
Pasé toda mi carrera deportiva sola. ¿Dónde estaba escrito que mi familia no podía verme perder? No lo sé, pero lo concreto es que nunca vinieron a verme jugar. Bah, solo una vez, a una final que perdí.
Había algo en nuestra dinámica familiar que me impedía invitarlos. Yo sentía que exponerme a que me vieran perder era un mal trago para todos. Si ellos no venían, yo estaba más cómoda, menos presionada. Mejor jugar mis partidos tranquila: si ganaba, les contaba y ellos se alegraban, y si perdía les ahorraba el mal momento.
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Así fue toda mi carrera. Yo les contaba poco, y ellos no preguntaban ni venían. Socios del silencio.
Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que jugué cientos de partidos y aunque gané la mayoría, siempre estuve sola. Compartí mis alegrías con pocas amigas reales y con muchos oportunistas. Si mis padres hubieran venido a verme, habrían visto muchas más victorias que derrotas. Y no puedo evitar preguntarme: ¿tan intolerable hubiera sido que me vieran perder? ¿Lo era para mí?
Nunca tuve paz. Cuando me iba bien, estaba sola. Y cuando me iba mal, sentía que no valía nada. Como si fuera poco, cada triunfo aumentaba la angustia por tener que sostener esos logros. Así se desarrolló mi carrera deportiva y mi vida. En soledad y bajo presión. El hecho de que haya sido exitosa solo potencia el sinsentido.
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En el fondo, siempre me sentí obligada a ganar. Quizás por eso me pasé la vida ofreciendo mis resultados a cambio de atención. Mis logros eran cartas de amor que escribía para quien pudiera leerlas. Por eso prefería acumular victorias en soledad con las que eventualmente podía comprar amor, antes que exponerme a compartir derrotas que expusieran mi vulnerabilidad.
Mis padres me dieron mucha libertad aunque escasa presencia, bajo nivel de acompañamiento. Podrían haberme preguntado cómo estaba, si podían ir a verme jugar, o simplemente enseñarme que un resultado no les cambiaba nada lo que sentían por mí, que lo único que querían era acompañarme, caminar juntos. No fue posible, se ve que ellos tenían sus propios fantasmas.
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Calculo que no se desesperaban si yo no obtenía resultados, pero tenían temor de hacerme sentir más expuesta, y quizás también de sentirse expuestos ellos. Con su ausencia querían ahorrarme el mal trago y, sin saberlo, lo potenciaban. Todos fuimos un poco analfabetos emocionales.
El objetivo estaba puesto en el resultado, no en el camino. Mucho menos en compartir ese camino.
¿Realmente valía la pena vivir así, buscando logros, cargando constantemente con el miedo a perder y sentir que no valía nada? ¿Acaso no es mejor cuando las personas que queremos están con nosotros, con todas las limitaciones y las frustraciones que impone la realidad? Como le escuché decir una vez a Marcelo Bielsa: “Necesito que me quieran para poder ganar, no que me quieran porque gané”.
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Ahora puedo ver que yo no necesitaba que me aplaudieran. Solo me hubiera gustado que estuvieran. Que compartiesen mi alegría si levantaba la copa del primer puesto, y también una pizza en un bar cualquiera si perdía. Que me hicieran saber que verme perder no cambiaba nada. Que me abrazaran igual, o más fuerte.
Hoy, después de un largo recorrido, entiendo que el amor que no soporta verme frágil no es amor. El amor que hay que comprar no es amor.
Quiero que me quieran aun si no logro nada. Quiero poder perder y que no pase nada, que sea solo una derrota. Quiero que puedan verme rota y no salgan corriendo.
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Quiero vivir menos sola. Quiero poder sentirme amada incluso cuando no gano. Sobre todo cuando no gano.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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