
“Pecadores, sí, corruptos, no”, es una frase que Jorge Bergoglio solía repetir como arzobispo de Buenos Aires, y lo siguió haciendo como Francisco. Fue una de esas sentencias que llevaron a muchos a calificarlo como papa tuitero, por esa capacidad de síntesis y el estilo de consigna que le daba a algunas de sus intervenciones. Recordemos el “¡hagan lío!”, o “recen por mí”. Y ya en modo tuitero, otras más largas, como ”no critiquemos a los demás a sus espaldas, digámosles abiertamente lo que pensamos”, y una sobre el tema en cuestión: “La corrupción es un cáncer que destruye la sociedad”.
Este mediodía de Roma, a la hora del Ángelus, con el hashtag #EvangeliodeHoy, Francisco reiteró el concepto en estos términos: “Para el pecador siempre hay esperanza de redención; para el corrupto, en cambio, es mucho más difícil. Su hipocresía, sus ficciones convertidas en hábito, son como un grueso ‘muro di goma’ detrás del que se resguarda de la voz de la conciencia”.

En la cuenta oficial del Papa, @Pontifex_es, que tiene versiones en 9 idiomas -la cuenta en español tiene 18 millones de seguidores- se publica habitualmente un mensaje por día, con el hashtag #EvangeliodeHoy. Este 1° de octubre, los posteos fueron varios. Cada comienzo de mes, el Papa anuncia los motivos de oración para las siguientes semanas.
“Hoy comienza el mes de octubre, el mes del Rosario y de las misiones. Exhorto a todos a experimentar la belleza de rezar el Rosario, contemplando con María los misterios de Cristo e invocando su intercesión por las necesidades de la Iglesia y del mundo”, escribió Francisco.
Pero en medio de estos anuncios, hubo espacio para la reprimenda a los corruptos y la advertencia de que la enmienda no es fácil para los venales.
En el año 2015, Gustavo Entrala, consultor español responsable del diseño de la cuenta oficial de los pontífices -recordemos que la de Twitter fue inaugurada en realidad por Benedicto XVI-, explicaba a Infobae que “cada mensaje que el Papa escribe en Twitter está firmado por él: se emite una copia escrita una vez que el Papa lo ha aprobado y él firma, porque es un acto pontificio que queda registrado dentro del Vaticano como el acto de un jefe de Estado”.
Es evidente que la cuenta tiene un administrador, pero a diferencia de otras personalidades que pueden delegar la responsabilidad del posteo, el Sumo Pontífice debe rubricar cada mensaje. De modo que debe darse por sentado que el texto de hoy fue decidido por Francisco.
“El Papa determina las grandes líneas de los mensajes y tiene un equipo de colaboradores que por una parte extrae lo que considera que puede ser interesante de las alocuciones del Santo Padre y por otra redacta borradores. Pero sé que en cada mensaje el Papa está bastante encima de lo que se está diciendo”, agregaba Entrala en la entrevista con Infobae.
Esta no es la primera vez que el Papa se refiere al tema de la corrupción y que la diferencia del pecado. Lo ha hecho una y otra vez. Por caso, en mayo de 2017, durante la misa que oficia casi a diario en Santa Marta, y en el tono coloquial que caracteriza sus homilías, Bergoglio dijo: “Pedro era pecador, pero no corrupto, ¿eh?”
Estaba recordando el dolor y arrepentimiento del discípulo luego de negar a Jesús tres veces. “El problema no es ser pecadores, sino no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de lo que hemos hecho”, explicó, como la tuvo Pedro.
“Pecadores, sí, todos: corruptos, no”, insistió.
Ese mismo año, un diario español reeditó el ensayo que Jorge Bergoglio había escrito en el año 1991, con el título “Corrupción y pecado”, cuando ni siquiera era obispo. El texto fue publicado por primera vez como libro en el 2005 por Editorial Claretiana.
En 2017, el diario El Mundo lo consideró tan relevante como para reeditarlo y venderlo junto con una de sus ediciones.

“Sabemos que todos somos pecadores, pero lo nuevo que se incorporó en el imaginario colectivo es que la corrupción pareciera formar parte de la vida normal de una sociedad, una dimensión denunciada pero aceptable del convivir ciudadano”, decía Jorge Bergoglio hace más de 20 años y sus palabras tienen una acuciante actualidad.
“La debilidad humana, unida a la complicidad, crea el humus apto para la corrupción”, decía. Nuevamente rescataba al pecador y hablaba de la misericordia infinita de Dios que perdona.
“¡Pero qué difícil es que el vigor profético resquebraje un corazón corrupto!”, agregaba.
“Está tan abroquelado en la satisfacción de su autosuficiencia que no permite ningún cuestionamiento. (...) Se siente cómodo y feliz (…) y si la situación se le pone difícil conoce todas las coartadas (que) adelantó la filosofía porteña de ‘el que no afana es un gil’, completaba, apelando a expresiones de la calle.
“El corrupto ha construido una autoestima basada precisamente en este tipo de actitudes tramposas, camina por la vida por los atajos del ventajismo a precio de su propia dignidad y la de los demás. (…) Y lo peor es que termina creyéndoselo”, decía. Y señalaba que el corrupto tiene “cierto complejo de incuestionabilidad”, y lo explicaba así: “Ante cualquier crítica se pone mal, descalifica a la persona o institución que la hace, procura descabezar toda autoridad moral que pueda cuestionarlo (...), desvaloriza a los demás y arremete con el insulto a quienes piensan distinto”.
Unos meses más tarde, en otra homilía, decía: “De los pecadores no hace falta hablar demasiado, porque todos lo somos -dijo-. Nos conocemos de adentro y sabemos lo que es un pecador. Y si alguno de nosotros no se siente así, vaya a hacer una visita al médico espiritual porque algo no va”. Pero, “¿qué pasa cuando queremos convertirnos en dueños de la viña? (...) Los que eran pecadores como todos nosotros, pero no han dado un paso adelante; es como si se hubiesen consolidado en el pecado: ¡no necesitan a Dios!”. Esos “son los corruptos”, sentenció.
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