
Cuando el doctor Durand falleció, se hizo lo que en vida hubiera sido impensable: revisaron sus pertenencias en su casa de Lavalle 919, de la ciudad de Buenos Aires. En el ropero de la habitación de ese médico que los medios de la época se referían como de “un carácter singular”, hallaron la friolera de un millón de pesos. Desconfiado de los bancos, junto a la montaña de billetes ahorrados, había una nota: “Economías de toda mi vida para construir un hospital”.
Carlos Gustavo Durand había nacido en la ciudad de Salta el 21 de febrero de 1826. Su papá Jean André Charles Durand se había desempeñado como cirujano mayor en el ejército napoleónico y había sido uno de los extranjeros ilustrados seducidos por Bernardino Rivadavia para instalarse en estas tierras.
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Durante el gobierno de Martín Rodríguez, su ministro de gobierno Rivadavia impulsó diversas medidas revolucionarias para la época. Cuando quedó conformado el cuerpo de policía que se estableció la sede en el edificio del antiguo Seminario Conciliar, al lado del Cabildo, el francés Durand fue nombrado el 9 de abril de 1822 médico de esa institución.
Durand, quien fue el primer profesor de obstetricia en la flamante Universidad de Buenos Aires, creada en 12 de agosto de 1821, se dedicaba a las cuestiones forenses y a la implementación de las campañas de vacunación. También estaba a cargo del curso anual para parteras que impartía en el Hospital de Mujeres, fundado en 1774.
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El joven Carlos estudió medicina y se recibió en 1846, en pleno gobierno rosista, con la tesis sobre el contagio del cólera, un flagelo que, de tanto en tanto, asolaba a la ciudad debido a la insalubridad que estaba a la orden del día. Al año siguiente, falleció su padre.
Durand se dedicó a la obstetricia. Enseguida se hizo conocido, lo que le abrió las puertas de lo más selecto de la sociedad porteña, y además atendía gratis a la gente que carecía de los recursos para pagar la consulta, lo que le valió el mote de “el médico de los pobres”. Asimismo, se dedicaba a investigar cuestiones relacionadas a su especialidad, como fue el caso de las cesáreas.
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También incursionó en política. En 1859 fue diputado y entre 1865 y 1870 senador nacional, y en la masonería llegó a ser venerable maestro en la Respetable Logia Sol de Mayo.

Aún no lo sabía, pero su casamiento le cambiaría la vida y mostraría una faceta desconocida de su personalidad.
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El 11 de septiembre de 1869, a los 43 años, se casó con Amalia Antonia Pelliza Pueyrredón, una bella chica de 15 años que pertenecía a una familia ilustre. Ella era nieta de Juan Martín de Pueyrredón, de papel destacado durante las invasiones inglesas y director supremo entre 1816 y 1819.
Al tiempo, su joven esposa enfermó de viruela. Estuvo grave pero sobrevivió, aunque debió convivir con las consecuencias. Las pústulas de la enfermedad dejaron sus rastros para siempre en su rostro. Y Durand tomó una decisión extrema: dispuso mantener cerradas las ventanas de su casa, prohibió a su esposa salir sin su autorización y restringió a un número mínimo las visitas. Estas disposiciones alcanzaban al personal doméstico, que eran niñas huérfanas que vivían en la Casa de Niños Expósitos.
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Según se consignan en sus biografías, su carácter cambió radicalmente. Se transformó en un hombre hosco, huraño e intratable. En una oportunidad, cuando cayó enfermo, su esposa y su hermana Carolina, quien nunca se casó y siempre lo acompañó, lo cuidaron.
Cuando se recuperó, su carácter empeoró y su esposa dijo basta. Intentó divorciarse, sin suerte, y a fines de 1900 abandonó el hogar. Se radicó en Uruguay, donde murió en la pobreza, porque su marido se ocupó de sacarla del testamento.
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Durand era poseedor de una considerable fortuna, que se había acrecentado con la herencia recibida de un tío materno, el canónigo Matías de Chavarría. Al dinero había que sumarle diversas propiedades en la ciudad. Él había dispuesto que con su dinero se levantase un hospital para hombres en la ciudad. Ya en funcionamiento y por el crecimiento poblacional de la capital, se ampliaría con pabellones para mujeres.
Durand falleció el 8 de agosto de 1904. Dispuso que el dinero de la venta de su casa fuera repartida entre sus primas, tres criadas huérfanas y un par de personas más. Además, poseía otras propiedades en la ciudad.
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El domingo 20 de junio de 1909 se colocó la piedra fundamental del hospital de agudos que llevaría su nombre. El doctor José Penna eligió dos manzanas de la vieja quinta de Saturnino Ezpeleta en el barrio de Caballito y el nosocomio, burocracia mediante y fondos que no llegaban, recién se inauguró el 27 de abril de 1913, con la presencia de Gabriel Tapia, albacea de Durand.
En la actualidad, integra el grupo de hospitales generales de agudos y el de hospital universitario de alta complejidad.
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Pascual Palma fue su primer director del establecimiento y hasta algunos años en los jardines había un busto de ese médico que atendía gratis a los que menos tenían y que, según sus contemporáneos, sobresalía por su carácter más que singular.
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