Lando Simonetti y Gachi Ferrari forman una pareja en la vida y en los negocios. El italiano y la mujer que fue modelo y tuvo su momento de éxito en la TV de la década del 80 con el programa infantil Telejuegos, crearon la marca de ropa La Martina. En la entrevista con la sección La Escalada de Infobae contaron todos los idas y vueltas de su emprendimiento.
—No me sirvió para nada —dice Lando Simonetti, y su tono no es de queja: es de cierre. Como quien da vuelta una página que ya no merece una segunda lectura.
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Se refiere a sus relaciones con Carlos Furlotti, el empresario que trajo marcas como Calvin Klein a la Argentina. Con él había compartido negocios, ideas, contactos. Pero cuando volvió al país, ese mundo de moda globalizada no lo esperaba.
—No entendieron lo que yo podía hacer por ellos y por mí —agrega—. Y me encontré con que… ¿ok?, ¿ahora qué hago en la Argentina? No tengo trabajo.
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Caída libre
A su lado estaba Gachi Ferrari, la mujer que alguna vez había hecho reír y cantar a miles de chicos en la televisión argentina. La de la sonrisa intacta, el cuerpo elegante, la voz conocida. Pero para entonces ya no había luces ni cámaras. Había urgencias.
—Yo venía de la tele, del modelaje —cuenta—. Era toda otra cosa. Totalmente distinta.
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Juntos enfrentaron una etapa oscura. Sin trabajo y sin ingresos. Y entonces, como pasa en ciertas historias que no son mágicas sino prácticas, alguien dijo basta.
—Es el momento de hacer algo mío. Para mí —se dijo Lando.
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No era una epifanía. Era lógica de supervivencia.

El polo como mercado
Lo que vino después fue una suma de decisiones calculadas, nacidas del conocimiento, la observación y la necesidad.
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Primero, eligió el rubro: el deporte. Pero no cualquier deporte.
—Decidí que debía ser una marca de deportes. Y segundo, que no debía ser muy popular. Porque si era popular, las grandes marcas me iban a barrer de un plumazo.
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En el mundo del polo argentino, Simonetti encontró un vacío. Literal.
—Había cero. Cero no tenía nada. El jugador de polo en la Argentina, en ese momento, era gente de campo. Sin ropa, sin marca, sin identidad visual.
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Y eso era perfecto.

Simonetti eligió no empezar con camisetas ni camisas. La primera decisión fue técnica: producir el equipamiento que el jugador necesitaba de verdad. Botas, monturas, cascos. Todo lo que los fabricantes de ropa de ciudad ignoraban.
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—La ropa vino diez años después —dice, casi como quien recuerda un postre olvidado.
Pareja y negocios
Durante ese tiempo, Gachi Ferrari trabajaba. No solo en lo visible, sino también en lo doméstico, en lo administrativo, en lo invisible. Ella mantenía las cuentas, la constancia y la estructura.
Él lo dice sin rodeos:
—Ella trabajaba muy bien.
No hay declaración romántica ni gestos de épica. Hay reconocimiento. Y con eso alcanzó.

La clave del negocio, lo entendió Lando, no estaba en vender. Estaba en crear una relación real con quien usaba sus productos. No era una estrategia de marketing. Era una convicción.
—Todo el mundo habla de empatía, pero no sabe bien qué es —dice, encogiéndose de hombros—. Bueno, que cada uno revise el diccionario.
Para él, empatía era comprender al jugador antes de que pidiera algo. Fabricar pensando como si uno mismo fuera a jugar ese partido. Y con eso venía algo más difícil: la credibilidad.
—No siempre es la plata —dice—. Es la confianza. Si no tenés credibilidad, estás muerto.
Y él ya había estado ahí.

Cuando la base en Buenos Aires se volvió estable, La Martina empezó a crecer afuera. En Estados Unidos, más exactamente en California, encontraron un ecosistema ideal: deportes de nicho, cultura del lujo informal, adoración por lo técnico con estética cuidada.
—No había ropa de esquí con creatividad —recuerda—. Existía, sí. Pero no había ganas. Nadie se compraba la campera que mata.
Ese fue el momento del giro. La ropa deportiva se convirtió en símbolo cultural, no solo en equipamiento.
Y entonces sí: llegaron las camisas, las chaquetas, el logo bordado, la imagen que haría reconocible a La Martina en los torneos de polo de todo el mundo.

Contacto con la realeza
Con el tiempo, la marca se convirtió en referencia internacional. Fue elegida por equipos universitarios, federaciones oficiales y, finalmente, por la realeza europea.
En una fiesta elegante —cuyo lugar no recuerdan con exactitud pero cuya escena quedó grabada—, Gachi fue saludada por un miembro de la nobleza con un beso en la mejilla. Gesto protocolar, correcto.
Pero algo inesperado sucedió.
—¿Qué le habrá dicho? —dijo ella, viendo a lo lejos—. Porque él hace un gesto de risa, se agacha de nuevo... y en la otra mejilla me da otro beso.
No era costumbre. No era parte del protocolo. Era una señal. De reconocimiento, de gusto, de complicidad. De que esa marca nacida en la adversidad había llegado a una mesa donde pocas marcas podían sentarse.
La Martina, entonces, no nació en una pasarela. Nació en el barro. En un departamento donde se hacían cuentas para llegar a fin de mes. Hoy es sinónimo de lujo, deporte y tradición.
Pero su raíz es mucho más modesta. Y más potente. Nació del instinto de reconstrucción. De la inteligencia aplicada al detalle. De una pareja que entendió que no había que parecer grandes para construir algo grande. Solo había que ver donde nadie miraba.
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