Esa vez no pudo levantar el teléfono ni hablar, como le gustaba hacerlo en los llamados extorsivos a los familiares de sus secuestrados. A Arquímedes Puccio le quedaban pocos días de vida y le pidió al pastor que lo cuidaba, Eliud Cifuentes, que llamara a varias personas para despedirse.
Una de ellas fue Epifanía Calvo, su ex mujer. Puccio quería decirle que la seguía amando. Ella cortó sin piedad, antes de oír esas palabras.
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“No lo quiso atender nadie. Ni sus últimos amigos”, dice Cifuentes, testigo del final del temible secuestrador que lideraba el clan que secuestraba y mataba empresarios en su casa de San Isidro. Los mantenía cautivos en el sótano de la casa, en la bañadera o en el ropero.
Murió el 4 de mayo de 2013, a los 84 años. Hasta ese momento llegó la compañía del pastor, que no pudo ocuparse de los trámites para enterrarlo. Y tampoco fue al cementerio municipal de General Pico. Nadie reclamó su cuerpo en la morgue. Hasta que fue enterrado y al cajón lo trasladaron dos sepultureros y dos policías. Una sobrina lejana reclamó sus pertenencias, pero se las negaron: eran unos 50 libros, ropa y papeles, no mucho más.
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El hombre que hizo una fortuna con la industria sin chimeneas, como llamaba a los secuestros post dictadura, murió solo y pobre. ¿Dónde quedó el dinero?
Al siniestro Arquímedes, antes lo habían abandonado sus amigos de General Pico y su novia Graciela, 45 años más joven que él. Ella se dedicaba a la limpieza de una comisaría y había aceptado la propuesta de matrimonio que él le hizo en un video casero registrado por el periodista Cristian Caluori. De esa mujer no se supo más nada.
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Puccio era abogado de la mujer y le había resuelto una sucesión y, según él, una situación de violencia de género. Llegaron a vivir en la casa de ella. Cuando le preguntaban si sabían quién era ese hombre, ella sonreía con timidez, como si en realidad no tuviera idea del pasado de Puccio.
Pero cuando a él le diagnosticaron un tumor cerebral, ella lo dejó. Luego tuvo un ACV.
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Sus amigos, entre ellos un bicicletero y un mecánico, también se alejaron.

Sólo se quedó a su lado el pastor. Que lo cuidaba como si fuera su hijo. “Puccio quería recuperarse en Cuba. No podía creer que iba a morirse”, dice Cifuentes.
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“Para nosotros fue un alivio su muerte. Que no esté más entre nosotros. El perverso asesino que gozaba llamando por teléfono a los familiares cuando ya tenía decidido el destino de muerte de las víctimas terminó sin poder hablar con nadie, ni podía levantar el tubo. Igual la sacó barata. Muy barata”, dice Guillermo Manoukián a Infobae. Su hermano Ricardo fue asesinado atrozmente por el clan.
A Puccio no lo quería casi nadie. Ni sus compañeros. Tras su muerte, sus ex cómplices Guillermo Fernández Laborda y Roberto Oscar Díaz dijeron que era un miserable y se mostraron arrepentidos por no haberlo matado después del primer secuestro.
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Los últimos días de Puccio fueron llamativos: quería dejar testimonio de su agonía, contaba anécdotas sexuales (hablaba de las mujeres que había conocido en el mundo como diplomático) y quiso despedirse aunque le dieron la espalda.
A este cronista (a quien pidió llamar para ser entrevistado en sus días finales, pero el encuentro no se concretó), el malviviente llegó a decirle que proyectaba su vida como si fuera a vivir 120 años.
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Según pudo saber Infobae, los restos de Puccio ya no están en una tumba del cementerio municipal de General Pico, en uno de los sectores más marginales. Fueron trasladados a un osario común.
Durante un tiempo, los primeros meses, la tumba fue una especie de atractivo turístico para los visitantes, que solían sacarse fotos con la cruz de madera de fondo que tenía el nombre del secuestrador.
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“El me dijo que nunca había dejado de amar a su esposa de toda la vida y que su sueño era cumplir la libertad condicional para volver a Buenos Aires para estar con ella”, contó el pastor. Cuando estaba bien de salud, Puccio la llamaba y unas pocas veces consiguió hablar con Epifanía. Pero ella no quería saber nada. Quizá por venganza, en una entrevista Puccio dijo que habría que preguntarle a su esposa dónde quedó todo su dinero. No aclaró si era el botín de los secuestros.
