
Es la mañana de un día de semana veraniego y el sol comienza a picar fuerte en la ciudad de Mar del Plata. En la playa La Pepita, las olas rompen contra las piedras y, también contra la escollera de Punta Iglesia. La bandera, roja, se mueve con velocidad hacia el Este. Como si fuera el comienzo de una película, todo transcurre en calma, hasta que se escucha un pitido.
La que hace sonar el silbato es María Betania García Hugony (49). Lo lleva colgado del cuello con una correa trenzada color violeta. “No está permitido meterse al mar acá. Está la bandera roja”, le explica la guardavidas a un “despistado”, que intentaba bajar por las piedras “a mojarse los pies”. Tras la advertencia, el hombre se disculpa y retoma su caminata sobre el asfalto.
A diferencia de otros veranos, esta temporada, María no está en las típicas casillas de madera ubicadas sobre la arena en las playas de La Feliz, sino que le asignaron un puesto de prevención, ubicado en pleno centro de la ciudad. “Es un territorio difícil porque la zona es muy transitada”, explica.
Desde ese puesto, entonces, su trabajo es como el de un panóptico: tiene que vigilar que nadie ingrese ni se caiga al agua. Si sucede, explica, deberá zambullirse para evitar una tragedia. “Acá está prohibido bañarse. Primero, porque está repleto de piedras. Segundo, porque la escollera es zona de pescadores”, dice.

Mejor prevenir
María lleva el cabello suelto y unas gafas negras, que le permiten fijar la vista en el mar, a pesar del reflejo del sol. Debajo de la musculosa negra, usa un traje de baño floreado y tiene puestas unas zapatillas de neoprene. Además de desempeñarse como guardavidas desde hace casi dos décadas, también forma parte de la primera generación de mujeres que practican bodyboard.
Su “amor por el mar”, como dice ella, comenzó desde que era pequeña. “Cuando mi mamá dormía la siesta, yo me escapaba de la casa y me iba a ver cómo surfeaban. No me importaba que fueran todos varones. ‘Quiero hacer eso’, le decía yo”. De tanto insistir su madre cedió y, al final, María se volvió una experta en bodyboard y empezó a dar clases. A los 32, coronó su carrera cuando completó sus estudios y arrancó a trabajar de guardavidas.
Aunque haga memoria, dice, no sabe con exactitud cuántos rescates hizo ni tampoco cuándo fue el primero. “Lo que pasa es que arranqué sin ser guardavidas. Hacía rescates en la playa Popular con la tabla. Cuando mis amigos guardavidas se tiraban, yo iba con ellos”, recuerda.
De acuerdo con su experiencia, la mayoría de las situaciones de riesgo o de ahogamiento suceden por ignorancia. “A veces las personas piensan que está todo bien y, en un minuto, la cosa se descontrola. En la escollera por ejemplo, siempre hay alguno que se acerca a tirar las cenizas de un familiar y, en un descuido, se resbala y cae. Por eso, prefiero trabajar en la prevención a tener que hacer un rescate como la mujer maravilla”, dice María.
Y agrega: “Vivimos en una ciudad marítima. Por una cuestión de seguridad, en todas las escuelas, los niños tendrían que aprender natación o recibir charlas del Sindicato de guardavidas”.

Mantener la calma
Al estar en un contacto diario con el mar desde hace años, María asegura que aprendió a “leer el agua”. “Hay que tener en cuenta para dónde sopla el viento, porque de eso depende hacia dónde te va a llevar la marea. Con ese dato, vos sabés quién está en riesgo y quién no. Incluso para nosotros, los guardavidas, porque la situación se nos puede complicar y, en ese vaivén, hay que saber acoplarse al movimiento de la naturaleza”, dice.
—Si tuvieras que hacer un rescate, ahora, en esta playa, ¿qué harías?
—Tengo dos opciones: una es bajar descalza por las piedras hasta el agua. La otra, si la marea está normal, es ir hasta la mitad de la escollera y tirarme desde ahí, que es donde no hay piedras.

—En medio de la desesperación, ¿es posible que alguien que se esté ahogando se ponga agresivo?
—Hay de todo. En la playa Popular me han querido golpear. Incluso antes de comenzar los rescates, cuando hacés alguna advertencia, se enojan. “Qué me tocás el silbato”; “Cómo me va a venir a rescatar una mujer”; “Salí. Dejame, que yo nado solo”. Pero son excepciones. Mi técnica, cuando entro al agua a rescatar a alguien, es hablar. Lo primero que le digo es: “Tranquilo o tranquila, soy guardavidas”. Trato de conservar la calma para transmitirle eso mismo. Y si las cosas se llegan a complicar pedís la asistencia de un bote por handy. También está la moto de agua.
—¿Qué es lo que más te gusta de esta profesión?
—Estar al servicio de las personas.
Fotos: Christian Heit.
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