
Domingo de Pascua. La historia no comienza con la piedra sellada del sepulcro, sino con la piedra removida. No con el silencio definitivo, sino con el estupor de una tumba abierta. Allí donde todo parecía clausurado, irrumpe una pregunta: ‘¿Dónde está?’, allí donde el cuerpo había sido depositado con apuro antes del sábado, irrumpe el desconcierto del primer día de la semana, lo que había sido interpretado como desenlace se revela como umbral. Y ese desplazamiento —de la clausura a la apertura— es el corazón mismo de la celebración de hoy: Pascua.
“Pascua” no es una palabra ingenua. Proviene del latín Pascæ, traducción del griego πάσχα (Pascha), que a su vez adapta el hebreo פסח (Pésaj). El término evoca un paso, un cruce, un salto. En la experiencia cristiana ese movimiento no es abstracto: tiene carne, historia, nombre propio. Jesús no bordea la muerte, no la niega, no la disfraza. La atraviesa. El anuncio pascual no consiste en una evasión del dolor, sino en la afirmación de que el dolor y la muerte no son el último horizonte.
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Los relatos del Evangelio según San Marcos, del Evangelio según San Mateo, del Evangelio según San Lucas y del Evangelio según San Juan coinciden en un dato elemental: son mujeres quienes, al amanecer, se dirigen al sepulcro. No van a celebrar nada. Van a completar un rito funerario interrumpido. Se preguntan quién correrá la piedra. La preocupación es concreta, doméstica. Pero al llegar descubren que la piedra ya no está en su sitio. La tumba abierta no es solo un detalle narrativo; es el signo inaugural de algo que desborda las previsiones humanas.
El cuarto evangelio añade una escena de extraordinaria densidad simbólica. En el capítulo 20, María Magdalena permanece llorando fuera del sepulcro. Ve a dos ángeles vestidos de blanco, uno a la cabecera y otro a los pies. “Mujer, ¿por qué lloras?”. La pregunta atraviesa los siglos. Ella responde con lógica de duelo: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Luego se vuelve y ve a Jesús, pero no lo reconoce. Lo confunde con el hortelano. Solo cuando escucha su nombre —“María”— acontece el reconocimiento. “Rabboní”, Maestro. Y recibe una misión: anunciar que Él vive y que asciende al Padre (Juan 20, 11-18). La fe pascual nace de un llamado personal, de una voz que pronuncia el nombre propio en medio de la confusión.
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No es un detalle menor que la primera proclamadora sea una mujer. En un contexto donde el testimonio femenino carecía de peso jurídico, la tradición conserva este dato incómodo y luminoso: María Magdalena se convierte en “apóstol de los apóstoles” título confirmado por el Papa Francisco. La Resurrección no irrumpe en los centros de poder, sino en la experiencia concreta de quien había ido a llorar. Allí donde había lágrimas, se enciende el anuncio.

La liturgia recoge esta certeza en un canto repetido en innumerables comunidades: “Desde hoy la muerte ha sido vencida”. No se trata de una metáfora consoladora, sino de una afirmación radical: el Crucificado vive. Ahora bien, mientras la ejecución de Jesús encuentra ecos en cronistas no cristianos —Flavio Josefo en sus Antigüedades judías, Plinio el Joven, Tacito, Suetonio— la Resurrección pertenece al ámbito de la confesión de fe. No es un dato arqueológico; es una experiencia fundante. El final más antiguo del evangelio de Marcos deja a las mujeres en silencio y temor ante la tumba vacía. “No está aquí”. Ese vacío fue suficiente para que una comunidad naciente comenzara a proclamar que la historia había cambiado de eje.
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Pablo de Tarso lo formula sin ambigüedades en la primera carta a los Corintios: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes… Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, primicia de los que durmieron” (1 Corintios 15, 12-20). Para Pablo, todo se juega allí. Sin Resurrección, el cristianismo se reduce a una ética más o menos noble. Con Resurrección, se convierte en anuncio de vida que desborda la muerte.
El teólogo Rafael Sanz ha hablado de este acontecimiento como de una irrupción cualitativa en la historia humana: no un simple retorno a la biología, sino un salto a una dimensión nueva de existencia, liberada del deterioro. Una “mutación decisiva”, escribe. En esa perspectiva, la Pascua no es recuerdo de algo que ocurrió y quedó atrás, sino apertura de una posibilidad que afecta a todo ser humano.
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Por eso, cuando se habla de triunfo de la vida sobre la muerte, no se alude únicamente al cese de las funciones vitales. Se habla también de esas muertes cotidianas que apagan el espíritu, que reducen la creatividad, que instalan la resignación. La Pascua desafía toda estructura que convierta al hombre en engranaje gris, en rutina sin horizonte. Si Cristo vive, entonces la vida tiene la última palabra y ninguna forma de opresión —interior o exterior— puede pretender eternidad.

Este dinamismo no es ajeno a la raíz judía de Jesús. La Última Cena se inscribe en el marco del Seder de Pésaj. El libro del Éxodo narra cómo, en la noche decisiva, el ángel exterminador “pasó de largo” las casas marcadas con sangre de cordero: “Al ver la sangre, pasaré de ustedes” (Éxodo 12). Ese pasar, ese salto, es el núcleo del término Pésaj. La muerte no se detiene; atraviesa sin tocar. La esclavitud no es el destino final. En el Seder se come matzá, pan sin levadura, memoria de la prisa liberadora. Se disponen hierbas amargas que evocan la opresión, una mezcla dulce que recuerda el barro de los ladrillos, un hueso asado en memoria del sacrificio, copas de vino compartidas. Se lee la Hagadá y el más pequeño pregunta: “¿Por qué esta noche es diferente?”. La respuesta articula identidad y esperanza: “Esclavos fuimos del faraón en Egipto y el Señor nos sacó con mano fuerte”. La memoria se convierte en impulso de libertad.
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También allí se celebra la vida. Se afirma que la esclavitud no fue eterna. Que la muerte pasó de largo. La Pascua cristiana asume y profundiza ese horizonte: el paso no es solo político o histórico, sino ontológico. No solo se atraviesa el mar; se atraviesa la muerte.

La determinación de la fecha pascual, fijada en el año 325 por el Concilio de Nicea I, la vincula al primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Entre el 22 de marzo y el 25 de abril, la liturgia acompaña el despertar de la naturaleza. Lo que parecía inerte reverdece. La simbología es elocuente: la vida retorna.
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Es verdad que para quienes habitamos ciudades hiperconectadas del siglo XXI esa correspondencia cósmica puede parecer lejana. En el hemisferio sur, además, la Pascua coincide con el inicio del otoño. Sin embargo, el mensaje no pierde fuerza: aun cuando los árboles se desnuden o las noticias enumeren guerras y violencias, persiste una afirmación obstinada. La muerte no es definitiva. La libertad es posible. La historia no se clausura en la roca de un sepulcro.
Por eso, más que el recuerdo de una piedra sellando, la Pascua es memoria de una piedra corrida. No es el relato de un final, sino la proclamación de un comienzo. Allí donde parecía haberse extinguido la esperanza, se abre un horizonte. Y ese horizonte sostiene, todavía hoy, la convicción de que la vida —como la libertad— puede abrirse paso incluso cuando todo indica lo contrario. ¡Muy feliz Pascua para todos!
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