Cada mañana, mientras los habitantes de São Paulo aún duermen, el rosarino Aron Guyot camina en silencio por la Praia Grande con un detector de metales en mano. La rutina se repite desde hace años: auriculares puestos, ojos atentos y la esperanza de encontrar algo valioso bajo la arena húmeda. Lo que para muchos es un simple paseo costero, para él es una búsqueda con historia, técnica y paciencia.
A sus 21 años, este joven argentino ya lleva desenterrados más de una decena de anillos de oro, cadenas, monedas, dijes y diversos objetos que alguna vez fueron importantes para alguien y que hoy componen su colección personal.
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Lo que comenzó como un hobby con su padre en los campos de Rosario se transformó en una forma de vida nómada, conectada con la naturaleza y documentada en redes sociales “Aron Detecta”.

En cada sonido metálico bajo tierra hay una historia posible, y en cada hallazgo, una aventura. Anillos y medallas de 18 quilates, pulseras y charmes de Pandora, dijes de Tiffany & Co, relojes, lentes, monedas antiguas, brazaletes de acero quirúrgico...y la lista sigue. “Con un anillo de oro que encontrás, podés vivir toda una semana”, resumió Aron a Infobae con la naturalidad de quien convirtió un pasatiempo familiar en una forma de vida itinerante.
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Entre Instagram, Facebook, Tik Tok y Youtube, donde documenta parte del proceso, lleva acumulados más de 493 mil seguidores y millones reproducciones. Su comunidad lo sigue en busca de hallazgos insólitos, anécdotas con turistas y objetos perdidos que, cada tanto, logra devolver a sus dueños.
“Empezamos con esto en 2014. Mi papá compró el primer detector cuando vivíamos en Rosario, y salíamos a los campos a buscar monedas antiguas, botones militares, municiones de batallas. Era algo muy de nosotros dos. Hoy lo sigo haciendo porque me encanta”, explicó.
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Aron nació en Rosario y vivió allí hasta terminar la primaria. Luego su familia se mudó a San Rafael, Mendoza. Durante la pandemia, concretaron un viejo deseo: cruzar la frontera y establecerse en Brasil. Él, al cumplir 18, decidió vivir solo y moverse de forma constante: hoy alquila por mes, cambia de ciudad y sigue la ruta de las playas más concurridas. “Estoy un poco en todos lados. Donde pinte, donde me reciban”, contó.
La detección de metales, más que un medio económico, sigue siendo para él un puente con la naturaleza y la historia. “Lo que más me entusiasma es cuando encontrás dos o tres objetos parecidos en una misma zona. Ahí sabés que hubo algo, que ese lugar guarda historia”, relató.
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Aunque en Brasil la búsqueda se concentra en playas y zonas turísticas, sus incursiones en Argentina tienen otro objetivo: hallar piezas antiguas con valor arqueológico o sentimental.

Entre los lugares más frecuentados en su adolescencia menciona la zona de la batalla de Pavón, al sur de Santa Fe, y embalses de Mendoza. También exploró la precordillera. Para localizar los sitios con mayor potencial, utiliza mapas satelitales y registros históricos.
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En cambio, en la playa la lógica es otra: “La clave es ir cuando baja la marea y buscar en zonas donde se concentra la gente. Cuanto más concurrido, más posibilidades de que alguien haya perdido algo de valor”.
Aron no solo colecciona objetos. Cada tanto, alguien lo contacta porque perdió una alianza o una cadena en algún lugar determinado. No cobra por el servicio, aunque a veces le ayudan con el costo del traslado. Lo ve como una oportunidad para generar contenido. “A mí me sirve para grabar videos. Y además entiendo lo frustrante que es perder algo que heredaste o que tiene un valor sentimental. Por eso trato de ayudar”, dijo.
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En Brasil, sin embargo, eso se le complica: la mayoría de sus seguidores son argentinos, uruguayos, chilenos o mexicanos. Como los videos no circulan entre el público local, resulta casi imposible dar con los dueños de los objetos. “La mayoría de los anillos que encontré tienen nombre y fecha. Si los hubiera encontrado en Argentina, podría haber devuelto muchos”.
Todos los objetos que encontró en estos años los tiene separados por categoría en caja que mostró en una de sus publicaciones. “El oro es una reserva. Hay quienes lo venden enseguida. Yo por ahora lo guardo. Tal vez el día de mañana lo uso para financiar un viaje”, cuenta.
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Aron admitió que el trabajo en la playa no es sencillo. La arena seca está llena de restos de latas, chapitas de gaseosa y basura metálica. Sin embargo, dedica tiempo a limpiar: “Me gusta sacar todo, sobre todo porque hay objetos punzantes que son peligrosos. Clavos, latas oxidadas. Es una forma de aportar también”.

