La tragedia del “Titanic gallego”: ahogados que viajaban a Buenos Aires y tres valientes mujeres al rescate de los náufragos

Sucedió el 2 de enero de 1921, casi nueve años después que el célebre transatlántico inglés chocara con un iceberg. Una tormenta inesperada, actos de arrojo y calumnias sobre los habitantes del pequeño pueblo costero que se lanzó al salvataje

El barco correo Santa Isabel, protagonista de una tragedia en Galicia
El barco correo Santa Isabel, protagonista de una tragedia en Galicia

Todos conocemos la historia trágica del Titanic. La hemos leído en libros, visto películas y series. Sabemos sobre la vida y obra de los más famosos que viajaban en este barco. Pero muy pocos recuerdan otra catástrofe similar a la del buque inglés, que se hundió en el océano Atlántico el 15 de abril de 1912 tras colisionar con un iceberg. Allí murieron 1496 personas de las 2208 que llevaba a bordo. La que sucedió en las costas gallegas casi nueve años más tarde no tuvo semejante magnitud, pero las circunstancias del naufragio del Santa Isabel fueron aún más dramáticas. Los últimos momentos antes de su hundimiento están plagados de actos de heroísmo y de grandeza, pero luego de la tragedia salió a luz lo peor de la miseria humana en torno a unas valerosas mujeres.

El Santa Isabel era un vapor-correo botado el 26 de agosto de 1915. perteneciente a la Compañía Trasatlántica Española. Estaba destinado a la ruta Barcelona-Cádiz-Fernando Poo, vía Canarias. Era un buque de los llamados “correo” porque recorría los puertos de la península para trasladar pasaje y mercancías hacia puertos de cabecera donde, en buques de mayor calado, se transportaban personas y cargas rumbo a América. A pesar de ser un buque de cabotaje, en su interior se observaba la suntuosidad y la ostentación de los mejores de su época: un gran salón con alfombras persas, imponentes cuadros de firma que ocupaban sus paredes y hasta poseía un artefacto de lujo por entonces: ventiladores de techo. En esa línea de excelencia se encontraba su tripulación: el capitán era Esteban García Muñiz, de 33 años de edad, quien tenía bajo sus órdenes al primer oficial Luis Lazaga y al segundo oficial Luis Cebreiro. Natural de Gijón, García Muñiz realizaba por sexta vez el viaje y a pesar de su juventud era muy avezado en estas tareas.

El barco inició la última navegación en la tarde del día 20 de diciembre de 1920 en el puerto de Cádiz. Su periplo continuó en el puerto de Pasaia, en el País Vasco, el día 28 de diciembre. En Bilbao subirían 155 pasajeros y otras 40 personas en Santander. Casi todos eran de Castilla, León, Euskadi, Cantabria y Asturias, y con los gallegos que embarcarían luego tenían como destino final Argentina y Uruguay. Para ello harían conexión con el barco Reina Victoria Eugenia, que el día 7 de enero partiría hacia Buenos Aires y Montevideo. El Santa Isabel quedó amarrado en el dique de viajeros de La Coruña en las últimas horas de diciembre de 1920 y todos esperaron el inicio del año con un gran festejo a bordo. Iban a la búsqueda de una nueva vida y era buena señal comenzar el año navegando.

El salón de música del barco, uno de los lujosos ambientes que poseía
El salón de música del barco, uno de los lujosos ambientes que poseía

En aquella época, el sábado 1° de enero se celebraba la solemnidad de la “Circuncisión del Señor”. Dado que todos eran católicos, solicitaron al padre Antonio Pescador -pasajero del buque junto con otros dos sacerdotes-, que oficiara una misa de campaña. Curiosamente, en la bodega del barco se cargó un altar y un retablo -donado por un gallego devoto- destinados a los misioneros de la colonia africana de Fernando Poo, actual Malabo (Guinea Ecuatorial), para ser rearmado en la catedral de Santa Isabel. Lo notable fue que estas piezas estuvieron en depósito del puerto mucho tiempo, esperando algún barco que tuviera lugar para llevarlas en su bodega.

