
Cipriano Catriel emanaba una autoridad natural. Alto, obeso, con una gran papada debajo de un rostro lampiño, de actitud arrogante, avanzó solo, revólver en mano, hacia la multitud de indígenas de su tribu.
Lo acusaban de traidor. Él se reía.
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Su abuelo, el fundador de la dinastía catrielera, había sido Juan Catriel, “el viejo”. Había nacido en Tapalqué por el año 1775. Este líder un tanto bajo, corpulento y chueco, que vivía a orillas del río del mismo nombre, fue el que inauguró décadas de relaciones amistosas con el hombre blanco, entre ellas con Juan Manuel de Rosas. A su muerte, en 1848, lo sucedió su hijo Juan Catriel, quien continuaría la relación con el gobernador. Lo había acompañado en la campaña del desierto y, como cacique, peleó a su lado en la batalla de Caseros, en 1852.
Gracias a que su padre lo había enviado en distintas embajadas en Buenos Aires y Paraná, el joven Cipriano adquirió dotes de negociador y político. Conocido entre los suyos como Mariñancú, tenía dos hermanos mayores: Juan José, nacido en 1830, quien sería el instigador de su muerte y Marcelino, en 1831, partícipe del ajusticiamiento de su hermano.
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Fue ungido cacique en 1866 cuando su padre murió.
En octubre de 1870 firmó una suerte de tratado de paz con el coronel Francisco de Elías, jefe de la Frontera Sur. Por un lado, Catriel quería poner punto final a los malos tratos que recibían los indígenas, y el militar deseaba que el líder indígena controlase a algunos de sus hombres que se dedicaban al cuatrerismo.
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Su millar de lanceros fueron importantes en la batalla de San Carlos de Bolívar, el 8 de marzo de 1872, donde las tropas nacionales derrotaron a las del cacique Calfucurá. Este creyó hasta último momento que la gente de Catriel no lucharía en su contra. Y algo de razón tuvo. Al comienzo de la contienda, sus guerreros no atacaron con demasiado entusiasmo, y el propio cacique hizo acribillar a algunos de los suyos que retrocedían. En el mismo campo de batalla, los arengó, diciéndoles que peleaban contra indios chilenos que venían a quitarles lo que le pertenecían. Y entonces las lanzas de Catriel se lucieron.
El Fuerte Azul había sido fundado a fines de 1832 y Catriel vivía en una casa de la calle Colón, casi esquina Corrientes -de la que solo se conserva la fachada- con sus tres esposas: Eufemia, Rafaela Burgos y Lorenza Toribio. En los alrededores lo hacía parte de su tribu y otra parte estaba afincada en el arroyo Nievas. Eran alrededor de cuatro mil indígenas, y contaba con una fuerza de 1500 lanzas.
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Era propietario de tierras, de ganado vacuno y de caballos y solía hacer negocios con el Estado.
En octubre de 1872 el presidente Domingo Faustino Sarmiento creó un cargo para él: cacique general, lo que lo habilitaba a vestir el uniforme de general de la Nación. Lucía sable con empuñadura de plata y sus subalternos también usaban uniformes militares, aunque viejos y de distintos colores.
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Lo asistía una suerte de secretario e intérprete, el lenguaraz Santiago Avendaño. Nacido en San Juan, a los 8 años había sido llevado por un malón ranquel, a los 12 pudo escapar y a los 15 localizó a su familia. Por su conocimiento de los indígenas, fue designado Intérprete de la Provincia de Buenos Aires y en 1871 el presidente Sarmiento lo ungió “Intendente de los indios de Azul”.
Cuando estalló la revolución de 1874, en la que Bartolomé Mitre desconoció por fradulentas las elecciones en las que había resultado ganador el binomio presidencial Nicolás Avellaneda y Mariano Acosta, el cacique Catriel fue seducido por el general Rivas -con quien había peleado en San Carlos de Bolívar- a participar.
