
Percibí el dolor de la paciente que tenía enfrente. Con cuarenta y largos años y después de una vida de casada, supuse que su marido la habría dejado por alguien más joven.
- ¿Cuánto hace que se fue?
- ¿Con esa chiruza? Algo más de veinte años, contestó enojadísima.
La respuesta me sorprendió. ¿Veinte años? Que una pareja se rompa por un tercero, es un drama común. Aunque los integrantes lo vivan como un hecho catastrófico y crean ser las únicas personas de la humanidad a quienes les pasa algo tan terrible.
Durante la crisis, también es lógico que la persona abandonada crea que nunca volverá a estar bien. Pero después de un tiempo que en mi experiencia va de los dos a cinco años, se recuperan. Este no parecía ser el caso; llevaba veinte años sin poder despegar, con un dolor oxidado.
-¿Y qué fue de la vida de su ex?
- Sigue con esa puta; tuvieron cuatro hijos, respondió indignada.
- ¿Ustedes cuánto tiempo estuvieron casados?
- Casi seis años, más uno de novios.
El caso se mostraba complejo; mientras ella había sido incapaz de rehacer su vida, su ex marido había logrado una estabilidad importante. Veinte años con la misma pareja y cuatro hijos no parecía dar lugar a dudas. Si el hombre había podido desarrollar una relación de largo plazo, lo más probable era que el problema fuera la antigua pareja o la mujer que yo tenía enfrente, pero no él.
Me contó cómo había sido el romance de la discordia y el traumático proceso posterior. Como ella parecía haber bajado un poco la guardia al conectarse más con el dolor que con su enojo, aproveché:
-¿Por qué usted no pudo rehacer su vida y enamorarse nuevamente? Cuando se separaron tendría unos treinta años…
-Cuando ese desgraciado nos abandonó a mí y a mis hijitos yo tenía veintinueve años. ¡Una vergüenza!
Me pregunté si sería posible ayudar a alguien en ese estado.
-¿No le da tristeza saber que está malgastando su vida?, apuré el paso.
-¿Tristeza? No doctor. ¡Estoy furiosa por lo que mi marido nos hizo!
-¿Se refiere a su ex marido, el que la abandonó hace veinte años?
Después de un silencio incómodo le hice una pregunta más directa:
-¿Es consciente de que toda su energía está puesta en el lugar equivocado, impidiéndole seguir con su vida?
-Sí, claro, respondió con naturalidad. Cuando me di cuenta de que ese desgraciado no iba a volver tenía dos opciones: intentar ser feliz pese a todo, o hacerle la vida imposible. Y elegí lo segundo, dijo con una sonrisa macabra.
Pensé en que muchas personas eligen voluntariamente la autodestrucción. ¿Por qué algunos después de haber sido heridos pueden perdonar, sanar y seguir adelante, y otros en cambio, gastan toda su energía en arruinar las vidas de sus ex, como si eso les diera sentido a las suyas?
-¿Y qué hacía para arruinarle la vida?
-Ufff…, -suspiró orgullosa-. Le inventé denuncias de violencia con mis hijos; le hice juicio por el no pago de alimentos cuando en realidad me había venido pagando en efectivo; le escondí los pasaportes de los chicos la noche previa a que viajaran a EEUU para que no pudieran viajar con él a Disney… No sé, mil cosas…
-¿Y para qué viene acá?
-Para que me ayude, dijo incómoda.
Después de unos minutos que parecieron horas, balbuceó:
-No puedo seguir viviendo así. Quiero desarrollar mi vida pero a su vez siento que ya la desperdicié. Los mejores años ya pasaron; ¿o usted cree que con hipertensión y esta panza es fácil encontrar pareja? Además, me dediqué a joderle la vida a mi marido; si dejo eso atrás; ¿qué hago?
Nunca dejan de sorprenderme los estragos del odio, que llevan a una persona a la locura, a perpetuarse en la venganza. Casi todos son conscientes de que al querer destruir al otro también destruyen sus propias vidas. Una suerte de kamikazes. Pero así y todo no pueden evitarlo.
-Entiendo que usted no es una mujer de veintinueve años y que no tiene el cuerpo de una modelo. También es inevitable que con un enojo de décadas tenga presión alta... Pero a ver, si está dispuesta a hacer algo con su vida puedo ayudarla. Si en cambio prefiere seguir poniendo toda su energía en torturar a su ex, no tengo nada para ofrecerle.
-¿Y que sería hacer algo con mi vida?, preguntó irónica.
-Aprender a llevar bien lo que la vida le presenta. Abrirse a las posibilidades reales que debe tener y que usted desprecia.
Hice una pausa y cerrando le dije:
-Haber perdido tiempo nunca es el problema. Todos lo perdemos. El tema es seguir perdiéndolo en algo que ya sabemos que nos hace mal. Siempre es más fácil responsabilizar al otro que reconocer nuestros errores. Pero culpar a los demás nos deja cristalizados en el mismo lugar. Hacernos cargo, en cambio, nos abre la posibilidad de crecer. Usted elije. Si tiene la humildad de buscar un camino, soltando ese pasado que le resulta tan importante porque hace veinte años que lo abraza con todas sus fuerzas, me avisa.
El siguiente paciente tocó el timbre.
*******
-¿Qué guardás en esa mano?, preguntó Dios.
-Algo que no quiero soltar, contestó el hombre apretando fuerte su puño.
-Qué pena, iba a dejarte algo…
Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”
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