Cuando el vértigo cotidiano deja poco espacio para conocer gente nueva, las propuestas para “solos y solas” suelen repetirse sin ofrecer verdaderos espacios de conexión. Pero en el barrio porteño de Villa Pueyrredón, el “coreano Samu” encontró una manera original de revertir esa lógica: organiza asados en la terraza de su casa e invita a desconocidos a compartir la mesa, conversar, brindar y, quizás, formar nuevos lazos.
Su propuesta, que combina gastronomía argentina y cultura coreana, se volvió viral y se transformó en un plan distinto para quienes buscan algo más que una simple salida. Basta con tener la dirección exacta (se envía por Whatsapp una vez que se paga la reserva), tocar timbre y animarse a subir las escaleras.
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En la terraza de su casa, Samune -que alterna entre hablar en castellano con acento porteño y lanzar frases en su idioma natal- propone “compartir cuatro horas con desconocidos, charlar y reír en un ambiente relajado, sin presiones ni preconceptos”, aseguró a Infobae el anfitrión.

La iniciativa, que empezó casi como una ocurrencia sin demasiadas expectativas, hoy se convirtió en un fenómeno viral, que también atrae a curiosos con ganas de probar algo distinto.
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Así, lo que podría haber sido un simple plan gastronómico se transforma, gracias al ambiente distendido y al espíritu del anfitrión, en una forma alternativa de socializar, especialmente valorada en tiempos donde muchos viven solos, trabajan remoto o se sienten desconectados.
Samu ofrece un menú híbrido: hay chorizos, picaña, asado, morcilla -como en cualquier parrillada argentina- pero también aparecen platos típicos coreanos como el kimchi, las salsas fermentadas y el tradicional pan chan, preparado de forma casera. Todo servido con generosidad y en un entorno informal, donde los celulares se guardan rápido y las conversaciones fluyen con naturalidad.
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Mientras la carne se cocina sobre el carbón, los comensales se sientan en mesas largas compartidas, brindan con soju -una a bebida alcohólica tradicional de coreana destilada a base de arroz- y se presentan entre sí espontáneamente.
A diferencia de otras propuestas organizadas para “solteros”, acá no hay dinámicas ni juegos forzados. No hay pulseras de colores ni charlas dirigidas. La idea es simple: poner la comida como excusa para que las personas se encuentren. La única condición es llegar con ganas de compartir.
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“El asado es libre, por lo que nadie se queda con hambre”, aseguró Samu, cuyo valor del cubierto es de $39.000 y las bebidas alcohólicas se abonan aparte. “Cada quien es libre de acercarse a pedir algo a la parrilla, participar o quedarse en silencio. Lo importante es estar”, enfatizó.

El ambiente se caldea a medida que avanza la noche: después de la comida llegan los tragos, la música, las anécdotas y, a veces, el karaoke. Algunos se van con nuevos amigos, otros con un número de teléfono anotado en una servilleta.
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Antes de reinventarse como anfitrión de una experiencia culinaria única en Buenos Aires, fue multifacético y polirubro. “No terminé ninguna de las 85 carreras que estudié y trabajé hasta de lo que te podés imaginar”, bromeó con un poco de resignación. Su último empleo fue de traductor para una minera de litio en la Puna, con el clásico régimen de 14 días de trabajo por 14 de descanso. “La paga era buena, pero el aislamiento y la rutina me desgastaron”, contó.
Tras renunciar a su puesto, volvió a la Ciudad de Buenos Aires y se animó a poner en marcha esa idea que venía gestando desde hacía tiempo. “Empecé hace dos meses. Pero antes, utilicé a mis amigos como ‘conejillos de indias’ y aproveché como excusa que cumplía años uno de ellos”, recordó.
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Una semana después, organizó una segunda cena con conocidos que no veía hace bastante. Pero el punto de quiebre fue el clip publicado por el creador de contenidos Alan Gold. “El video, que mostraba en detalle la carne, el ambiente y el momento de interacción entre los asistentes, se viralizó en TikTok e Instagram. Desde entonces, las reservas no pararon”, aseguró Samune.
“Me empezaron a llover mensajes. Tomé reservas para viernes y sábado de dos semanas en cuestión de días”, remarcó. Aunque el espacio es limitado —unas 12 personas por noche—, llegó a tener cenas con 14 invitados por error de sobreventa.
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Actualmente, organiza el evento una o dos veces por semana, aunque ya decidió que pronto bajará la frecuencia a una vez al mes. “No es tan rentable como parece. Es mucho esfuerzo. Me levanto temprano para ir al matadero, preparo todo y a la noche tengo que ser parrillero y anfitrión a la vez”, explicó.

El menú combina lo mejor de la parrilla argentina con guiños coreanos. El orden de salida lo respeta con rigurosidad: chorizo, morcilla, costillar, picaña; y para cerrar, una bondiola marinada durante 48 horas en una salsa coreana agridulce y picante. “Lo sirvo último para que la carne marinada no tape los sabores anteriores”, explica. Como acompañamientos, prepara cinco variedades de pan chan -los clásicos platitos de vegetales fermentados o salteados- que varían según lo que encuentre fresco en la verdulería del barrio. “Para los que no se animan a lo desconocido, ofrezco también acompañamientos más tradicionales, como la ensalada rusa”, precisó.
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Aunque Samune es defensor de la carne “solo con sal”, incluye salsa criolla para quien la prefiera. “Chimichurri, no. No me gusta que la salsa le mate el sabor a la carne”, afirmó.
El ritual, común en reuniones coreanas, propone una serie de desafíos lúdicos que van aumentando la dificultad. “Son juegos infantiles que adaptamos como excusa para brindar. El que pierde, toma”, señaló entre risas como una forma de “cortar el hielo” entre los comensales.
La propuesta también tiene un componente emocional. Para muchas personas que asisten, se trata de una forma de conectar con otros sin expectativas predeterminadas. “Vienen solos, pero se van acompañados. A veces en grupos, a veces con nuevas amistades y, sospecho, con algo más”, deslizó Samune. Aunque no tiene pruebas, cree que al menos dos parejas podrían haberse formado en su terraza.
También admite que cada cena tiene su propia energía: “Algunas personas se animan rápido al juego, otras necesitan más empuje. A veces no digo nada y fluye. Otras, tengo que intervenir como maestro de ceremonias para fomentar la interacción”, señaló. ΩMientras Samune se prepara para empezar en el corto plazo un nuevo trabajo de oficina que le ofrece estabilidad y crecimiento profesional, afirma que no dejará del todo el proyecto. “Me gusta mucho hacerlo. Lo voy a mantener una vez al mes. Las reservas sobran. Pero necesito algo fijo. Ya tengo 37, no puedo improvisar más”, admitió con franqueza.
Lo cierto es que, con o sin proyección a largo plazo, su propuesta ya dejó huella. En una ciudad muchas veces marcada por la soledad y el individualismo, Samune ofreció una fórmula inesperada, que cada vez suma más adeptos.
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