
No todos los quiebres son derrota. Algunos son, en verdad, el comienzo.
Esa tarde, el vestuario estaba lleno de adrenalina, barro y risas. La selección de rugby de Gales acababa de empatar con los All Blacks —la potencia indiscutida del rugby mundial— y los jugadores celebraban eufóricos. Todos menos uno.
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Gareth Thomas, el mítico capitán, ícono nacional, el más áspero y valiente del equipo, el que se peleaba en los bares porque no le tenía miedo a nadie, estaba encerrado en el baño, solo, temblando. Tenía el rostro manchado de tierra y sangre, pero lo que lo desgarraba venía de mucho más atrás. Esa tarde no podía fingir más. Esa tarde, quizás por primera vez en su vida, se quebró.
Al salir del baño se cruzó con su entrenador. Le bastó una mirada para comprender que algo serio pasaba y no tenía que ver con el partido.
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—Sentate —le dijo mientras le ponía una mano en la rodilla—. ¿Qué pasa?
Garreth suspiró.
—No puedo más… El entrenador se quedó callado, tratando de no interferir en el contacto de Gareth con el dolor.—Soy gay.
El silencio que siguió fue sagrado. El entrenador no dijo nada durante un largo rato. Lo miró con compasión, no porque fuera gay, sino imaginando el sufrimiento de llevar ese secreto durante tantos años.
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—Eso es un peso demasiado grande para cargar solo—le respondió al fin—. Voy a buscar a tus compañeros.
Garreth dudó. ¿Cómo reaccionaría el resto del equipo? ¿Cómo lo mirarían? ¿Se rompería algo entre ellos? Esos hombres que se abrazan con fuerza, se empujan cuerpo a cuerpo, se protegen recíprocamente, se gritan para alentarse, se duchan juntos; ¿se sentirían traicionados?
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Sintió miedo pero también alivio. Solo imaginar que dejaría de vivir fingiendo le resultó inspirador. Le dio paz rendirse, de dejar de luchar contra sí mismo, dejar de forzar la realidad.
Mientras el entrenador iba a buscar al equipo, Gareth se quedó solo. Flashes de su vida irrumpieron en su mente.
La curiosidad al ver a un compañero sin camiseta cuando tenía 6 años. La vergüenza que sentía por emociones que percibía equivocadas. La adolescencia rezando para “curarse”. El amor sincero por su novia, la ilusión de que eso bastara. El casamiento. La pérdida de tres embarazos. Y, finalmente, la confesión. Ella lloró sola primero, y después abrazada a él. ¿Cómo no comprenderlo si en algún sentido lo intuía?
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Los años de sobreactuación. Tatuajes, peleas innecesarias en cualquier lado, desarrollo de una musculatura impresionante, todo para sostener una fachada. El capitán, el ejemplo, el líder, el macho alfa.
Y ahí estaba ahora, frágil como un niño.
Había pasado décadas escondiéndose, ocultando y fingiendo quién era.
Reconoció los diferentes miedos que lo atravesaban. Que sus compañeros no lo comprendieran y lo rechazaran, o peor aún, lo discriminaran. Que la prensa hiciera una carnicería con su vida, mostrando el absurdo de que el más macho entre los machos, fuera gay. O que los sponsors rescindieran los contratos porque él ya no era ejemplo de nada, sino más bien, alguien de quien alejarse todo lo posible.
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Toda su vida era una gran mentira.
Sus compañeros fueron entraron al vestuario y lo rodearon. Garreth creyó que se iba a morir, que el mundo se venía abajo. Pero pasó todo lo contrario. El mundo se abrió.
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Uno a uno, los jugadores lo fueron abrazando y le agradecieron por confiar. Algunos se emocionaron y lloraron con él.
El más amigo suyo lo miró a los ojos y le dijo: ¿Por qué tardaste tanto en hablar?
Garreth sonrió y para adentro se hizo la misma pregunta.
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”.www.youtube.com/juantonelli
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