol del sacerdote en el barrio. Aunque el movimiento no fue creado por Francisco, él supo “encarnarlo y hacerlo trascender”. Bajo su guía, el cura dejó de ser una figura rígida, de sotana de seda, para convertirse en el confesor que sabe los nombres de sus fieles y en el primer consejero que buscan los vecinos ante cualquier dificultad.
“¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”

Otro recuerdo imborrable, que pinta de lleno el compromiso del “Padre Jorge” —como prefería ser llamado—, fue cuando De Vedia le pidió respaldo para un proyecto diferente. “Me acuerdo cuando yo estaba en Constitución y lo llamé para decirle: ‘Quiero hacer una carpa misionera’. Yo veía que pasaba mucha gente que no se acercaba al templo, que está ahí nomás, y quería plantar una presencia de la Iglesia en la calle. Él me dijo: ‘¡Sí, sí, hay que hacer quilombo! La Iglesia no está para controlar la vida de la gente, sino para ir a donde la gente está y acompañarla’. Ese tipo de respaldos me marcaron”.
Emocionado, continúa: “Después vino el acompañamiento personal. Cuando él empezó a caminar Buenos Aires, yo —como tantos compañeros de mi generación— era un cura joven con las crisis propias de esa etapa. Él, con mucha humildad, humanidad y una gran paternidad, nos acompañó mucho en lo personal”.
Aunque Toto no llegó al Vaticano, el reencuentro más emotivo se dio durante una visita papal a Paraguay, en julio de 2015. “Viajamos con tres micros cargados de vecinos de la villa, muchos de origen paraguayo, para verlo”. El impacto fue total: tras la misa en el Santuario de la Virgen de Caacupé, a 54 kilómetros de Asunción, el Papa reconoció al grupo entre la multitud. “Nos vio, nos sonrió e hizo una seña. Me acerqué a darle un abrazo... fue una emoción enorme”, revive. También recuerda que aquel 13 de marzo de 2013, cuando Bergoglio salió por primera vez al balcón de San Pedro convertido en Papa, todo el barrio lloró de alegría y emoción al ver a su amigo allí.
“Los pobres no son ‘objetos’ de nuestra ayuda, son los protagonistas de su propia historia de liberación”

Para el sacerdote, estos gestos no son solo anécdotas, sino que “renuevan y relanzan” la misión de un sector que se siente, por primera vez, en el centro del mundo. Sin embargo, admite que su legado aún enfrenta resistencias, especialmente en sectores que celebraron su elección pero le dieron la espalda cuando su prédica se volvió más exigente. “Hay mucha gente que todavía no terminó de descubrir al argentino Bergoglio”, lamenta. Por eso, el desafío actual es mantener vivo ese “pacto de amor” que prioriza a los descartados frente al individualismo.
Volviendo la vista atrás, antes de siquiera imaginar que el Padre Jorge se convirtiera en Papa, Toto tampoco imaginaba que la labor de los curas en las villas fuera reconocida en el mundo. “Muchas veces parecía imposible que algo así se pudiera dar, y se dio. Ahora hay que seguir luchando para que continúe; creo que tenemos viento a favor. Con los vecinos de los barrios populares vivimos en una sociedad que dice que hay gente de primera, de segunda o de cuarta. Nosotros, con Bergoglio, experimentamos la convicción de que todos tenemos la misma sagrada dignidad. Su misión con los más descartados me llenó de alegría y cambió el eje de visión de mucha gente. El testimonio de Francisco nos va a alentar a seguir encontrando nuevos caminos”.
El Padre Toto asegura que estos 12 meses sin Francisco se transitaron con la nostalgia de quien extraña a un padre, pero con la certeza de que su espíritu sigue vivo y trabajando. “Al contrario de lo que se cree, se ve su presencia”, dice convencido de que los homenajes en Argentina no son meros actos de recuerdo, sino formas de sostener un rumbo. “Tenemos la alegría de ver que León XIV va en ese camino, con su propia personalidad y sus tiempos. Francisco partió, pero el legado está vivo”.
“Yo soy un pecador en el que el Señor ha puesto sus ojos”, dijo en la primera entrevista tras ser elegido Papa

Para De Vedia, ese legado se traduce en las obras públicas que dignifican los barrios y en una Iglesia que se parece cada vez más al Evangelio y menos a las estructuras rígidas del pasado. El homenaje en las villas no es una despedida, sino una reafirmación: “La mejor manera de recordar y honrar a Francisco es volver a leer el Evangelio con la traducción que él nos hizo. Lo que logró es que la Iglesia regresara a su esencia: el amor a los más descartados y la comunidad frente a un mundo individualista. Él nos ayudó a volver a la fuente con sus gestos; el desafío ahora es ser una Iglesia más parecida a Jesús y menos al ‘lastre’ que la historia nos puso encima”, finaliza el párroco.
Ese compromiso no se recuerda con nostalgia estática, sino con el movimiento de las comunidades que él mismo fortaleció. Este martes 21 de abril, la Villa 21-24 será el epicentro de un tributo: desde las 9:30, escuelas y vecinos se reunirán para celebrar la vida de Francisco y a las 10:30, el encuentro será en la Parroquia Virgen de Luján con una misa y la bendición de un “minirincón santuario” de Francisco. Allí, una mayólica y un almirez custodiarán la memoria del Papa que, para los vecinos de la 21, nunca dejó de ser el Padre Jorge.
Los homenajes culminarán el sábado 25 de abril, en La Matanza, con una celebración litúrgica y social presidida por la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), los Hogares de Cristo y el equipo de curas villeros. La Misa del Pueblo de Dios, bajo el lema “Ni descarte, ni narcotráfico”, será una multitudinaria y se realizará en la esquina de Avenida Crovara y El Pindó. Allí se rechazará el avance de la exclusión y la violencia, y se reivindicará la importancia de las obras de infraestructura y la obra pública en los barrios populares —escuelas, centros de salud y urbanización—, pilares que Francisco siempre defendió y que hoy los curas villeros consideran fundamentales para la dignidad de sus vecinos.
“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades”, Francisco en "Evangelii Gaudium"
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