
A los 31 años, con cinco títulos bajo el brazo y una vida atravesada por la docencia, la maternidad y la precarización laboral, Miguelina Fredes Sarasola quedó en el centro de una polémica que expuso las contradicciones morales de la sociedad argentina.
Maestra de primaria, Licenciada en Educación, operadora socio terapéutica en adicciones, especialista en enfermedades psiquiátricas y actriz, decidió abrir una cuenta en OnlyFans para poder llegar a fin de mes. Desde entonces, asegura que su nombre quedó reducido a una etiqueta que la persigue y la excluye de otras oportunidades laborales: “La seño hot”.
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La historia de Miguelina se hizo pública en julio de 2022, cuando un grupo de padres de la Escuela Normal N°30 de Campana exigió que fuera apartada de su cargo al enterarse de que vendía contenido erótico en redes sociales. El reclamo se agravó cuando se supo que había pedido licencia médica y que, durante ese tiempo, continuaba subiendo fotos y videos a plataformas para adultos. Para muchos, eso resultó “incompatible” con su rol docente. Para ella, fue el punto de quiebre de una situación económica que la asfixiaba.

Nacida en Basavilbaso, Entre Ríos, y madre de dos hijos, de 15 y 7 años, Miguelina llegó a Campana buscando estabilidad laboral. Sin embargo, el conflicto con los padres la dejó fuera del aula. Tras el escándalo mediático, la dirección de la escuela decidió aplicar un artículo del estatuto docente para “protegerla” y reasignarla a tareas administrativas en secretaría. Formalmente, no fue despedida. En los hechos, dejó de dar clases frente a un curso.
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“Quiero aclarar que nunca me echaron del colegio. Aún conservo mi cargo de titular de maestra de tercer grado, pero acordamos que lo mejor era que pasara a desempeñarme como secretaria”, dijo en diálogo con Infobae.
El detonante, según su versión, fue la filtración de material íntimo que había sido comprado por un padre de la institución. “Un papá compró una foto y un video, los distribuyó y se enteró la mujer. Ahí se terminó de pudrir todo”, relató.
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A partir de ese momento, el malestar creció y se transformó en una presión colectiva para que no volviera al aula. “Investigaron mi vida privada, lo que hago fuera del ámbito institucional. Eso es lo que más me indigna”, sostuvo.
Miguelina comenzó a vender contenido erótico en 2021: “Cobraba 50 mil pesos por la titularidad y pagaba 45 mil de alquiler”, recordó. Hoy, su realidad no cambió: “Gano $700 mil en el colegio y pago $500 mil de alquiler. Por eso sigo en OnlyFans. En tres días gano lo mismo que en un mes, pero los años van pasando y necesito otra cosa”.
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Y justamente ahí es donde aparece la contradicción que más la angustia. “En este país factura más mi contenido erótico que los cinco títulos que tengo”, reflexionó. La frase que repite, casi como un grito, resume su malestar: “Si un culo factura más que un título universitario, ¿qué mensaje le estamos dando a los jóvenes?”.

Para Miguelina, el problema no es que el contenido erótico sea un trabajo —aclara que lo es—, sino que sea prácticamente la única salida económica viable para alguien como ella, con una formación extensa y diversa.
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“Estoy en una lista negra. No puedo conseguir nada en los colegios privados”, se lamentó. Y aseguró que este señalamiento también se extiende a otros empleos: “Si voy a buscar trabajo a una panadería, tampoco me toman porque ya todos me conocen. Campana es como la frase ‘pueblo chico, infierno grande’. Tendría que irme a otra ciudad para buscar nuevas oportunidades”.
Sin embargo eso no está en sus planes porque sus hijos tienen a sus padres en Campana y toda una vida social armada. “Siento que acá mis capacidades intelectuales se diluyen por lo de OnlyFans y no se ve realmente quién soy ni todo lo que estudié”, afirmó. “Me capacité, me formé, toqué mil puertas. Y las mil puertas se cerraron”, agregó.
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Según su testimonio, fue rechazada en instituciones educativas, en el ámbito municipal e incluso en áreas de salud mental, donde —paradójicamente— su perfil profesional sería más que necesario. “En Campana hubo muchísimos suicidios y yo me postulé para trabajar en el área de salud. Me rechazaron. ¿El motivo? Ser la seño hot”, admitió.
Miguelina siente que su imagen pública eclipsó cualquier otra capacidad. “Te ven solo como un objeto sexual. No importa que tengas títulos, experiencia o vocación. Eso queda anulado”, agregó. La discriminación, dice, proviene muchas veces de otras mujeres y se traduce en un estigma difícil de revertir.
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La exposición mediática también coincidió con otro deseo personal: desde 2022 se postuló a todas las ediciones de Gran Hermano. La semana pasada volvió a presentarse en casting para la edición 2026 con la expectativa de que el reality pudiera abrirle puertas en el mundo artístico. “Quiero ser yo, sin restricciones. Quizás sea el momento de cambiar de rubro”, explicó Miguelina, quien hizo cuatro cuadras de fila y tuvo que esperar durante cuatro horas bajo el sol porteño para tener su oportunidad de hablar frente a cámara.

Hoy, su realidad es ambigua. Por un lado, reconoce que el dinero que gana con el contenido le permite sostener a su familia. Por el otro, admite que la afecta emocional y psicológicamente. “No es lo que quiero para mi vida. Es mi último recurso”, insistió. Sus hijos ya están más grandes y entiende que, con el tiempo, también ellos estarán expuestos a los prejuicios y miradas ajenas.
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Miguelina no reniega de su cuerpo ni de su sexualidad. “No tengo vergüenza en mostrarme como soy”, dice. Pero tampoco romantiza la situación. “Es mucha plata en poco tiempo, sí. Pero no es el mensaje que quiero transmitir. No quiero que los pibes crean que estudiar no sirve para nada”, planteó. Su mayor temor es que su caso sea leído como un atajo exitoso y no como el síntoma de un sistema que falla.
“¿Para qué terminar el secundario, para qué estudiar una carrera de cinco o seis años, si después no cobrás ni un cuarto de lo que ganás mostrando el cuerpo?”, se preguntó. La reflexión no busca demonizar a quienes viven del contenido erótico, sino interpelar a una sociedad que desvaloriza el trabajo profesional y empuja a muchos a elegir entre la vocación y la supervivencia.

Mientras tanto, Miguelina sigue adelante, atrapada en una paradoja que no eligió del todo. Necesita seguir vendiendo contenido porque le permite pagar el alquiler y sostener a sus hijos. Al mismo tiempo, sigue buscando oportunidades laborales acordes a su formación, aunque una y otra vez se encuentre con el mismo muro. “Deseo trabajar de otra cosa. Para algo estudié”, repitió a lo largo de la entrevista.
Su historia incomoda porque obliga a mirar de frente una realidad extendida: la hipocresía social frente a la sexualidad y la facilidad con la que se estigmatiza a quien se sale del molde.
Miguelina no pide indulgencia ni aplausos. Pide, simplemente, que sus títulos valgan más que un prejuicio y que su vida no quede reducida a una foto hot en una pantalla.
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