
En abril de 1982, cuando la Argentina ardía en pleno conflicto bélico con el Reino Unido por la posesión de las Islas Malvinas, la tensión se hacía visible por todos lados: en los medios de comunicación, en las conversaciones callejeras y hasta en los registros civiles. La Ley 18.248, que prohibía nombres de origen extranjero, fue una expresión más de esa guerra que se libraba no solo en las islas, sino también en la identidad de los recién nacidos.
La historia de Katty Martínez es la de una mujer que, durante 40 años, vivió entre dos nombres: el que eligieron sus padres y el que le impuso la burocracia en tiempos de guerra. Fue una de esas niñas que creció sus primeros años sin saber que su nombre traía consigo el peso de la historia.
Su mamá había elegido llamarla “Katherine” porque le encantaba cómo sonaba. Le parecía fuerte y distinguido. La decisión la tomó durante el embarazo, mientras se entretenía mirando películas y ese nombre se repetía entre sus protagonistas.
Sin embargo, al llegar al Registro Civil de Cipolletti, provincia de Río Negro, se encontraron con una realidad fría y burocrática: ese nombre no era posible. Era inglés, y había una guerra que prohibía siquiera pensarlo.

“Nos pidieron que eligiéramos otro nombre. Nos dejaron unos minutos, ahí mismo, de pie, en la sala de espera”, recordó su mamá. Mientras su padre, desconcertado y sin plan alternativo, lanzó la primera opción que se le vino a la mente. “Zulma, como mi hermana”, exclamó sin tener en cuenta la distancia emocional que había entre ambos.
Pero “Zulma” era solo una palabra en un documento; para todos, dentro y fuera de casa, la beba seguiría siendo Katty. Ella se aferró a esa identidad con la determinación con la que los niños se aferran a sus sueños. Y así fue creciendo, sin saber que una palabra en un documento le marcaría la vida y que, cuatro décadas después, tendría que luchar por su derecho a ser quien siempre supo que era.
Desde el instante en que aprendió a decir su nombre, Katty nunca fue otra persona. Aunque la inscripción oficial decía Zulma, nadie parecía recordar ese detalle. En casa, los abuelos, los tíos, los amigos de la infancia, todos la llamaban Katty, como si el “Zulma” solo existiera en una dimensión paralela.
“Ligué de rebote un nombre espantoso. Mi tía se llama Zulma Liliana y toda la vida le dijimos ‘Lili’ porque ni a ella le gusta”, admitió Katty entre risas al referirse a ese momento incómodo y determinante en su vida.

A los 4 años, ella se enteró de la verdad. “Mi mamá me había bordado el guardapolvo con mi verdadero nombre, pero yo le pedía a las maestras y a mis compañeros me llamaran Katty”, contó sobre su primera toma de conciencia de que había algo que no encajaba.
A medida que crecía, el conflicto se volvía más evidente: en el colegio aprendía a escribir su nombre, pero nadie la llamaba así. Mientras todos le decían Katty, las etiquetas de sus cuadernos y documentos oficiales decían Zulma.
A los 12 años, cansada de esa dualidad, Katty decidió que quería cambiar su nombre. “Fuimos al Registro Civil, pero la ley todavía no había cambiado. Incluso, nos dijeron que el nombre Zulma no representaba algo perjudicial para mí, ya que ni siquiera era víctima de bullying”, relató.
A medida que iba creciendo, Katty se iban identificando cada vez más con ese nombre. Las cartas familiares estaban llenas de “Querida Katty...”, las fotos de cumpleaños tenían pastelitos decorados con su nombre, y todos los recuerdos de su infancia llevaban esa misma firma.

En el colegio primario, en el secundario y en la universidad todos la llamaban así; al igual que en el trabajo. Por eso, cuando alguien le preguntaba por su nombre completo, se sorprendía al enterarse de que oficialmente no era así. Hubo un compañero, por ejemplo, que se enteró un año después, ya que era un secreto a voces que nadie se animaba a confrontar.
Finalmente, la ley que prohibía los nombres extranjeros fue derogada en agosto de 2015. Pero ella se tomó su tiempo para volver a hacer el reclamo ante la justicia.
Pasaron 40 años para que Katty encontrara el camino hacia la justicia que tanto había anhelado. Acompañada por la abogada Marilina Espiñeira, emprendió en enero de 2024 un proceso legal para finalmente inscribir el nombre con el que todos la conocían.
“Elegí a la doctora Espiñeira por su reputación. Todos la conocen por tomar casos difíciles y lograr fallos favorables que otros abogados quizás no se atrevían a manejar”, ponderó Katty sobre su letrada, que es experta en derecho de familia.

Durante el proceso, se revivieron recuerdos, cartas, fotos, testimonios y un ejército de pruebas que demostraban lo que ella siempre supo: Katty era su verdadero nombre.
La jueza Marissa Lucia Palacios, del Juzgado de Familia Número 7, analizó cada detalle del caso; como los informes del Registro Civil, los antecedentes familiares y las repercusiones psicológicas que le generaba tener un nombre que no sentía como propio. Y al final, la balanza se inclinó a favor de la verdadera identidad de Katty. El acta de nacimiento fue rectificada, el DNI fue emitido con su nuevo nombre, y finalmente, Zulma dejó de existir en los papeles en agosto de este año.
Lo más curioso es que Katty prefirió no inscribirse como Katherine. Eligió el nombre “Catalina”, que es su traducción al español. “¿Por qué pelear por un nombre que alguna vez se me negó?. ¿Por qué usar un nombre extranjero si soy argentina? Además, ambos nombres tienen el mismo seudónimo y yo voy a seguir siendo Katty para siempre”, explicó con convicción.

Actualmente, la mujer sigue viviendo en Cipolletti, la ciudad donde nació, pero trabaja en Neuquén capital en el sector de administración de salud, específicamente en una clínica de imágenes privada. Además, es acompañante terapéutica y está terminando sus estudios en la carrera de Psicología.
Para Katty, la resolución del caso fue un acto de justicia, una victoria contra la imposición de un sistema que no la dejó ser quien era desde el principio. El 23 de agosto de 2024 sintió que volvió a nacer. Desde hace un mes y medio ya no tiene la necesidad de explicaciones incómodas, ni de documentos que nieguen su verdadera identidad. Hoy, ya es libre de ser ella misma. “Lo único que lamento es que mi papá falleció y no pudo disfrutar conmigo de este fallo que me hace tan feliz”, concluyó.
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