Antes de partir de Coruña subieron al Santa Isabel 31 pasajeros más. El capitán, una vez acomodada la carga en las bodegas y con todo el pasaje, solicitó la autorización a puerto para partir antes de la hora pautada, dado que no tenía sentido esperar. Finalmente, levaron anclas a las 13:00 en lugar de las 16:00. Su idea era llegar a Villagarcía de Arousa, embarcar a 37 personas más y descansar en ese puerto. Eran quienes habían ido a peregrinar a Santiago de Compostela para despedirse del santo Apóstol antes de su viaje a América. Días más tarde, algunas de estas personas volverán a peregrinar a la tumba del apóstol para dar gracias a Santiago por haber salvado la vida. Pusieron una placa de agradecimiento y otra en memoria de todos las víctimas del hundimiento.

El barco zarpó bajo la atenta mirada de la torre de Hércules. Alrededor de las diez de la noche, a la altura de Fisterra, comenzó el mal tiempo. Dos horas más tarde el vapor enfiló la entrada de la ría de Arousa, tomando como referencia los faros de las islas de Ons y Sálvora. El mal tiempo se convirtió en temporal. El capitán envió a todos los pasajeros a sus camarotes. El viento del sudoeste ya era tan fuerte que generaba olas que pasaban por encima de la cubierta del buque, que se transformó en una cáscara de nuez.

La intención del capitán era entrar en la ría por el sur, lejos de los bajos de Sálvora, los temibles Baixos de Pegar, los que poseen piedras afiladas como navajas. Con el fuerte viento de popa el buque avanzó mucho más rápido de lo aconsejaba. El capitán puso las máquinas en reversa para contrarrestar la fuerte corriente y el viento. Esa maniobra fue el inicio del fin. Lejos del puente de mando, las arañas de cristal de Bohemia caían destrozándose en el piso; la vajilla de Limoges, los licores y vinos franceses se convirtieron en un montón vidrios y porcelanas rotas; mesa y sillas de ébano iban de un lado al otro del gran salón; las estatuas lampararias con forma de cariátides griegas caían con tanta fuerza que rompían el parquet de madera de Eslavonia. Los gritos de los pasajeros apenas se escuchaban por causa del fuerte viento y el ruido terrible del mar.

El barco hacía un trayecto desde el mar Cantábrico hacia Cádiz
El barco hacía un trayecto desde el mar Cantábrico hacia Cádiz

A la 1.40 de la madrugada del domingo 2 de enero, a la tempestad se sumó la gélida temperatura, de -8°. El timón de mando del buque no respondía con la velocidad que debía y la proa fue de frente hacia las terribles rocas de los Baixos de Pegar. El Santa Isabel quedó encallado y se abrieron tres hendiduras por la banda de estribor, por las que comenzó a entrar agua. El barco se ladeó a una velocidad increíble.

A las 2.15 se arrió el primero de los botes salvavidas de la cubierta de babor, ya que los de estribor habían sido barridos por el mar. El segundo oficial Cebreiro, a cargo del salvataje de los pasajeros, es arrastrado junto a tres personas por una ola gigante que se abatió sobre el barco herido. Empero, Cebreiro logra abrazarse al palo del trinquete, donde permaneció toda la noche dando gritos que nadie podía escuchar. Los botes de madera con los sobrevivientes se hacen a la mar, pero son destrozados por las puntiagudas piedras de la costa. Los que viajan en tercera clase morirán casi todos ahogados.

En el faro de Sálvora estaba de guardia Tomás Pagá. Escuchó algunos gritos, pero pensó que eran los niños de la aldea. Al fin y al cabo estaban todavía con los remezones de las fiestas de fin de año. Lo que le extrañó fue la hora y como seguían festejando aún con la tempestad que se abatía sobre la isla. Fue su perro el que lo alertó y salió a ver lo que ocurría. Para su horror vio a la Santa Isabel sobre las piedras. El barco no pudo hacer sonar ni las sirenas ni sus bocinas, sus calderas estaban llenas de agua. Al ver a Tomás Pagá los tripulantes empezaron dar gritos pidiendo socorro y el farero les hizo señas para indicarles que los había visto. Partió raudo hacia la aldea, distante unos tres kilómetros, en busca de ayuda. No existía aún el servicio de radio.

