
Hace una semana que Marcelo Hacks está solo en su departamento de Ivano-Frankivs, una ciudad ubicada al sudoeste de Ucrania. La separa 500 kilómetros desde Kiev, la capital del país invadido que resiste el feroz avance de las tropas rusas. “Mi familia pudo escapar hacia la frontera con Rumanía. Yo decidí quedarme a cuidar la casa, porque es lo único que nos queda”, dice tratando de mantener la calma.
Un mes atrás su vida se dividía entre la rutina laboral -es teleoperador a distancia- y sus afectos: su esposa ucraniana, madre de un niño de 13 años. Hoy el panorama es incierto, y dramático. “Cambiante minuto a minuto”, dice Marcelo, que nació en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, hace 52 años y que conoció a su esposa mientras vivía en Los Ángeles, allá por 2017. Se enamoraron y decidieron empezar una nueva vida en el país de Europa del Este. “Me gustaba la idea de estar en un destino con un ritmo de vida poco acelerado, seguro. Esta ciudad en particular alberga muchos estudiantes internacionales por la oferta universitaria de excelencia”, relata a Infobae desde la habitación de su casa donde permanece alerta.
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El jueves pasado cambió todo, luego de que el presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin ordenara el bombardeo de instalaciones militares, bases aéreas y otros puntos estratégicos en la capital y otros centros urbanos importantes como Leópolis, Kramatorsk, Kharkiv, Dnipropetrovsk, Odesa y Mariupol. Esa fecha no se la olvidará jamás. No solo tuvo miedo, sino que inmediatamente llegaron otras consecuencias, las laborales y económicas.
“Como trabajaba para España, perdí el trabajo”, dice. Ese fue el primer golpe. Más tarde, el segundo: le pasó lo mismo a su mujer. “Como filóloga escribe textos para Rusia, algo que ahora ya no puede hacer. Y si lo pudiera no tiene manera de cobrar ese dinero. Desde entonces estamos viviendo con los ahorros”, agrega.
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La tensión fue escalando día a día. El 24 de febrero fue el punto de inflexión. “Escuché un ruido fuerte, salí al balcón y logré filmar una columna de humo negro. No lo podía creer”, revive. Unos misiles impactaron en el aeropuerto que está a tres kilómetros de su casa. “Le dije a mi mujer que se vaya, que busque un lugar cerca de la frontera. Si el panorama mejoraba, volvería, sino me uniría a ellos. Mientras tanto alguien tenía que cuidar la casa y las gatas”.
No es el único que está en esta situación. Si bien las cifras oficiales de la ONU indican que hay más de un 1,7 millones refugiados buscando asilo en países como Polonia y Rumania, hay otros que aún guardan la esperanza. “Es una ciudad fantasma. Quedamos muy pocos, sobre todo las personas mayores que no pueden ni quieren abandonar sus casas. Se ve mucha presencia militar”, grafica.
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Despedirse de la familia
No fue sencillo separarse de sus seres queridos, aunque Marcelo, cree que ahora no se trata de tomar decisiones inteligentes, sino de sobrevivir. “Priorizamos la seguridad, no perder la vida…después lo otro se verá”.
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La esposa del argentino está junto a su hijo, su cuñada, y la abuela de ésta. Consiguieron hospedaje en las pocas habitaciones de hoteles que hay disponibles a metros de la frontera con Rumania. “No tenemos dinero por eso decidimos abaratar los costos. Estamos gastando los ahorros... si tengo que dejar la casa, esto empeorará”, admite.
Frente a la desesperación, Marcelo intentó contactarse con la Embajada Argentina en Ucrania, pero jamás obtuvo respuesta. “Envié un e-mail a la dirección que figuraba en el sitio. Me respondieron diciendo que ya había sido registrado, y que recibiría comunicaciones, eso jamás ocurrió”.
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En estado de alerta constante
Solo, desde su casa, intenta no perder la cordura y llevar tranquilidad a sus parientes en la Argentina. “Los días se hacen largos e insoportables. Ni por la ventana puedes mirar porque tenés que alejarte de ellas”. Decir que “está bien” es una formalidad.
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Sale muy pocas veces a la calle. La última vez que lo hizo fue para comprar comida. Se encontró con un panorama desolador: “No solo hay poco movimiento sino que se ve el desánimo en los rostros. En los supermercados también se percibe en desabastecimiento de alimentos básicos, las consecuencias se perciben”.
Desde hace días tiene la mochila preparada. En ella guardó una muda de ropa, sus documentos personales y provisiones. “Si la sirena suena tres veces tenemos que evacuar al búnker bajo tierra que tiene el edificio”, explica. Hasta ahora solo tuvo que ir una vez. “No solo es desesperante el momento de oír las alarmas, sino llegar al lugar que es húmedo, hace frío, hay cañerías y escombros. No está preparado para recibir gente, pero es el que te salva de cualquier ataque aéreo”.
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En 2016, el argentino quiso un cambio de vida y se mudó a los Estados Unidos donde pudo seguir su camino profesional. El amor de una ucraniana le modificó el norte. “Días atrás me preocupaba perder la casa, salir a buscar una nueva vida... Hoy solo quiero sobrevivir”.
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