
La devastación que provocó la inundación el pasado marzo en Bahía Blanca continúa dejando consecuencias inesperadas en la geografía urbana y natural de la ciudad. Entre los daños más significativos figura la destrucción del canal Maldonado, estructura clave para la conducción de aguas pluviales.
Tras semanas de indefinición, el Ministerio de Infraestructura y Servicios de la provincia presentó recientemente cinco alternativas para su rediseño, que finalmente delinearon la nueva configuración del canal, según indicó el medio local La Nueva.
Sin embargo, mientras se evalúan las obras que se deben realizar, un fenómeno particular comenzó a manifestarse en los bordes erosionados del canal: la llegada de los loros barranqueros, aves que buscan con urgencia un nuevo refugio.
La falta de placas de concreto en algunos tramos dejó al descubierto sectores de barrancas y acantilados que llamaron la atención de estas aves, que habitualmente se concentraban en zonas arboladas de la avenida Cabrera.
Según explicó el veterinario Pedro Tellarini en entrevista con El Nueve TV, la situación responde a una causa directa: “Por la tala y la caída de árboles -a raíz de las inundaciones-, se han quedado sin su hábitat natural. Ellos lo que buscan es un lugar nuevo para habitar, anidar y reproducirse”.
El especialista agregó que los acantilados expuestos ofrecen una superficie propicia para excavar nidos, con la ventaja de estar protegidos de posibles depredadores.
No obstante, la convivencia con esta colonia improvisada acarrea ciertas complicaciones para los vecinos, como el ruido constante, el riesgo de cortes en los cables eléctricos cuando los loros se posan sobre ellos y la potencial transmisión de enfermedades.
El impacto de estos movimientos no se limita a Bahía Blanca. Más al sur, en la costa atlántica de la Patagonia argentina, se emplaza la colonia más grande del planeta de loros y cacatúas, localizada en El Cóndor, a kilómetros de Viedma, la ciudad capital de la provincia de Río Negro.
Allí, unas 74.000 aves adultas junto a sus crías enfrentan amenazas de otro calibre. El doctor en ciencias naturales Juan Masello, investigador de la Universidad de Giessen en Alemania y coordinador del Proyecto de Investigación y Conservación Loro Barranquero, lleva 24 años siguiendo de cerca la evolución de esta colonia.
A lo largo de ese tiempo, identificó tres factores de riesgo: el fenómeno climático de La Niña, la construcción de infraestructuras sobre los acantilados y la existencia de un basural a cielo abierto próximo a la zona de nidificación.
El impacto de La Niña, asociado al enfriamiento de las aguas del océano Pacífico ecuatorial, genera sequías extremas que reducen la disponibilidad de alimento en el Monte. Como consecuencia, la población de nidos activos descendió abruptamente.
En años de La Niña intensa, los loros barranqueros pasaron de tener 37.000 nidos activos a solo 21.000, una caída del 43% en corto tiempo. Entre 2020 y 2021 se registró la muerte de al menos 1.400 ejemplares adultos.
En paralelo, la presión urbana avanza sin pausa. Hace dos décadas, la villa balnearia El Cóndor se encontraba a 400 metros de la colonia de aves. Para entonces, se contaban 7.600 nidos entre la Primera y Segunda Bajada de El Faro, el primer kilómetro del acantilado.
Pero en 2019, con la expansión de la urbanización, la cantidad se redujo a 5.000 nidos, lo que representa una disminución del 34%. El avance de viviendas y estacionamientos sobre los bordes de los acantilados transforma, sin lugar a dudas, la dinámica de los loros barranqueros, que necesitan acantilados con una altura superior a los cuatro metros y capas de arenisca blanda para excavar sus nidos.
El basural cercano a El Cóndor agrava la situación. Allí se concentran roedores que pueden portar enfermedades y son presa de chimangos que anidan en la colonia de loros. Masello describió la situación como “una bomba de tiempo sanitaria”.
El rol de los loros barranqueros trasciende su propia supervivencia. Según Juan Failla, miembro del proyecto de investigación, estas aves se comportan como verdaderos “ingenieros ecosistémicos”. Sus nidos ofrecen refugio a una docena de especies, incluidos depredadores como el halcón peregrino.
De Bahía Blanca a El Cóndor, la búsqueda de nuevos espacios para anidar expone las presiones ambientales y urbanísticas que enfrentan los loros barranqueros.
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