A través del sonido del detector, el rosarino explicó que puede estimar qué tipo de metal se oculta bajo la superficie. La pantalla del dispositivo, además, muestra una numeración que permite discriminar por material. “Un anillo de plata suele marcar 90 o más. El oro, entre 20 y 30. Con la experiencia ya sabés qué objeto puede ser”, admitió.
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Al ser consultado sobre el objeto más sorprendente que encontró, hizo una contundente aclaración: “No es oro”. Contó que el hallazgo tuvo lugar a principios de mayo en una playa brasileña y se mostró convencido de que no era un objeto que alguien había extraviado en esa zona.
“Encontré una bala de grueso calibre, de unos cinco centímetros. Eso es más valioso que algo de oro. Fue algo rarísimo. Seguro lo trajo la marea porque nunca salió una noticia de que hubo un tiroteo en esa playa”, remarcó.

En las playas brasileñas, el detectorismo es una práctica habitual: “Acá vas una noche con marea baja y te encontrás con ocho o nueve personas haciendo lo mismo. Es muy común. A veces salís con suerte y sacás hasta siete u ocho anillos”.
La diferencia con Argentina es notoria. “En Mar del Plata hay gente que detecta, pero no es tan frecuente. En Brasil hay más cultura de esto, más movimiento y más objetos valiosos en circulación”.
Durante la pandemia, Aron comenzó a transmitir en Twitch. Hablaba con la gente, compartía su día a día y armó una comunidad pequeña pero sólida. Pero recién en 2024 se animó a documentar sus salidas con el detector. “Me costó mucho. Grababa, editaba y borraba todo. Me daba vergüenza. No hay muchos chicos de mi edad que hagan esto”, remarcó.

Finalmente, publicó su primer video, y explotó: “Hubo uno que llegó a tener 17 millones de reproducciones en TikTok, que es la red donde más seguidores tengo”. Gracias a eso lo contactaron marcas y ahora trabaja con una de las más importantes en equipos de detección. “Ellos me proveen los dispositivos con los que trabajo”, contó.
Con esa exposición llegaron también las propuestas comerciales. Guyot es community manager y colabora con empresas. Sueña con financiar sus viajes con el contenido que genera y dijo que le encantaría ir al Caribe. “Allá, el agua es clara y tranquila, y hay muchos objetos en el fondo. Hay detectores que se pueden sumergir y cursos de buceo para eso. Es algo que quiero empezar a hacer”, anticipó.
Vivir en un motorhome y seguir recorriendo playas de Argentina y Brasil es otra meta en el horizonte. “Muchos detectoristas viven viajando y venden lo que encuentran para financiar el recorrido. Me encantaría tener esa vida, pero por ahora lo hago más como un gimnasio matutino. Salgo una hora, detecto, hablo con la gente y arranco mi día”, señaló.

En sus recorridas, Aron interactúa con curiosos. Le preguntan si está buscando pescado o si encontró oro. Él se detiene, responde, explica. “Hay quienes no quieren que los molesten. A mí me gusta. Me encanta hablar con la gente, explicar cómo funciona todo”.
Cada salida es una posibilidad: un objeto olvidado, una historia enterrada, una sorpresa bajo la arena. Aunque no todos los días aparecen tesoros, Aron Guyot sigue caminando con el detector encendido. En cada sonido puede estar, quizás, el hallazgo de la semana.
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