
Osvaldo Raffo abrió esa especie de templo del crimen donde guardaba archivos, fotos y videos de autopsias y pericias psiquipatricas. “Te voy a mostrar uno de mis tesoros ocultos”, anunció enigmático mientras sacaba un sobre.
Cuando lo abrió, aquel sábado de hace 16 años, en su casa de San Andrés, donde solía ir a visitarlo, me mostró dos fotos de un asesino oculto mediáticamente hasta ese momento. Se llamaba Francisco Antonio Laureana, había matado a 15 mujeres y violado a 10 y fue abatido por la Policía en 1975.
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En la foto no parecía verse a un muerto. Lo habían parado y el asesino tenía los ojos abiertos. Parecía más vivo que antes. Como si mirara su propio fin.
El prestigioso perito forense y psiquiátrico me contó la historia y la publiqué el 14 de abril de 2007 en Perfil.

Laureana no integra la galería de delincuentes famosos como El Petiso Orejudo o Carlos Robledo Puch. Pero fue tan temible como ellos.
Las dos caras de Laureana
Tenía doble personalidad: cuando se iba de la casa le pedía a la esposa que cuidara de sus hijos, a quienes les jugaba a los dados o les contaba cuentos de hadas.
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Tenía un comportamiento que parecía tan luminoso que hasta su mujer se enteró de sus aberrantes crímenes por los diarios.
Le escribía a ella cartas de amor. Era de llorar viendo películas que lo conmovían y su preferida era Crónica de un niño solo, de Leonardo Favio. Cuando la prensa mostraba los casos de asesinos, decía que merecían la pena de muerte.
Corpulento y de manos pequeñas, no tenía amigos y se presentaba como un humilde artesano que tallaba objetos en madera.

El modus operandi
Laureana sometía a las mujeres con una fuerza tal que las inmovilizaba. Además de abusar de ellas, las mataba a tiros o las estrangulaba. “Su comportamiento era como el de un asesino serial. Hasta se quedaba con souvenires de sus víctimas, como cadenitas, pulseras o corpiños, que guardaba en una caja”, contó a PERFIL el forense Osvaldo Raffo, quien le hizo la autopsia a Laureana. Cuando llegaba a su casa volvía silencioso y en la cena no hablaba. Y se iba a dormir en silencio.
El decía que soñaba con ganarse la vida como un artista de exposición y apuntaba a exponer en museos argentinos. Pero su obra perversa devoró su arte.
Una de las mujeres que logró escapar, lo vio tomando sol en una pileta. Tras la intensa búsqueda iniciada por la Brigada de Investigaciones de San Martín, los policías acudieron en forma inmediata.
Recién lo vieron cuando caminaba por las calles de San Isidro con un bolso colgado del hombro. Según informó entonces la policía a los periodistas, “el violento asesino reculó y desenfundó un revólver que empezó a disparar en varias oportunidades”.

Laureana fue abatido por la Policía el 27 de febrero de 1975. Tenía 22 años. Había nacido en 1972, el mismo año de Robledo Puch.
“Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses”, fue el extenso título del artículo que publicó el diario La Nación de esa época.
Días antes, se había difundido un identikit con su estatura (1,70), y decía que solía vestir “jeans con zapatillas” y que su andar era “ágil y esbelto”.
Los efectivos lo hirieron en un hombro, pero él escapó malherido. Lo volvieron a encontrar en un baldío, después de que un perro callejero lo viera escondido entre bolsas de basura. Le mordió el brazo y el delincuente gritó desaforadamente.
“Volvió a dispararnos y no tuvimos más remedio que darle muerte. Fue una pena porque la idea era apresarlo vivo para que contara todos sus crímenes y qué le pasaba por su mente”, declaró en ese entonces una fuente policial.

En el bolso de Laureana hallaron una pistola calibre 765, una Beretta, un revólver 32 y un pistolón calibre 14.
Por entonces, los casos policiales ocupaban poco espacio en los diarios. Es que el país había conflictos que, un año después, desencadenaron en la dictadura militar. Los medios se referían a los ladrones como “hampones” y en los títulos aparecían con frecuencia las palabras “guerrilleros” y “extremistas”. El caso Laureana sólo se publicó cuando el asesino fue abatido, como si se hubiesen ocultado sus crímenes en el contexto de un panorama de “paz social” que buscaba instalar la presidencia de Isabel Martínez de Perón.
Laureana era correntino, le gustaba el chamamé y Palito Ortega. En Buenos Aires se dedicaba a confeccionar artesanías en madera, que luego vendía en ferias y puestos callejeros. Pasaba varias horas al día ocupado en tallar figuras gauchescas, ceniceros y caballitos.
Quienes lo conocieron lo definieron como un “sujeto huraño, callado, de mirada torva y analfabeto”.
La sorpresa de su esposa
Pero la más sorprendida por su lado oscuro y siniestro fue su esposa, quien no podía creer cuando los policías, con la sexta de La Razón en la mano, le mostraron el artículo que daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido su marido, acusado de cometer violaciones y asesinatos a mujeres y menores. “Acá tuvo que haber un error”, dijo su esposa a los investigadores. Sólo criticó de ese hombre que amaba que lo único que le molestaba de Laureana era que “manejaba como un loco”. Tenía un Fiat pero su familia se animó a dar un solo paseo porque se creía Luis Di Palma.
Su familia nunca creyó en que Laureana fuera un asesino. “Era un perejil”, dijeron. Pero no conocían su lado siniestro.
Por su prontuario, Francisco Laureana fue uno de los mayores criminales que hubo en la Argentina. Con menos fama que otros que habitan ese círculo del infierno.
En la mayoría de los casos de los múltiples homicidas (en el caso de Godino y Laureana se trata de asesinos seriales), los peritos psiquiátricos dicen estar en presencia de “locos morales”, quienes no sienten remordimiento ni piedad a la hora de matar. Como bien dice el doctor Osvaldo Raffo, quien le hizo las pericias psiquiátricas a Robledo Puch (y me asesoró cuando escribí la biografía del famoso asesino), “carecen absolutamente de afectividad”.
Los serial killers suelen rememorar sus asesinatos poco después de cometidos. Es decir, pasan por el lugar de los hechos y gozan viendo la escena del crimen, aunque después suele invadirlos un vacío que superan con el próximo crimen. Así lo confesó Santos Godino. Laureana lo hacía.
Pero antes, cuando salía de su casa, le pedía a su esposa: amor, traten de no salir a la calle con los nenes. Andan muchos locos sueltos. Hasta yo tengo miedo.
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