
Empezó Claudio Epelman, director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano y comisionado para el diálogo interreligioso del Congreso Judío Mundial, hablando de antisemitismo. Cerró Roberto Moldavsky, humorista, contando un chiste sobre judíos que, tal cual definió su autor, “tiene un poquito de ruido pero no importa”. El giro melodramático se maceró una hora y media, la duración de la sesión plenaria en el entrepiso del Hotel Marriot de la ciudad de Buenos Aires que albergó el contenido principal del primer día del Foro Latinoamericano de Combate al Antisemitismo, en las vísperas de un nuevo aniversario del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) del lunes 18 de julio de 1994.
Epelman dijo algo que cada exponente expresó a su modo: hubo una coincidencia, un común denominador, un hilo invisible que cada entrevistado desplegó. El presentador se preguntó cuán antiguo es el antisemitismo y se respondió que cada vez más -y ya no menos- el antisemitismo es un concepto que encierra y lastima no solo a los judíos. “Para que las estrategias de combate al antisemitismo sean efectivas a largo plazo, deben abarcar a todos los sectores de la sociedad. Y ahí radica uno de los valores centrales de este foro: en el encuentro entre los diversos actores involucrados para trabajar juntos contra los discursos de odio”, apuntó.
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Ruth Cohen-Dar, máxima responsable del trabajo contra el Antisemitismo del Ministerio de Relaciones Exteriores israelí, lo repitió a su modo: “Para el Estado de Israel la lucha contra todos los discursos de odio es un tema fundamental. De la misma manera, creemos que el combate al antisemitismo debe ser un deber compartido por todas las sociedades. Por eso este encuentro verdaderamente intercultural e internacional es una celebración de la convivencia”.
Deborah Lipstadt, enviada especial para el Monitoreo y Combate del Antisemitismo del Departamento de Estado de los Estados Unidos, dijo que el antisemitismo, más que un prejuicio, es una teoría conspirativa. Que actúa como prejuicio pero que envuelve una característica única que comprende otros planos de discriminación más profundos: “Si un judío hace algo malo se define a toda la comunidad y si hace algo bueno se lo separa, como si él fuera alguien de ‘los buenos’”, comparó.
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“Es el odio más añoso y se tiene que abordar como tal”, denunció y retomó la definición que minutos antes había enunciado Epelman parado sobre el atril: “El antisemitismo es primariamente contra los judíos pero no es solo contra los judíos, es un ataque a la sociedad en todo su conjunto. Yo no lucho contra el antisemitismo porque soy judía y quiero defender a mi familia, aunque tampoco estaría mal si así fuera, sino porque defiendo la estabilidad de la sociedad”. “El antisemitismo -resumió la funcionaria estadounidense- es una amenaza contra toda la sociedad”.
La última pregunta que le hizo Ruth Cohen-Dar, moderadora y diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, también la respondió Fernando Lottenberg, ciudadano brasileño y comisionado de la OEA para el monitoreo y la lucha contra el antisemitismo. La consulta pretendía convertir en una acción tangible las ideas que habían vertido en su ponencia: ¿qué deberían hacer los gobiernos para combatir el antisemitismo? Lottenberg propuso que el Holocausto se trate en los programas educativos, que existan áreas oficiales de gobierno de propaganda y que se implemente una legislación para aplacar el discurso de odio online y offline. “Es una demostración clara de que este tema no debe permanecer en el entorno de la sociedad judía. Es un problema que puede afectar a las democracias y derechos humanos de cada país”, expuso.
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Lipstadt fue terminante. Pidió que los gobiernos tomen el tema “seriamente”, que no sea una declamación vacía, para que, como dispone su departamento, reciban presupuesto y personal a efectos de pregonar su voz en todo el mundo. “Vemos al antisemitismo como una amenaza contra la democracia y contra los gobiernos. Hay que hablar más y no tener miedo a condenarlo. No es solo una amenaza a los judíos en su entorno sino al bienestar de la sociedad. No ha habido ningún gobierno de ningún tipo de orientación política que haya tolerado el crecimiento del antisemitismo y haya permanecido estable. Si no quieren hacerlo por los judíos, háganlo por el bienestar de la sociedad”, exclamó.
