
Un periodista le preguntó a Mohamed Alí si planificaba sus peleas. Quien fuera uno de los mejores boxeadores de toda la historia, le dijo:
-Planifico rigurosamente mis peleas desde el primer round hasta el último.
El periodista se quedó sorprendido por la respuesta. ¿Era posible planificar tanto? Después de todo, en el boxeo se enfrentan dos personas por lo cual no siempre es posible imponer una voluntad sobre la otra. Como se dice en ajedrez, “el rival también mueve”. ¿Y cómo estimar cómo podría sentirse uno después de diez rounds en los que recibió golpes, tuvo nervios, pasaron tantas cosas? ¿Se podía prever una planificación en un contexto así?
Después de una pausa, esbozando una sonrisa Mohamed Alí, agregó:
-Claro que mi planificación dura hasta que recibo el primer golpe en la cabeza. Ahí se terminan mis planes y empieza la pelea real.
Imposible no sentirme identificado con esta historia.
Cuántas veces he hecho tantos planes, para que después la vida los desparrame como un castillo de naipes.
La primera pregunta que surge es: ¿está mal hacer planes? ¿Es algo negativo?
La respuesta obvia es no. El tema no es nuestra planificación sino nuestra búsqueda de seguridades. Es normal y razonable hacerlo, pero no al punto de olvidar que la vida es siempre incierta. No se la puede estructurar, ni controlar, ni meter en una caja. Los planes son importantes y a su vez, limitados. Y pretender asegurar la realidad está condenado a fracasar. No hay acción que pueda ponernos a completamente a salvo. Vivir es siempre un riesgo.
Por eso la pregunta acerca de por qué planificamos es importante. ¿Es porque queremos organizarnos, ser más rigurosos, hacer los deberes, organizarnos? ¿O detrás de nuestros deseos de planificación hay omnipotencia, convencidos de que podemos lograr lo que queremos si nos esforzamos lo suficiente? Esta idea no solo es falsa sino que es muy peligrosa, porque no lleva a frustrarnos, a darnos golpes innecesarios porque querer no es poder.
Planificar porque no toleramos la incertidumbre, porque necesitamos aferrarnos a algo, inventarnos seguridades…también suele terminar mal. La vida es incierta y nunca podremos controlarla. Apenas algunas cosas sobre las cuales tenemos influencia. Cualquiera que observe con honestidad su vida podrá percibir esto. De lo contrario, no habría fumadores, ni personas con problemas de peso, ni adictos, ni hombres y mujeres con un trabajo mal pago o frustrante. Creer que podemos revertir situaciones como esta con solo proponérnoslo y organizarnos es una gran fuente de sufrimiento.
En Oriente hay una frase que dice: “es del hombre sembrar, pero siempre es de Dios hacer crecer…”
O sea, una semilla puede caer en un terreno hostil, y pese a todo, crecer y dar fruto. Por el contrario, podemos cuidar una semilla con sumo cuidado, regándola, protegiéndola del sol, del viento, del frío, del granizo, colocándole abono… y así todo puede ocurrir que la planta se muera o no dé frutos. No hay garantías. Aunque por lo general, las cuidadas se desarrollan bien, y las abandonadas mueren… Pero no todo depende de nosotros. Mejor aprender a hacer nuestra parte y después soltar. Confiar en la vida, en que pasará lo que tenga que pasar, que nos excede con creces a nosotros. No somos dioses.
¿Y vos? ¿Vivís planificando tu vida, convencido que gracias a esos planes lograrás tus objetivos? ¿Cuándo vas a entender cómo funciona la vida? ¿Y por qué querés destruirte con tus delirios de omnipotencia? ¿No te gustaría tener paz?
Juan Tonelli. Autor de Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar. Speaker.
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