
Días antes de la batalla, el general enemigo Pío Tristán le envió una carta al español José Garmendia, de abiertas simpatías patriotas, que fue uno de los que convenció a Manuel Belgrano de permanecer en la provincia y dar batalla al enemigo. Garmendia vivía en la ciudad de Tucumán y en la provocadora misiva que recibió, Tristán presagiaba un triunfo español y le advertía que los patriotas serían derrotados y debidamente castigados. Le manifestó su deseo de tomar, luego de la batalla -de la que descontaba el triunfo- un buen baño y un suculento almuerzo en su casa.
Cuando le mostró la carta a su esposa Elena María Alurralde, respondió que lo que prepararía sería “una horca cuya cuerda y dogal fueran trenzados con el cabello de las damas tucumanas para los godos”.
Las tropas de Belgrano
Tristán era consciente de la situación en la que se hallaba Belgrano, ya que el panorama del ejército que mandaba era casi desesperante. Ante sus pedidos de ayuda, el gobierno solo le había enviado unos 400 fusiles. “Era difícil encontrar una fuerza más deshecha, ya sea por su falta de disciplina y subordinación, ya sea por su armamento, como por los estragos del chucho (fiebre)…”, escribió en su autobiografía.
Luego de completar lo que se llamó el Exodo Jujeño, el 10 de septiembre, las fuerzas patriotas llegaron a las afueras de la capital tucumana. Fue creciendo dentro de Belgrano la idea de quedarse en Tucumán y dar batalla al enemigo y desobedecer la orden del gobierno de bajar hasta Córdoba. Este doble sentimiento lo tuvo a maltraer, porque era enemigo de la desobediencia que, junto al desorden eran dos factores que, según él, llevarían a la causa de la revolución a su perdición. Pero sabía que si dejaba el territorio sería más difícil recuperarlo.

Encomendó a Juan Ramón Balcarce reclutar a voluntarios para sumarse a su ejército. A pesar de viejos resquemores que ambos arrastraban desde el inicio mismo de la revolución, Belgrano lo había nombrado en Jujuy mayor general interino ya que Eustoquio Díaz Vélez, que ocupaba dicha posición, había caído enfermo en Jujuy, aunque se recuperaría para lo que estaba por venir.
La importante convocatoria que tuvo -armó como pudo a 600 jinetes- y el triunfo en Las Piedras el 3 de septiembre sobre la vanguardia realista, lo convenció de dar batalla. Esos voluntarios fueron sometidos a un entrenamiento intensivo sobre los movimientos militares básicos. Irían a la pelea armados con lanzas con cuchillos asidos a la punta y con machetes.

Delgado, de 1,50 de estatura, de trato cordial, ingenioso y muy avaro, Pío Tristán era un peruano de 39 años, que siempre mantuvo una relación respetuosa, aunque no de amistad con el creador de la bandera. Ambos se conocían de la época de estudiantes en Salamanca y luego cuando vivieron en Madrid.
Cuando Belgrano se hizo cargo del Ejército del Norte, le escribió: “Fui el pacificador de la gran provincia del Paraguay. ¿No me será posible lograr otra gran dulce satisfacción en estas provincias? Una esperanza muy lisonjera me asiste de conseguir un fin tan justo, cuando veo a tu primo y a ti, de principales jefes…”
El primo era el general José Manuel de Goyeneche, que comandaba las tropas españolas. Luego de las derrotas de Tucumán y Salta pediría su relevo, y regresó a España.
Tristán estalló de ira cuando doce días antes, los patriotas habían hecho prisionero al implacable y sanguinario coronel español Agustín Huici, que al mando de la vanguardia, había caído prisionero luego del combate de Las Piedras, y le mandó 50 onzas de oro para su atención. Encabezó la carta con “campamento del Ejército Grande, septiembre 15 de 1812″. Belgrano, en su respuesta, le devolvió el dinero y le pidió que fuese destinado a los prisioneros patriotas. Conservando su sentido del humor, firmó “campamento del ejército chico”.
Cómo fue la batalla de Tucumán
La estrategia de Belgrano era el de esperar a los españoles en un campo de batalla al norte de la ciudad, contraatacarlo a bayoneta y dispersarlo con su caballería. En caso de una victoria española, mandó a atrincherar la ciudad, cavó fosos y dejó media docena de cañones para cubrir la retirada.
El 23 los españoles llegaron a Nogales, a 20 kilómetros al norte de la ciudad. Tristán, seguro de su superioridad numérica, realizó un movimiento envolvente y se situó en un punto para cortarle el camino de los patriotas hacia Santiago del Estero. Quería evitar que escapasen. Se estaba excediendo en sus órdenes: le habían indicado ocupar Salta y con 500 hombres hostigar los alrededores de la capital tucumana.
Este movimiento fue descubierto por Gregorio Aráoz de Lamadrid, quien para confundir a los realistas quemó unos campos cercanos por donde se estaban movilizando. Esto le permitió a Belgrano conocer los movimientos del enemigo, buscó rodear la ciudad por el oeste y formó una línea de ataque mirando al sur. Tres columnas de infantería, cuatro piezas de artillería y la caballería dividida en dos. En la retaguardia una reserva de infantería y caballería al mando del joven coronel de 25 años Manuel Dorrego, cuyos ascensos los había ganado todos en los campos de batalla.