Dani Dayan, presidente de Yad Vashem, el centro mundial de conmemoración de la Shoá, reparó en una consigna: “La Shoá no es un genocidio, es algo que incluye un genocidio. Es mucho más. Es una ideología. No hay ninguna comparación de algún genocidio que sea contraproducente al interés militar. Cuando los nazis mandaban un barco a una isla greca para tomar a un judío de 55 años y llevarlo en barco y en tren a Auschwitz, no es un genocidio: es mucho más. Es el esfuerzo único en la historia humana de erradicar de la faz de la tierra a un pueblo, cuando era contraproducente al esfuerzo militar de la Alemania nazi. Es algo incomparable que espero que siga siendo incomparable”.
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Informó, a su vez, que esta semana firmará un acuerdo con Wado de Pedro, el ministro del Interior, para compartir información volcada en los archivos generales de la nación de sobrevivientes de la Shoá que llegaron al país. “A veces me preguntan por qué seguimos buscando documentos por todo el mundo. Tenemos 220 millones de páginas de documentos. ¿Para qué más? ¿Qué diferencia hay si llegamos a tener 300 millones? Hay dos diferencias enormes. La primera: el futuro. Lamentable e inevitablemente nos estamos acercando a la época en la que no van a haber testigos, sobrevivientes y esa va a ser la gran oportunidad de los negacionistas y los distorsionistas. Para combatirlos tenemos que estar en una base muy sólida de datos. Nos dicen ‘apúrense, tomen testimonios filmados de los sobrevivientes’. Y por supuesto que lo hacemos, pero yo no me olvido en ningún momento que seis millones de judíos nunca tuvieron el privilegio de estar frente una cámara y dar testimonios: esos son los documentos”.
La segunda diferencia es un propósito insignia: “Tenemos una obligación de saber todo lo que sucedió, de saber de cada una de las víctimas”. Actualmente Yad Vashem tiene los nombres de cuatro millones y medio de víctimas del Holocausto: su trabajo aún no termina. “Nuestro imperativo moral colectivo es perseverar en nuestros esfuerzos para recuperar sus nombres y restaurar sus identidades”, define la organización. Pero él está obsesionado con Sara o Lea, a veces le cambia el nombre. Tiene doce años y vivía en Białystok, en Polonia. La conoce muy bien porque la inventó él. Es una historia creada, una figuración. Lo que no inventó fue que la arrastraron a una sinagoga en donde murió incendiada: ella y otros tantos judíos de la ciudad. “¿Qué pensó esa nena en sus últimos momentos cuando entendió lo que le estaba sucediendo? -se preguntó-. Por supuesto que no lo sé, pero tengo la impresión de que ella pensó ‘que se acuerden de mí, que sepan quién fui, que no me convierte en una pila de cenizas’. Todo el esfuerzo vale si encontramos información sobre una víctima más de la Shoá”.
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Entre las conversaciones, exhibieron videos. Primero fue el turno del mensaje del Primer Ministro de Israel, Yair Lapid: “Nuestro compromiso es luchar juntos contra los discursos de odio, y no permitir que los extremistas hagan mal uso del lenguaje de la democracia y de los derechos humanos”. Después le tocó a Ronald Lauder, presidente del Congreso Judío Mundial, quien les exigió a “a los funcionarios de gobierno y todos los participantes reunidos aquí, por favor, actúen hoy, no permanezcan al margen”. El tercer video mostraba a hinchas, canchas de fútbol, canciones y decía, como moraleja, que “el odio no es pasión”. Fue el momento en el que Jorge Brito y Jorge Amor Ameal, presidentes de River y Boca, respectivamente, se preparaban para subir al escenario, donde firmaron un compromiso contra el antisemitismo y los discursos de odio a través del cual adhirieron a la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA).
El cierre del plenario estuvo a cargo de Roberto Moldavsky, un humorista reconocido en todo el país y quien se reconoce asimismo como un judío orgulloso de su identidad. Dice ser como un puente “entre lo judío y lo no judío”. Detrás de sus chistes, también dejó piezas de reflexión. Invitó a preguntarse “¿cuán antisemitas somos todos con respecto a otro?”, y automáticamente sugirió reemplazar en su pregunta la palabra antisemita por xenófobo. En esas respuestas -dijo-, están las claves para combatir el antisemitismo.
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