
Albert Sabin se había acostumbrado a que la pregunta fuera inevitable y siempre daba la misma respuesta.
-Doctor, ¿por qué no patentó la vacuna?
-Todos me insistían para que la patentara, pero no quise. Es mi regalo para todos los chicos del mundo.
Corría julio de 1967 y el inventor de la vacuna de virus atenuados contra la poliomielitis – esa que se aplicaba por vía oral, con dos gotitas sobre la lengua o, si había suerte, en un terrón de azúcar – visitaba la Argentina.
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Le llegada de Albert Sabin, de cuya muerte se cumplen hoy 30 años, fue un suceso que excedió por mucho lo científico. Su paso por Buenos Aires y por La Plata atrajo multitud de legos que, aunque no entendían nada de virología y medicina, estaban decididos a mostrarle su agradecimiento.
En la memoria de los argentinos estaba fresco el doloroso recuerdo de la epidemia de poliomielitis de 1955 y 1956, que afectó a alrededor de 6.500 chicos, de los cuales murieron casi setecientos.
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No había vacunas por entonces y los métodos para combatir la transmisión de la enfermedad, que podía causar parálisis en los miembros inferiores pero que, en los casos más graves, “subía” hasta impedir respirar y causaba la muerte o dejaba secuelas de por vida, pasaban por bolsitas de alcanfor en el pecho y pintadas con cal en árboles y paredes. Métodos populares, totalmente ineficaces.
Primero llegó la vacuna desarrollada por Jonas Salk, que se aplicaba con una inyección intramuscular y estaba desarrollada a base de virus muertos.
Salk también se había negado a patentar su invento. Su explicación también sonaba contundente cuando le preguntaban sobre el asunto:
-No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?

Después llegó la de Sabin, creada a partir de virus vivos atenuados y que se administraba por vía oral.
La posibilidad de contar con “la sabín” – así, con acento – como se le decía popularmente, cambió todo, porque además de ser altamente eficaz, su sencillez de aplicación facilitó de manera enorme las campañas preventivas.
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La primera campaña masiva de vacunación oral -solo había que beber dos gotas- Sabin, llamada “Protegerse es proteger” se inició en septiembre de 1963, y un año después la Argentina pudo declarar que era un país “libre de poliomielitis”.
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Eso le agradecían los argentinos a Albert Sabin en abril de 1967 y también que hubiese donado su invento a la humanidad.
Una vida de búsquedas
Albert Bruce Sabin procedía de una familia judía. Nació en Bialystok, Polonia, pero en un territorio bajo dominio ruso, el 26 de agosto de 1906. En 1921, emigró con su familia a los Estados Unidos, y estudió en la High School de Pattison, Nueva Jersey.
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Cuando terminó el secundario, se trasladó solo a Nueva York para estudiar odontología, una carrera que había prometido pagarle un tío de esa profesión. La cursó apenas unos meses y se cambió a Medicina.
Le gustaba la microbiología, una rama que, contaba, había empezado a interesarle después de leer Los cazadores de microbios, de Paul Kruif. Se recibió en 1931.
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La epidemia del verano de ese mismo año en los Estados Unidos y las recomendaciones del bacteriólogo William Hallock lo llevaron estudiar la causa de la poliomielitis. Mientras tanto completó su formación como clínico en el Hospital Bellevue, de Nueva York. En esa época pudo aislar el virus B de unas muestras procedentes de una colega que había fallecido tras ser mordido por un mono. Probó después la relación de este virus con el herpes simple que afecta a los humanos.
Siguió investigando virus y durante la Segunda guerra mundial, entre 1943 y 1946, trabajó para el Comité de Investigación de Enfermedades Epidémicas, con misiones especiales en Oriente Medio, África, Sicilia, Okinawa y Filipinas. Aisló el virus que causa el dengue, que se transmite por picaduras de mosquito y que en esos momentos azotaba a la zona tropical de África, y de forma no tan grave a la zona tropical del Pacífico Sur.
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Investigando la polio
Después de la guerra se volcó a estudiar la polio en la Universidad de Cincinatti, con el apoyo de la Fundación Nacional de la Parálisis Infantil (National Foundation for Infantile Paralysis), creada por el presidente Roosevelt.
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Demostró que el virus pasaba al sistema digestivo, de ahí a la sangre y a la linfa y al sistema nervioso. Identificó asimismo los tres tipos diferentes de virus: Brunhilde (tipo I), Lansing (tipo II), y Leon (tipo III). También que las personas inmunizadas para uno de los virus no están protegidas para los otros.

