La relación entre Emiliano Franco y el grafitti comenzó en la niñez, como desprendimiento del cariño que el dibujo inspira en los niños. “Desde muy chico, desde los ocho o nueve años, empecé a dibujar y desde los doce arranqué con el graffiti con aerosol y de ahí nunca me desprendí de la herramienta”. El lápiz, que fue su primera gran instrumento de canalización emocional, fue reemplazado por el aerosol. La calle se convirtió pronto en su taller de expresión.
El camino hacia este presente de éxito que lo impone como una referencia en el mundo del graffiti no estuvo exento de obstáculos. Hoy su firma EVR Grafitti alcanza la popularidad de casi 55 mil seguidores en Instagram, pero en sus inicios, la incomprensión de su familia resultó un escollo: “Al principio mi familia no estaba de acuerdo porque era salir a la noche a pintar con aerosol y el fantasma del vandalismo. Y fue todo una pelea”. Para Franco, el grafiti fue mucho más que un acto de rebeldía: “Era una escapatoria también, calculo que para expresarme y fue como un proceso bastante sanador”.
Es el único de su familia que se dedica al rubro artístico. Cree, sin embargo, que su hijo Mateo sería un gran artista. A sus nueve años, ya comienza a interesarse por el dibujo y la pintura, y muestra talento prematuro en el arte del pincel. “Es su decisión”, dice el padre sobre una potencial herencia del oficio.
Hoy tiene 40 años y desde su estudio en Haedo, donde también vive, recuerda el momento en que el grafiti se convirtió en su trabajo. Si bien desde que inició nunca paró de hacer grafitis, no representaba en sus inicios su principal ingreso económico. Trabajó de vendedor en distintos locales comerciales, hasta que finalmente a sus 27 años se decidió por hacer de su pasión un negocio: “Sin muchas herramientas ni conocimiento, salí local por local a vender mis habilidades”. Ser grafitero se convirtió en su principal sustento económico: “Gano aproximadamente cinco o seis millones de pesos por mes, y trabajo cinco días a la semana, casi ocho o nueve horas al día”.

A lo largo de los años, Emiliano Franco aprendió a diferenciar el arte tradicional del grafiti, un universo con reglas y desafíos propios. “A mí me gusta diferenciar lo que es un artista de lo que es un grafitero. El artista en sí ya nace siendo aplaudido y alentado por su familia. Y el grafitero no, el grafitero viene peleándola desde que arranca”.
A su vez, cuenta cuál es el proceso de creación que atraviesan sus pinturas: “Lo primero que hago es empezar a trazar, a veces lo hago a mano alzada, con cuadrícula o a veces marco con un proyector de películas”. Depende el diseño, elige el método que sea más rápido para marcar la figura. Su trabajo se completa nada más que con sus manos y un aerosol.
Para Emiliano, el mayor motor de su trabajo es el disfrute puro que encuentra en el acto de pintar. Más allá de los desafíos y la logística, lo que lo impulsa día a día es la satisfacción de ver nacer una obra sobre un muro. “Lo que más me gusta de mi trabajo es pintar en sí. Yo disfruto mucho pintar”, confiesa, dejando en claro que la recompensa va más allá de lo económico.
Si bien admite que al hacer su trabajo siente que el tiempo se detiene y que definitivamente es lo que lo apasiona, también cuenta las dificultades que implica trabajar en grandes superficies y bajo presión.

-¿Cuál es el mayor desafío al que te enfrentás en tu trabajo?
-El mayor desafío al que me enfrento es cuando tenés superficies que son muy grandes y te tenés que enfrentar al clima o al tiempo, o por ahí estás alquilando una grúa que es súper cara y tenés que hacer un trabajo de 15 metros de altura en un día, porque la grúa se te va al final del día.
-¿Qué materiales usás para hacer graffiti?
-Para hacer graffiti uso aerosoles, nada más. Tengo diferentes boquillas y diferentes picos. Existen distintas graduaciones dependiendo de lo que querés lograr. Trato de no hacer nada con rodillo, ni con pincel.
-¿Qué es lo que más y lo que menos te gusta de tu trabajo?
-Lo que más me gusta de mi trabajo es pintar en sí, yo disfruto mucho de pintar y sociabilizar con el cliente. Y lo que menos me gusta es que, como en todo trabajo, hay veces que no estoy motivado y ahí es cuando me mentalizo en que soy un afortunado por vivir de esto.
-¿Considerás que existe un prejuicio social hacia los grafiteros?
-Antes cuando te veían con un aerosol en la calle te querían sacar. Ahora paran, te preguntan qué estás haciendo, hay más flexibilidad para pintar en la calle. También porque las obras fueron mejorando con el tiempo, no es que pintás cualquier cosa.

Su vínculo con el grafiti ya es tan profundo, que lo considera parte de su identidad. “Ser grafitero se lleva adentro”, asegura, mientras repasa las etapas de su carrera. El orgullo por pertenecer a una comunidad que muchas veces es incomprendida por el resto queda de manifiesto en cada anécdota y en su mirada sobre el oficio.
Aun así, permanece fiel a su origen y a la calle, su primer gran escenario. “Volvería a elegirlo siempre”. El oficio, para él, es una elección cotidiana, una manera de vivir y de entender el arte.
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