
Buenos Aires, 1883. Tiempo de galeras lustrosas y levitas como colas de patos negros. Desde hace tres años gobierna el tucumano Alejo Julio Argentino Roca, del Partido Autonomista Nacional. Político y militar, lo llaman El Zorro. Por su astucia, claro. Tanta, que gobernará hasta 1898: dos presidencias. Lo preceden hazaña y gloria: entre 1878 y 1879 acabó con el indio. Desierto conquistado.
Buenos Aires, 22 de noviembre de 1859. El matrimonio Paris Robertson Grierson-Jane Duffy recibe a una beba rojiza y de ojos azules. La anotan como Cecilia, y será la primera de sus seis hijos: Catalina, David, Juan, Tomás y Diego. Su padre desciende de inmigrantes escoceses. Su madre, de irlandeses. Sangres indómitas.
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Cecilia crece a campo abierto: una colonia escocesa en Entre Ríos. Se educa -letras primarias- en un colegio inglés. Tiene 13 años cuando muere su padre. La vida aprieta, de modo que empieza a dictar clases como maestra rural… sin título. Poco importa: era algo común en esos días y esas soledades. El sueldo lo cobra su madre. Después emprende su camino a Eldorado: Buenos Aires. A los 19 se recibe de maestra y dice, y repite, y se repite: “Nací para ser maestra”. Pero un naipe perdedor la marca: se muere su amiga Amalia Kenig. Pulmones enfermos. Cecilia se quiebra: hizo todo para ayudarla a vivir.
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Y ese dolor es su Camino de Damasco: la luz que cegó e iluminó a Saulo de Tarso, luego San Pablo. "¿Qué hacer para curar, para salvar?", se pregunta. Y de pronto está parada frente a la Facultad de Ciencias Médicas. Pregunta qué debe hacer para inscribirse y se le ríen. Y la rodean estudiantes. Muchachones de galera y levita y -algunos- palco en el Colón: la gran cita social desde 1857. Pero detrás de sus risotadas ignoran quién es y de qué es capaz esa chica de 23 años, cara redonda, ojos azules, sangre escocesa, sangre irlandesa, ánimo incansable. Es 1883.
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Las sucesivas insistencias y rechazos llegan hasta lo más alto: el Consejo Nacional de Educación (hoy Ministerio). Allí ha reinado Sarmiento, que ha vivido fundando escuelas desde sus 15 años. Ya no es nada. Morirá en el Paraguay dentro de cinco años. Pero algo ha quedado de su simiente, porque -aunque tapándose la nariz- el director le concede el permiso. Y en marzo de 1883, altiva, orgullosa, como si su sexo no importara, se sienta en uno de los grandes escaños de la cátedra. ¡Victoria!
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Pero aún debe librar otra batalla, acaso más difícil. Porque es el centro del blanco al que van todos los dardos (lo que mucho después de llamaría bullying: una estúpida, miserable forma de escarnio). Y a las burlas se unen las trabas. Debe luchar mucho -y soportar mucho- antes de ver el cadáver desnudo de un hombre. Más de una vez encuentra genitales en su asiento. Antes de entrar y después de salir de la facultad la rodean, le impiden el paso, la humillan, con esa canallada que sucede cuando se encuentran la imbecilidad y el machismo… Pero, con la misma altivez y el mismo tesón sobre los libros, termina la carrera en seis años: el plazo normal. El 2 de julio de 1889 recibe su diploma. Es la primera médica argentina. Tiene 30 años.
Pero en el transcurso de esos años no ha sido sólo una estudiante aplicada. Ni tampoco pasiva. Siempre contra viento y marea logró ser ayudante del Laboratorio de Histología. Hizo la práctica hospitalaria en la Asistencia Pública Municipal. Fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico del país. Trabajó en el hospital San Roque (hoy Ramos Mejía). Colaboró en el primer nacimiento con cesárea de la Argentina (1892).
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Incansable, y a pesar de los prejuicios que impedían a las mujeres ser docentes universitarias, publicó el libro Masaje Práctico, precursor de técnicas de kinesiología. Y como experta en ginecología y obstetricia presidió congresos en Londres y París, y recorrió hospitales en Viena, Berlín, Leipzig… Y nunca paró de fundar: Consejo Nacional de Mujeres, Asociación Obstétrica Nacional, etcétera. Sin embargo, jamás le permitieron hacer cirugías. En el país seguía aleteando el pájaro negro del prejuicio. El mismo que apenas le entreabrió la puerta, a regañadientes, de la facultad.
Jubilada, sin pareja y sin hijos, vivió muy pobremente hasta el 10 de abril de 1934. Tenía 74 años. La sepultaron en el Cementerio Británico de Buenos Aires. Su último acto fue donar un único bien: su casa en Los Cocos, Córdoba, al Consejo Nacional de Educación. Por fortuna, allí se levantó la Escuela 189 Cecilia Grierson. Su nombre también es una calle en Puerto Madero. De aquellos crueles estudiantes que tanto la atormentaron no hay memoria alguna. Ojalá se hayan arrepentido en su minuto final.
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(Este texto de Alfredo Serra se publicó en Infobae en 2017)
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