No es una película de la guerra, aunque estén relatados algunos de los combates. “1982 La Gesta” (Faro Films) son ochenta minutos de sentimientos de los que en ella participaron. Es el conflicto del Atlántico Sur a partir de la voz, el corazón y el alma de 22 veteranos. El director logró traspasar esa coraza invisible que suele formarse en los veteranos a partir de los estragos producidos por años de desmalvinización, y así elaboró un producto de sus historias de esos 74 días de 1982, con vivencias íntimas propias del ser humano cuando debe enfrentarse a situaciones límites.
Desde el comienzo, la palabra “gesta” está presente y en la introducción el espectador puede sorprenderse con aquellos personajes queridos por todos e injustamente olvidados, como es el caso del doctor René Favaloro, que había calificado el 2 de abril como “un día histórico”, y también desempolvaron a Juan Manuel Fangio quien justificó la recuperación al sostener que “no le quitamos nada a los ingleses”.

Fue poco difundido el audio de la proclama del almirante Carlos Büsser, comandante de la fuerza de desembarco, pronunciada el 1 de abril en plena travesía hacia las islas. Por eso impacta como aporte histórico escuchar su orden de ser “duros pero corteses” con los isleños.
Es interesante conocer lo que sintieron los veteranos sobre la recuperación misma. Desde la valoración típica militar de Daniel Esteban (por entonces un teniente primero jefe de la compañía de asalto C del Regimiento 25) al describirla como “una acción militar increíble” hasta el del soldado Oscar Rubíes, del Grupo Aerotransportado 4, quien afirmó que habían ido a poner el cuero y confesó que “lloré al pisar suelo malvinense”, compuesto por pasto, carbonilla y tierra, lo que lo transformaba el suelo en una esponja donde se enterraban las ruedas de los Pucará, según explicó Carlos Tomba, piloto de ese avión.

A partir de la lejanía, la correspondencia pasó a ser el único vínculo con los seres queridos que habían quedado en el continente. “Recibir una carta era una inyección de vida”, aunque algunos las guardaban sin leerlas, temiendo el efecto emocional que pudiese causar. “Las guardé en el bolsillo izquierdo de mi chaquetilla, porque la vieja es la vieja”, contó Rubíes.
A medida que se desarrollan los relatos, y se intuye que los veteranos están más abiertos a la confesión y menos pendientes de la cámara, surgen las historias y las anécdotas. En medio de un bombardeo que estaba sufriendo una posición del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 –”algunas bombas caían muy cerca y hacía temblar todo”- percibieron el aroma de leche hervida. Sorprendentemente el soldado Zapata, en su casco, estaba haciendo arroz con leche. “Si vamos a morir, vamos a hacerlo con la panza llena”, explicó.

El miedo es otro de los sentimientos bien descriptos en el film. Esteban Tríes, del Regimiento 3, aún cuenta asombrado que, en la absoluta oscuridad que debían mantener en las trincheras, se aparecía el teniente primero Víctor Hugo Rodríguez, con un tremendo velón encendido –”nos podían ver desde Londres”, bromeaban- y todas las noches se rezaba el Rosario. “La fuerza que nos dio ese rezo diario fue increíble”, confesaron.
Al parecer, uno solo de los soldados sabía rezarlo y durante los bombardeos británicos, cuando parecía que todos morirían, le gritaban: “¡Dale, boludo, rezá, que nos matan a todos!”

Describen lo que cada uno vivió el 1 de mayo cuando comenzaron las hostilidades, “y el horizonte se puso rojo”, recuerdan.
Hay hechos que están relatados con lujo de detalles. Uno de ellos es el hundimiento del Crucero General Belgrano en los recuerdos de Pedro Galazzi, segundo comandante del buque, y Alberto Deluchi Levene, médico cirujano. Con una mirada que transmite tranquilidad y firmeza, Galazzi admitió que “todos sabíamos lo que podía ocurrir”, esto es, ser atacado por un submarino.

Ambos confesaron que esos momentos no se les borrará jamás de sus memorias, y se sintieron orgullosos al ver, con el barco a punto de hundirse, sin su proa, los tripulantes respetaron los protocolos de evacuación, el que tantas veces habían practicado. También figura el episodio del capitán Héctor Bonzo, obligado por el suboficial Ramón Barrionuevo –los últimos dos que quedaban en cubierta- a bajar a las balzas, cuando intuyó que el comandante deseaba irse a pique con su barco. “Si usted no se tira, yo no me tiro”.
El ataque a la flota inglesa en el estrecho de San Carlos fue otra de las acciones que absorbe toda la atención, porque son varios testimonios que se complementan. Por un lado, los relatos de Daniel Esteban y de Roberto Reyes –un joven subteniente del Regimiento 25- que, desde tierra y desde una altura, fueron testigos privilegiados del desembarco y de los temibles ataques de los aviones argentinos que volaban entre los barcos ingleses. Reyes elogió a “nuestros pilotos por su valor y compromiso”.