Hizo su primera prueba de vacuna con virus vivos en 1954, cuando Jonas Salk acababa de desarrollar la suya, a base de virus muertos. Pese a la existencia de esa primera vacuna, Sabin siguió adelante con la suya, con la que buscaba una aplicación más fácil y una protección más duradera.
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Al proyecto se unieron científicos de México, Países Bajos y la Unión Soviética. Pronto se pudo probar su eficacia tras la vacunación de gran cantidad de niños. Se utilizó de forma masiva en la Unión Soviética y en algunos países de la órbita comunista en los años 1958 y 1959. En 1960 se probó también en los Estados Unidos, y su uso se extendió a casi todo el mundo entre 1962 y 1964, desplazando a la Salk.
La competencia con Salk
Quizás porque competían científicamente por una misma cosa, desde mucho antes las relaciones entre Salk y Sabin eran un enfrentamiento constante.
En 1948, durante una conferencia, el científico Thomas Turner habló de la posibilidad de crear una vacuna con virus muertos. Salk, que estaba entre el público y venía trabajando en el tema, pidió la palabra para apoyarlo. Cuando terminó de hablar, Sabin también pidió la palabra y le dijo sin anestesia:
-Doctor Salk, usted debería conocer el tema en más profundidad para poder intervenir.
Salk nunca olvidó ese episodio. “Fue como si me dieran una patada en los dientes”, recordó una vez.

Más allá de estos enfrentamientos, gracias a las vacunas de Salk y Sabin, la poliomielitis está prácticamente erradicada. Solo aparecen algunos casos aislados en muy pocos países.
En la Argentina, el último caso se registró en Salta, en 1984.
La Plata, 27 de julio de 1967
Esta nota termina en primera persona, porque en gran parte se trata de un recuerdo personal. En julio de 1967 yo tenía 11 años y la visita de Albert Sabin a La Plata, mi ciudad, fue un acontecimiento en mi casa y en la escuela donde cursaba la primaria.
En mi casa porque soy hijo de dos médicos, uno de ellos – Emilio Cecchini, mi padre – infectólogo. Por entonces, el Viejo no había cumplido 40 años, pero ya era profesor titular de la cátedra de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Medicina de la UNLP y jefe de la Sala de Infecciosas del Hospital de Niños “Sor María Ludovica”.
Ahí, en el Hospital, el Viejo se había curtido tratando casos de polio en un espacio lleno de pulmotores para ayudar a respirar mecánicamente a los chicos que estaban más graves. Muchos se morían. Recuerdo que una vez – porque entre sus rarezas inexplicables, estaba la de llevar de tanto en tanto a sus hijos muy chicos al hospital – me mostró esos pulmotores, a los que sigo viendo como las percibí en ese momento: unas cárceles monstruosas para los cuerpos de los chicos. Chicos como yo.

El 27 de julio era jueves – esto no lo recordaba, acabo de consultarlo en el almanaque – y llovía mucho. En la escuela, que dependía de la Universidad, la maestra nos anunció que Sabin visitaba la ciudad ese día, nos explicó quién era ese doctor y nos contó que le iban a hacer un homenaje en la Biblioteca de la UNLP esa misma tarde.
Las fotos de los diarios locales de la época muestran a Sabin hablando en público y también rodeado por una multitud que le costaba atravesar. Hablan de miles de personas que se acercaron al lugar.
También cuentan una anécdota: que, cuando se estaba yendo, rodeado de gente que quería saludarlo, perdió a su esposa de entonces, Jane Warner. Al llegar a la calle se dio cuenta de que no estaba y empezó a preguntar, muy preocupado:
-¿Dónde está mi mujer? ¿Alguien la vio?
Hasta que apareció y subieron juntos al auto que los esperaba.
Esa tarde, mi padre y otros dos colegas del Hospital de Niños asistieron al acto sentados en la primera fila. A la noche, mientras estábamos en la mesa, contó que cuando terminó el acto pudo darle la mano a Sabin. Lo contaba como si hubiese logrado otro doctorado.
Recuerdo que le pregunté:
-¿Y qué le dijiste?
-Le dije: Dios lo bendiga, doctor – me contestó.
Todavía recuerdo que esa frase, en su boca, me resultó entonces incomprensible, porque el Viejo – como yo hoy – era un ateo recalcitrante. Evidentemente, Sabin había logrado otro milagro.
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