
El cuerpo enfermo, torturado y maltratado de Hernando de Lerma no tuvo ni un entierro digno. Fue arrojado al campo para que las alimañas hiciesen su trabajo. Ese fue el fin sobre el que muchos habían calificado como el más cruel, despiadado y ambicioso de los españoles conquistadores, aunque admitieron que la fundación de Salta fue lo único bueno que había hecho en su vida.
El quinto virrey del Perú, Francisco Alvarez de Toledo, que había asumido en 1569, planeaba establecer una red de poblaciones que agilizasen las conexiones entre el Tucumán, Charcas, el propio Perú y la lejanísima Buenos Aires, no solo para lograr una vía comercial adecuada para los metales preciosos que se extraían y demás productos que se enviaban a España, sino para resguardarse de la belicosidad de algunas tribus indígenas. Aún estaba fresco el recuerdo de las guerras calchaquíes libradas entre 1560 y 1567 entre los españoles y los diaguitas, llamadas así porque el primer alzamiento fue protagonizado por el líder Juan Calchaquí que por algunos años fue el terror para el conquistador español.
Los primeros españoles en llegar a la zona de lo actualmente es la región de Salta fueron Diego de Almagro, en 1535 y Diego de Rojas, en 1543.
El virrey Toledo le había encomendado por 1571 a Jerónimo Luis de Cabrera fundar una ciudad en la zona, pero hizo caso omiso y en cambio fundó Córdoba. Dos años después el virrey le encargó lo mismo a Gonzalo de Abreu y tampoco tuvo suerte.
Hernando de Lerma había nacido en Sevilla el 1 de noviembre de 1541, y a los 36 años fue nombrado por el rey Felipe II gobernador del Tucumán por el término de cuatro años. Ejercía ese cargo, a quien se buscaba remover por los excesos, las injusticias y arbitrariedades que había cometido.
Tuvo un largo viaje de diez meses y llegó a Potosí gracias al auxilio monetario de amigos. Para colmo, cuando llegó se enteró que el virrey había nombrado en ese cargo a Pedro de Arana para reemplazar a, aunque debió desistir de sostenerlo.

Lerma, un licenciado en leyes, asumió el 16 de junio de 1580. Era el primer gobernador civil que tendría el Tucumán y nadie imaginó lo que les esperaba.
Al llegar a Santiago del Estero, por entonces la capital de la gobernación, fingió sumisión a Gonzalo de Abreu y a la primera de cambio lo apresó y durante nueve meses lo sometió a las más indecibles torturas. Lo acusó de haber asesinado Jerónimo de Cabrera y de otra cincuentena de cargos. En 1581 lo hizo colgar de las manos y ordenó atarles a sus pies un peso descomunal. Los desgarros internos que sufrió lo hicieron agonizar cinco días.
Lerma se apropió de todos sus bienes. Presionó a una mujer indígena que confesase haber envenenado a Abreu, gracias a las torturas, la pobre mujer debió declararse culpable y por las dudas armó un certificado de defunción. Los colaboradores del gobernador ajusticiado también fueron perseguidos y los que pudieron huir de la región, denunciaron a Lerma por las arbitrariedades.
Mandó ejecutar a los rebeldes que en junio de 1580 se habían levantado contra Juan de Garay en Santa Fe y tampoco se llevó bien con el recién asumido obispo Francisco de Vitoria. Ambos eran ambiciosos y chocaron por espacios de poder. Se acusaron mutuamente y Lerma llegó a prohibir las misas en la gobernación y amenazó con ejecutarlo.

Con el mandato expreso del virrey de fundar una ciudad, camino al Perú, Lerma le pidió consejo a los miembros del cabildo de Santiago del Estero sobre el mejor lugar para erigirla. Las opciones eran en el valle de Salta o en los valles calchaquíes, y primó la primera opción. En febrero de 1582 con unos 70 soldados españoles más un grupo de indígenas amigos emprendió la marcha.
El 16 de abril de 1582, en lo que actualmente es la Plaza Nueve de Julio, dejó fundada la ciudad. Junto al palo de la justicia, Lerma desenvainó su espada, tiró un par de mandobles al aire y preguntó si había alguna persona entre los presentes que se opusiese a la fundación. Nadie dio nada. Y menos comentaron cuando comprobaron que en el nombre de la nueva ciudad estaba el suyo propio: San Felipe y Santiago de Lerma en el valle de Salta.
Hernando de Lerma la fundó en nombre de la Santísima Trinidad, de la Virgen Santa María, del Apóstol Santiago y del rey de España. Si bien los primeros santos patronos fueron San Felipe y Santiago, San Bernardo los desplazó por votación popular y luego del devastador terremoto de 1692 los nuevos y definitivos fueron el Señor y la Virgen del Milagro. El influyente obispo Victoria -que pasaría a la historia como uno de los precursores del contrabando en la región- había pedido a España dos imágenes para el nuevo poblado. Un Cristo crucificado, que fue llevado a la iglesia matriz y una Virgen del Rosario llegaron diez años después de la fundación.
El escribano Rodrigo Pereira fue el encargado de rubricar el reparto de las primeras tierras entre el fundador y sus seguidores. Una manzana para la plaza mayor, dos solares para la iglesia, otros dos para la vivienda del obispo, un terreno para levantar el cabildo y la cárcel y un lugar para un convento. Entonces se repartieron unos 90 solares. El diseño urbano era el típico español en damero y lo único que no respetaba la rectitud es lo que hoy es la avenida Belgrano, ya que por ahí corría el río Tineo.
Los vecinos debían comprometerse a construir viviendas, en caso contrario se les quitarían las tierras. Lerma autorizó a instalar un máximo de seis pulperías.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el origen del nombre de la ciudad. Podría deberse a que entonces el lugar, plagado de pantanos y zanjones, había que saltarlos; se sostiene que deriva del término “sagta”, que en aymará significa ‘lugar hermoso’ y también su origen derivaría del nombre de una antigua comunidad indígena de la región.
Para 1583, las denuncias sobre Lerma eran demasiadas. Designaciones irregulares de funcionarios, persecuciones, encarcelamientos, torturas y demás arbitrariedades provocaron que los que pudieron huyeran de la región.
Esto llegó a oídos del virrey que ordenó su detención. Como resistió el arresto, se lo engrilló y se lo encerró en un calabozo en Charcas. Allí se lo sometió a un juicio de residencia, el procedimiento que debían comparecer todos los funcionarios del rey. El juicio continuó en Santiago del Estero y cuando fue remitido a España, siguió en el Consejo de Indias. En su lugar en la gobernación fue nombrado Juan Ramírez de Velazco.
Lerma pudo construir su defensa gracias a su conocimiento de las leyes. Sin embargo, en 1591 fue sentenciado a inhabilitación de por vida a ejercer cargos públicos, a una multa de 1000 ducados y 200 pesos y al destierro perpetuo del Tucumán. Murió en prisión esperando que los jueces se pronunciasen por su apelación. Fue el fin de sus sueños de ambición y codicia y solo perduró una gran ciudad, que hoy cumple 440 años.
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