
Una madrugada cualquiera, un hombre se despertó sobresaltado por el estruendo de una alarma. Con sueño y fastidio fue hasta el tablero: era la de incendio. En efecto, algo olía a quemado, el aire estaba denso. Buscó una pinza y cortó los cables. La alarma se apagó. Respiró aliviado. Y volvió a dormir.
No es un chiste. Es una radiografía emocional de nuestra época.
Hace unos meses una amiga me contaba que su marido venía sintiendo un cansancio raro, sin razón aparente. Él lo atribuía al estrés, al calor, al trabajo, al “estar grande”. Los estudios se postergaban siempre para “la semana que viene”. Hasta que un día le falló la pierna subiendo la escalera. Terminó internado. Infarto. El cuerpo venía avisando, pero él no quería escuchar. No por necedad: por miedo. Porque asumir que algo podía estar mal era más amenazante que el síntoma en sí. Era más fácil apagar la alarma que encender la lámpara de la conciencia.
Otro caso: una mujer me cuenta que su hijo de once años, antes divertido y sociable, había cambiado radicalmente. Se encerraba en su cuarto, bajó las notas, comía poco y respondía con violencia. Ella, desbordada, repetía: “Está en una etapa difícil, se le va a pasar”. Hasta que la maestra la llamó: el chico había escrito una nota hablando de cómo se quería morir. Esa fue la alarma imposible de cortar. Ahí sí buscó ayuda. Pero el incendio ya llevaba meses creciendo.
¿Cuántas veces hacemos eso? Percibimos el síntoma —físico, vincular, emocional—, pero en vez de atenderlo, lo desconectamos. Seguimos como si nada. Tal vez no porque seamos irresponsables, sino porque la sola idea de lo que puede haber detrás del ruido nos resulta intolerable. El humo da miedo. La alarma inquieta. Entonces, elegimos el silencio antes que el coraje. La negación antes que la verdad.
Hay algo profundamente humano en esta tendencia a posponer lo importante. Llamamos procrastinación a eso que, en el fondo, es mucho más que un problema de agenda o voluntad: es un mecanismo de defensa ante lo que nos confronta. De hecho, solemos postergar con más fuerza aquello que más nos importa. Y no porque no lo valoremos, sino porque nos atraviesa demasiado.
Detenerse a mirar a veces duele, no somos tan racionales como creemos: somos seres emocionales que muchas veces preferimos una certeza falsa antes que una verdad dolorosa. Hay algo de lógica infantil en nuestro modo de afrontar el malestar: creemos que si ignoramos el problema, el problema desaparece. Pero lo que se ignora no se disuelve. Se desplaza. Y suele volver con más fuerza.
Cortar la alarma es una manera de sobrevivir al miedo. Lo trágico es que esa supervivencia muchas veces impide la vida.
Hay vínculos donde ya no hay ternura, ni deseo, ni alegría. Pero sigue el ritual cotidiano, la excusa perfecta, el “no es el momento”. Se vive en piloto automático. ¿Cuántos años pueden sostenerse así? ¿Y a qué costo? No hay gritos, pero hay ausencia. No hay golpes, pero hay distancia. ¿Eso no es también un incendio?
Las alarmas existen por una razón. No están para molestarnos. Están para despertarnos. Lo difícil es que despertar exige responsabilidad. Implica hacernos cargo de lo que duele, de lo que ya no funciona, de lo que pide un cambio. Es mucho más fácil silenciar la alarma que afrontar lo que nos exige crecer.
Quizás sea tiempo de preguntarnos: ¿qué alarmas estoy silenciando? ¿En qué aspectos de mi vida hay humo, pero me convenzo de que es vapor? ¿Qué síntomas, conductas o emociones vengo anestesiando para no tener que cambiar?
El problema no es que haya alarmas. El problema es no hacerles caso. Porque el fuego sigue ahí, creciendo en silencio. Hasta que ya no se puede apagar. Y entonces ya no se trata de dormir tranquilo… sino de no haber despertado a tiempo.
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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