En la mañana del jueves 24 los realistas aparecieron en el campo de las Carreras, ubicado en el sur de la ciudad, situado actualmente entre la avenida Bernabé Aráoz, Lavalle y Alberdi. Desde 1914 es lugar histórico.
Los españoles llegaron con la artillería aún montada en las mulas. Vieron a la infantería patriota pero no a la caballería. Los disparos de los cuatro cañones patriotas causaron daño en las primeras filas. El coronel enemigo Barrera, irritado, mandó cargar a bayoneta y se desencadenó una lucha de duraría cuatro horas.
Belgrano ordenó a la caballería de Balcarce atacase el flanco izquierdo enemigo y la infantería al centro. Sabía que su caballería, con muchos voluntarios, no estaba preparada para los despliegues en batalla. Pero aún así cargó en medio de alaridos y del sonido ensordecedor que producían los golpes que los jinetes daban a los guardamontes.
La infantería del francés Carlos Forest se vio superada por el elevado número de enemigos; el batallón 6° de Ignacio Warnes, retrocedía en confusión ante el embate español. El mayor José Superí, de 22 años, que mandaba un batallón de pardos y morenos, había caído prisionero y sus hombres se dispersaron. A esa altura, el ejército patriota había perdido cerca de 400 hombres.
Dorrego, viendo el panorama, sin esperar órdenes de Belgrano, arremetió con la reserva de infantería en auxilio de Forest y Warnes. Cargó violentamente contra los españoles, mientras Balcarce, al mando de los voluntarios que había convocado los días anteriores, armados con precarias lanzas y machetes, más algunos Dragones y Decididos de Tucumán, avanzó a puro degüello.
Terminó de confundir al enemigo cuando en pleno combate, se puso de noche. Un fuerte ventarrón trajo consigo una manga de langostas. El general José María Paz recuerda que el impacto de estos insectos en la cara y en el pecho simulaban impactos de bala, y muchos creyeron haber sido heridos.
El enemigo se puso en fuga
Belgrano, desconectado de sus jefes -que durante la batalla tuvieron que tomar sus propias decisiones- con unos 200 efectivos marchó hacia la ciudad, sin saber a ciencia cierta, con qué se encontraría. Allí estaba la infantería con las armas capturadas a los españoles por Dorrego, más algunas banderas y cientos de prisioneros.

Esa noche, se retiró a la estancia El Rincón, a tres leguas al sur de Tucumán y al día siguiente formó con su ejército frente al del enemigo. Mandó al coronel José Moldes, encargado de observación del ejército, con la propuesta de “una amigable proposición de rendición”, pero Tristán se negó. El jefe español esperó la noche y se retiró a Salta.
Los patriotas tuvieron 61 muertos y 200 heridos. Los españoles 450 muertos, 200 heridos y 600 prisioneros.
Belgrano encomendó a Díaz Vélez que al frente de unos 500 o 600 hombres hostigasen la retirada del enemigo. Volvió al mes, el día en que se hacía la procesión con la que se honraba a la Virgen de la Merced, ya que Belgrano estaba convencido que el triunfo se había debido a su intercesión. Luego de una misa, la nombró generala del ejército.
El 5 de octubre llegó a la ciudad de Buenos Aires la noticia del triunfo. A partir de las ocho de la mañana hubo salvas de artillería, repiques de las campanas de las iglesias, cañonazos de los buques anclados en el río y bandas militares, que tocaron por las calles hasta bien entrada la noche. Tres días después, en medio de una profunda impopularidad, caía el Primer Triunvirato gracias a un golpe de José de San Martín y la Logia Lautaro. El Segundo Triunvirato tendría otra dirección.
En Buenos Aires se cambiaba el gobierno y en el norte Pío Tristán se quedó sin su baño reparador y su suculento almuerzo.
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