
El capitán Pablo Llanos -cardiólogo, karateca y traductor de inglés por añadidura- de la Compañía de Comandos 601, fue el único combatiente argentino que tuvo en la mira de su fusil al famoso “principito” británico Andrés, hijo de la reina Isabel II.
Volviendo de una misión nocturna, Llanos, junto al capitán Jorge Jándula y tres suboficiales, atraviesa una zona plagada de helicópteros ingleses que sobrevuelan el terreno. Comienza a clarear, cuando escuchan los rotores de un helicóptero más. El impetuoso médico-comando se dispone a derribarlo:
–A este ya lo podemos ver, hay que darle.
Los dos suboficiales de mayor edad, no quieren:
–Si llegamos a fallar, nos revientan.
Pero Llanos insistía, no le importaba el riesgo con tal de tumbar la “pala” enemiga.
–Ustedes le disparan con la ametralladora y yo les tiro una granada con el fusil.
Pero los dos suboficiales se siguen negando. Llanos estalla de furia.
–¡Busquen refugio, que le tiro yo solo!

Pero el capitán Jándula toma partido por la postura de los dos suboficiales y a Llanos no le queda más remedio que refrenarse. Colérico, arroja su fusil al suelo. El helicóptero enemigo pasa tan cerca que Llanos llega a ver el interior de la cabina iluminada.
Si el enojo del comando en ese momento fue enorme, mucho mayor aun fue la frustración que experimentó tras volver al continente y dedicarse a averiguar cuáles habían sido las misiones de los helicópteros británicos en aquella fecha. Todos los indicios apuntaban a que en ese aparato, que Llanos estuvo a un pelo de tumbar, ¡estaba el mismísimo príncipe Andrés! El “principito”, copiloto del Escuadrón 820 del portaaviones Invencible, estuvo volando por esa zona y pasaba por ese corredor.
“Yo estudié los vuelos británicos de esa madrugada –me comenta, todavía con un dejo de decepción en su voz–. Después de eso, toda su vida, cada vez que nos encontrábamos, el Quico Jándula me decía: ‘¿No es cierto que tuve razón?. El Ñato Rico siempre me dijo que hicimos bien en no tirarle a ese helicóptero, porque iban a venir veinte o cuarenta más, y nos iban a aniquilar’”. La conciencia no dejaba en paz a Jándula.
Es de imaginar la espectacular repercusión internacional que hubiera tenido un derribo así.

Tras una penosa caminata por terreno cenagoso, el capitán Llanos, criado en el campo, capturó un caballo y lo montó, cargando las mochilas y el armamento. El sargento ayudante Silverio Arroyo –el único que también estuvo dispuesto a atacar al helicóptero–, quien por su lumbago no podía sentarse a caballo, marchaba a su lado. Pero al acercarse a las propias líneas, desde ellas partió una granada que estalló muy cerca del animal. El caballo pegó una tremenda espantada, corcoveó y se lanzó al galope, despidiendo a Llanos por los aires. Afortunadamente el golpe no tuvo consecuencias graves.
“Esa guerra la viví con mucho gusto y orgullo. La viví muy bien llevada”, me subraya este médico sui generis, quien sigue ejerciendo como cardiólogo y goza de prestigio internacional.
Cuando en la Gran Malvina el teniente primero “Gallego” Fernández abate un Harrier con su lanzamisil portátil Blow Pipe, es Llanos quien, tras sacar al aviador inglés del agua, le brinda los primeros auxilios, le pone el brazo en cabestrillo, amarrándolo al cinturón, porque tenía una fractura de clavícula y luego lo lleva en su moto siete kilómetros hasta el hospital. Llanos se quedó todo el tiempo con el británico, hasta que lo evacuó en un helicóptero: primero a Prado del Ganso y luego a Puerto Argentino. Conmovido por el trato de Llanos, el piloto Jeff Glover le regaló su cuchillo de combate.

Para tener una idea de la calidad humana de este comando, de la nobleza y abnegación de su comportamiento, más allá de la valentía a ultranza que lo caracterizaba, baste contar la siguiente anécdota.
Cuando se estaba planificando la asonada de Seineldín del 3 de diciembre de 1990, varios camaradas invitaron a Llanos a plegarse. El comando se negó, estaba categóricamente en contra.
Pero sus amigos le dijeron: “No tenemos ningún médico, ¿quién va a atender a los heridos?”.
Entonces Llanos, apretando los dientes, se sumó. Exclusivamente por solidaridad con sus camaradas... Y lo pagó con diez años de exilio, hasta que prescribió la causa.
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