
Sandra se refugia del sol debajo de la sombrilla del hombre que le vende café en la calle hace muchos años. Ninguno de los dos se acuerdan cuántos. “Pero muchos”, dice Sandra. Toma de parada el desayuno en una pausa de su itinerario, que este miércoles cambió por el paro de transportes que impactó en trenes, subtes y aviones. Al final del día, Sandra habrá destinado seis horas a viajar en vez de las cuatro diarias: un 50% más de su tiempo se irá en ese ida y vuelta entre Mariano Acosta, en Merlo, y Barrio Norte, donde día por medio cuida a un hombre de 94 años por 1.300 pesos la hora.
Al final de este miércoles, además de más tiempo, Sandra habrá gastado más dinero del habitual en su periplo. “Yo siempre me tomo un colectivo desde Mariano Acosta hasta la estación de Merlo, de ahí el Sarmiento hasta acá -acá es Once, donde toma su café y fuma su cigarrillo mientras habla con Infobae- y un último colectivo hasta mi trabajo, el 188″, dice. Este miércoles el recorrido cambió porque el ferrocarril está de paro: “Tomé el que va de Acosta a Merlo, de ahí un colectivo a Caballito, de ahí uno hasta acá y ahora el 188. No sólo tuve que agregar un transporte sino que el colectivo me sale más caro que el tren, gasto más plata. Al final esto nos jode sobre todo a los laburantes”, enfatiza. En vez de salir de su casa a las 5.20 como cada mañana, salió a las 4.15 previendo que iba a tardar más hasta su destino.
Las primeras horas del paro de transporte dejaron varias postales. Montañas de basura por la falta de recolección en las calles más transitadas de la Ciudad y el Conurbano. Algunas filas de colectivos más largas de lo habitual e incluso con mate previendo una larga espera pero también filas menos nutridas que lo habitual en centros neurálgicos como Plaza Constitución o Plaza Miserere. Solo unos pocos comercios cercanos a esas terminales de transporte tenían la persiana baja y la mayoría de los comerciantes que decidieron abrir lucían sus caras largas producto de las pocas ventas. Camionetas de la Gendarmería Nacional apostadas a pocos metros de donde se concentrarían más tarde las organizaciones sociales y piqueteras que se manifiestan en esta jornada de paro.

“Hoy si vendo el 30% de lo que vendo en un día normal me pongo contento. Nos matan estos paros porque nosotros dependemos de que el transporte esté funcionando como siempre. Hoy no circula el tren y mañana parece que no van a andar los colectivos, y nuestra venta cae una barbaridad, son días prácticamente perdidos en un momento muy difícil”, dice, en la estación de Morón del Sarmiento, un comerciante mientras apila alfajores y turrones. Enfrente, un canillita que no recibió los diarios de papel porque ningún camión se los trajo, le cuenta a Infobae: “Vine por costumbre, no va a pasar nada hoy, es tremendo”.
Contra todos los pronósticos, muchos colectivos circulaban más bien vacíos en las primeras horas de este miércoles. “De 6 a 8 te diría que tuvimos la mitad de gente esperando nuestra línea. Recién a las 8 empezó a normalizarse un poco. No teniendo el tren, hay mucha gente que va a tardar más en llegar acá a Constitución y mucha gente directamente no va a poder llegar y le van a descontar el día”, describe Gonzalo, inspector de una de las líneas que recorre la Ciudad.
Los taxistas, con el mismo gesto que el cafetero de Once y los comerciantes de Morón, esperan en vano en las inmediaciones de las terminales porteñas del Sarmiento y del Roca. “Salí hace dos horas y tuve un solo viaje. Voy a tener que hablar con el dueño a ver si afloja el alquiler del auto hoy porque no hay laburo. Se ve que mucha gente no pudo llegar a laburar por no tener el tren o no tuvo el manguito extra para el taxi del último tramo”, explica Carmelo, que paga 40.000 pesos diarios por tener el taxi a disposición durante 12 horas. La escena se repite en Constitución: una fila larga de taxis, en la que muy cada tanto alguno consigue pasajero y los demás adelantan el auto empujándolo. Así ahorran combustible.

“Salí de casa una hora antes para llegar bien porque si llegamos tarde nos avisaron que nos descuentan el presentismo”, le cuenta Marta a Infobae en la fila de un colectivo que la llevará de Morón a Caseros. Limpia oficinas en esa zona y explica: “Mi marido es pintor y hoy se quedó porque le salía más caro andar combinando tantos colectivos que lo que trae a casa al final del día. Perdemos los que trabajamos, porque no podemos salir o porque hay que gastar más para llegar”.
El cafetero de Once, refugiado bajo la misma sombra que Sandra, ofrece infusiones y facturas como todas las mañanas, sobre la calle Bartolomé Mitre. “La plata que hago acá a la mañana es la que llevo a la noche a casa para el plato de comida. Hoy está para atrás el trabajo, nos ajustaremos”, se lamenta. Y apura el servicio para que no se le escapen por impaciencia o porque se les hace tarde los pocos clientes que asoman. Esos con cara de que llevan tres horas subidos a un colectivo atrás del otro, y con cara de que les espera lo mismo después de una larga jornada de trabajo.
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