¿Por qué el odio de su ex mujer? Para la jueza Romilda Servini de Cubria, era imposible que Epifanía no supiera nada de lo que pasaba en la casa del horror situada en Martín y Omar 544, San Isidro.
La banda de Puccio cayó el 23 de agosto de 1985, en San Isidro. Arquímedes fue detenido con sus cómplices, entre ellos sus hijos Daniel “Maguila” y Alejandro, talentoso wing tres cuartos del CASI, un tradicional equipo de rugby de San Isidro, y ex jugador de Los Pumas.
Entre 1982 y 1985, los Puccio habían secuestrado y matado a los empresarios Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum. Salió en libertad en 2008, el año en que murió su hijo Alejandro de neumonía. Se radicó en La Pampa. Allí vivió cinco años.
Al principio se llevaba bien con los vecinos.
Era difícil encontrar a alguien que no se haya cruzado con Puccio, que no lo haya visto caminar vestido de traje y con un maletín, a paso lento, en busca de clientes o nuevos contactos. Era común que él entrara en una verdulería y se pusiera a hablar con las jubiladas. El diálogo se cortaba cuando él les decía:
-¿Saben, señoras, quién soy yo? ¿Les suena el apellido Puccio?
Pero cuando trascendió que vivía en esa localidad, la gente comenzó a darle la espalda. Un amigo dejó de verlo porque había perdido clientes por su amistad con Puccio. Un peluquero se negó a cortarle el pelo por asesino. A veces lo insultaban.
“Al final de sus días creo que se reconcilió consigo mismo. Quería reconciliarse, pero su ex esposa ni lo escuchó cuando él intentó despedirse antes de su muerte, solía llamarla a la esposa y a la hija, porque una de ellas murió, pero le cortaban y él lloraba como una criatura”, dice el pastor.
De su convivencia con Arquímedes, Eliud recuerda dos momentos que nunca olvidará. Una vez se le ocurrió llamar a Silvia, una de las hijas de Arquímedes que, después del caso, se cambió el apellido. Le planteó, sin vueltas, la posibilidad de que se reconciliara con su padre.
- Para mí, está muerto. No quiero saber nada de él -dijo ella.
Otra vez su padre la llamó y obtuvo la misma respuesta:
- Estás muerto. Muerto en vida. Voy a cambiar el número de teléfono para que no me molestes más.
Y colgó.
Según Eliud, Puccio se sentó y lloró en silencio.
Otro día, los dos tomaban mate y leían la Biblia cuando sonó el teléfono de la casa. Atendió Eliud. Una sobrina de Puccio le comunicó:
- Era para avisar que murió Silvia, la hija de Arquímedes.
Eliud miró al viejo, se sentó y se mantuvo en silencio.
- ¡Qué pasa, hijo! Es como si hubieses visto un fantasma. ¿Pasó algo malo?
El pastor no sabía cómo decirle la mala noticia. Su cara lo dijo todo.
- Pasó algo malo, ¿no? ¿Murió Epifanía?
- No, Arqui. Su hija. Murió Silvia. Tenía cáncer.
Puccio se desplomó sobre la mesa y lloró como un niño. Eliud fue testigo de una escena inimaginable para la psiquiatría forense. Un asesino inconmovible lloraba sin consuelo.

Por más que uno se pregunte por qué ayudó a un hombre despiadado, él siempre pondrá una sonrisa y dirá: “Dios perdona a los que se han equivocado. Y yo no soy quién para negarle un plato de comida a un semejante que se ha brindado a la palabra del Evangelio”.
Una versión, que en su momento Puccio no desmintió, es que con su hijo Daniel “Maguila” Puccio, detenido años después cuando viajaba a Brasil con una identidad falsa, no había perdido el contacto.
Nunca confesó sus crímenes ni dónde estaba el dinero de los secuestros.
Un día antes de morir, le dijo al pastor la frase que le gustaba como epitafio:
–Como dijo un gran emperador romano: dispuse de todo y lo tuve todo. Pero no me sirvió de nada.
Puccio quiso ser entrevistado en sus minutos finales. Como si hubiese sido un emperador. O un rey. Nunca asumió ese destino de soledad que suele depararle a los asesinos de su especie.
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