Atrapan los relatos de Pablo Carballo (jefe de escuadrilla de Douglas A-4B Skyhawk) al describir con lujo de detalles el modo de atacar a un buque, cómo debían colocar en posición al avión y el momento justo en que se debe accionar el mecanismo para liberar la bomba, hasta evitar maniobras bruscas “para que los ojos no te salten de sus órbitas”. Y lo más importante: eludir el fuego enemigo para salir de ese berenjenal de buques enemigos.
De la misma manera, el de Tomba es impactante, cuando describió que atacó con un ala agujereada por los disparos y que cuando proyectiles provocaron el incendio de uno de los motores de la máquina, debió eyectarse. “Solo recuerdo haber accionado la palanca y de pronto me vi tomado de las sogas del paracaídas, ya casi sobre tierra”.

Esteban Vilgré La Madrid, un joven subteniente del Regimiento 6 que combatió al frente de 47 soldados, explicó que los ingleses habían comprendido la lección recibida en los combates en Darwin, y que cuando arremetieron contra las elevaciones en las proximidades de Puerto Argentino, lo hicieron de noche.
Es otro de los momentos dramáticos de la película en los que se revelan detalles que reflejan todo lo que fueron capaces las distintas unidades argentinas. La euforia menguada por las bajas propias cuando fue rechazado un ataque británico en Monte Harriet, la desazón al conocer la caída de Monte Longdon, hasta esa terrible pregunta que todo jefe teme su respuesta: “¿Quién quiere acompañarme?” y alegrarse cuando todos los soldados le respondieron al unísono que estaban con él para arremeter con un contraataque.

Los testimonios ofrecidos revelan lo que es vivir cara a cara con la amenaza de la muerte y cuando, cuando alguno creía que le llegaba su final, la frase salvadora de “por aquí, mi subteniente” y una pausa inexplicable en el fuego enemigo, que permitió salvar más de una vida.
Los que se replegaban hacia la capital de las islas se estremecieron por lo que veían. Era un intenso bombardeo, y sintieron la sensación de que Puerto Argentino se hundía por la lluvia de bombas.

Luego vino la rendición. “No fue un buen momento”, “se nos vino el alma al piso”, “rabia, bronca, impotencia, decepción, tristeza”, son algunos de los conceptos. Hubo quienes confesaron que se echaron al piso y lloraron con amargura. Contrasta con algún mensaje de que, pasados los años, “no hay nada perdido, está todo por ganar”.
Coinciden en describir como “vergonzoso” el trato que recibieron cuando llegaron al continente, donde fueron escondidos, se les prohibió el contacto con la población civil que ansiaban recibirlos como se merecían. “Ahí comenzó la desmalvinización”, admitieron.

Afloraron los sentimientos encontrados, como el de Horacio Lauría, por entonces teniente primero de la Compañía Comando 602, quien contó que “lloré de vergüenza por haberlos defraudado” o ese sentimiento de culpa “por haber perdido la guerra”.
Fueron años de muchos sufrimientos, porque para ellos la posguerra fue mucho peor que la guerra en sí. “La nación que los mandó a pelear se olvidó de ellos”, reprochan.

“A veces pienso si no hubiera sido mejor haber quedado allá”, se escucha, así como Jorge Guidobono, entonces un teniente, quien sorprende con una confesión: “Nunca hablé de esto con mis hijos”.
Uno de los hilos conductores de la película es la emoción. Como la de José Alberto Vázquez, que en la guerra era subteniente, al que se le presenta un niño preguntando por el cabo Gómez. No sabía cómo decirle que su hermano había caído en combate.

Se sienten ofendidos y reaccionan con vehemencia cuando se refieren a ellos como “los chicos de la guerra”. Dicen que eran jóvenes que fueron a pelear y que sintieron orgullo de haber sido soldados, aunque con dolor admiten que el soldado puede morir dos veces: por la bala del enemigo o por el olvido de su propia gente.
Tienen en claro que algunos murieron y otros ofrendaron sus vidas. Vilgré La Madrid confesó que tuvo la idea de escapar de la unidad en Campo de Mayo donde los tenían recluidos. Pero cuando llegó al cerco y vio la cantidad de familiares que buscaban respuestas por el destino de sus hijos, sintió vergüenza y regresó. Consideró inadmisible que él quisiera estar con sus padres mientras otros sufrían por la incertidumbre y la falta de información.

La película cierra con el listado de los caídos. Mientras pasa la interminable columna donde figuran los nombres que ayudaron para que esta película fuera posible, surge natural el ánimo de alentar al director Nicolás Canale y a su talentoso equipo a armar una suerte de saga –no todo puede comprimirse en un solo film- en la que se incluyan más testimonios como, por ejemplo, los soldados que padecieron un brutal aislamiento de hambre y hostigamiento en la isla Gran Malvina. De la misma manera, sería interesante conocer las ricas historias de los efectivos de Prefectura, Gendarmería y de los familiares de los caídos, cuya labor fue fundamental para mantener viva, durante 40 años, la llama de Malvinas.
Películas como ésta son un valioso aporte para conocer la verdadera historia del conflicto. En ella se demuestra que, con una sociedad con valores, no todo está perdido. Nos quedamos con la reflexión de Deluchi Levene de que “la guerra se tiene que evitar, ya que la patria se hace en la paz”. Ese es el camino.
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