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De todas formas, Mitre le ordenó que se quedase en sus pagos y, en definitiva, Catriel no llegó a sumarse a las tropas revolucionarias. No obstante, su propia tribu lo acusó de traidor, especialmente su hermano mayor, Juan José.
El general Hilario Lagos lo persiguió. Envió a Mariano Moreno, un capitanejo que llevó el mensaje de que se rindiese y para notificarlo que se le había despojado de su cargo de “cacique general”. Catriel, fuera de si, hizo estaquear al parlamentario y luego lo mandó degollar.
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Fue el turno del capitán Pablo Vargas, que al frente de 200 hombres, le ordenó rendición. Como era un oficial al que conocía, accedió. Y lo llevó detenido a Olavarría.
La tribu de Catriel le solicitó al comandante Hilario Lagos que lo liberase, porque lo querían juzgar ellos. Y aunque las opiniones entre los jefes militares estaban divididas, Lagos accedió.
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En Olavarría, Catriel estaba solo, revólver en mano. Lo acompañaba Avendaño. Iba al encuentro de los suyos, hablándoles en su lengua, pero sin dejar de apuntarles. Los indios no se animaban a nada antes que se pronunciase el Consejo Supremo de Capitanejos.
Los líderes de la tribu votaron por unanimidad quitarle a Catriel el cacicazgo. Nombró en su lugar a su hermano Juan José Catriel.

Avendaño, amarrado codo a codo con Catriel, protestó. El era cristiano y no podía ser juzgado por los indios, a lo sumo por un consejo de guerra, porque era militar.
Ese 24 de noviembre de 1874, cuando le preguntaron por qué había hecho sublevar a su tribu, respondió que porque él era cacique, y tomaba las decisiones.
Quiso defender a Avendaño. Aseguró que él cumplía sus órdenes. “Ese cristiano, como vos, tiene mujer, hijo, no matar a él. Matame a mí, nomá, yo indio bruto, nada importa a cristiano”, según se referencia en Memorias de Frontera y otros escritos, de Teófilo Gomila.
Llegó el momento de pronunciarse por la sentencia. “Lancear” dio su hermano Marcelino. Y uno a uno fueron repitiendo la misma palabra.
“Lanceando, no más…”, se encogió de hombres Juan José Catriel, flamante cacique.
Unos 50 rodearon a los condenados a muerte. Entre ellos estaban sus hermanos. Cipriano les dijo que su muerte sería el fin de la tribu que había iniciado el abuelo, y que terminarían perseguidos por el hombre blanco. No se sabe cómo pero Cipriano zafó de sus ligaduras, le quitó una lanza a un indígena, y en ese momento las lanzas se clavaron una y otra vez en su cuerpo, y lo siguieron lanceando aun cuando había quedado muerto en la tierra. Avendaño corrió la misma suerte.
Las ejecuciones motivaron críticas y protestas al gobierno. Los ejecutados tenían grado militar, y se habían sublevado contra el gobierno. Tendrían que haber sido juzgados por las leyes de la Nación, y no ser entregados a los indígenas.
El cadáver de Catriel fue degollado y su cuerpo fue tirado a una zanja. Una investigación de la revista Caras y Caretas de marzo de 1909 llegó a señalar el lugar donde estarían enterrados los restos, en plena calle San Martín, en Olavarría.

Su cráneo llegó a las manos de Francisco Pascasio Moreno, que lo llevó a su museo junto con su poncho. Finalmente, en la noche del 16 de mayo de 2018, llegaron a la ciudad de Azul las reliquias del cacique para ser regresadas a la comunidad Peñi Mapu, y a sus descendientes. El cráneo tiene estampado en negro, en la parte superior, el número 1032. Así terminó aquel temible y respetado cacique cuyo pecado fue el de asociarse, más de la cuenta, con el hombre blanco. Inventariado como pieza de museo.
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