A bordo, el padre Antonio Pescador trataba de dar ánimos a los pasajeros que aún creían poder salvarse. Junto a él permanecían también otros dos sacerdotes: los tres se negaron a subir a los botes salvavidas para que lo hicieran otras personas. Solamente uno de los tres sacerdotes se salvó. Los cuerpos de los otros dos fueron recuperados: uno en la ría de Arousa y otro en la ría de Muros. Otro acto heroico fue el del primer maquinista Miguel Calvente y el fogonero Manuel Flores Martínez, quienes abriendo las válvulas de seguridad evitaron que el barco explotara por los aires. Murieron sosteniendo las válvulas para que no se cerraran. El segundo oficial Luis Cebreiro, una vez liberado del palo del trinquete, evitó que murieran más personas al retener a bordo del bote número 8 a casi veinte pasajeros y tripulantes, evitando que fueran contra las rocas, como había ocurrido con los otros botes que fueron lanzados contra las rocas de la isla.

María Fernández (de 16 años entonces), Josefa Parada (32) y Cipriana Oujo (24), las tres mujeres que se lanzaron al mar y lograron salvar a muchas personas
María Fernández (de 16 años entonces), Josefa Parada (32) y Cipriana Oujo (24), las tres mujeres que se lanzaron al mar y lograron salvar a muchas personas

Todavía faltaba para el amanecer -era pleno invierno- y comenzó a llegar la poca ayuda del pueblo. Solo quedaban en él los más jóvenes y los más viejos, porque el resto de los 57 habitantes se habían ido a celebrar el año nuevo con sus familiares a San Paio de Carreira. En ese auxilio se destacaron tres mujeres: María Fernández (de 16 años), Cipriana Oujo (24) y Josefa Parada (32). Ellas se hicieron al mar embravecido sin importar las consecuencias. Llegaron remando contra viento y marea; hasta donde estaba el barco y salvaron a los que podían de golpear contra las rocas. En tierra, los náufragos serán socorridos por Cipriana Crujeiras, de 48 años.

El resultado de la tragedia fue luctuoso: de los 266 pasajeros apenas sobrevivieron 53. Los otros 213 murieron ahogados o destrozados contras las afiladas piedras de los Baixos de Pegar.

La labor de estas mujeres no fue olvidada: se les otorgó reconocimiento, la medalla de salvamento marítimo otorgada por el Consejo de Estado y la Cruz de Tercera Clase con Distintivo Negro y Blanco del Consejo de Estado. Varias ciudades, como Vigo o Villagarcía, homenajearon a las jóvenes.

Pero muchos comenzaron a acusar de ‘raqueiros’ (ladrones de cadáveres) a los isleños, argumentando que se habían quedado con las pertenencias de las víctimas. De esto también fueron acusadas injustamente las valerosas mujeres, que pasaron de heroínas a villanas a causa de las calumnias. Ellas nunca más quisieron hablar del tema. En 1970 la isla quedó desierta. La historia del naufragio acabó cayendo en el olvido. Se convirtió en leyenda de abuelos y pérdida en las nieblas del tiempo.

La conmoción en Galicia fue total
La conmoción en Galicia fue total

El escritor Xosé María Fernández Pazos publicó en 1998 un libro acerca de esta trágica historia: “Sálvora: Memoria de un naufragio”. A raíz de este libro la historia revivió. También se rodó una película narrando el hecho. En la misma, el actor argentino Darío Grandinetti encarna a un periodista, de nombre León, que llega a la isla enviado por su periódico para cubrir la noticia e investigar el caso. La película se llama “La isla de las mentiras’' y fue escrita y dirigida por la coruñesa Paula Cons. Lo más interesante es que se rodó en isla de Sálvora, donde ocurrió realmente el naufragio del Santa Isabel.

El pintor José Seijo Rubio realizó un cuadro en el cual se observa el momento del salvataje de los náufragos a cargo de las jóvenes. El cuadro está en el Centro Gallego de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, que instauró un premio anual en honor a las tres heroínas de Sálvora.

Al cumplirse este 2021 los 100 años de la tragedia se realizó en el municipio de Ribeira, provincia de La Coruña, comarca del Barbanza en Galicia, una exposición sobre el tema, entre los cuales se pudieron exponer cartas y planos originales, herramientas que se utilizaron en la construcción del barco, cubiertos y mobiliario original y hasta un plano que se elaboró después del hundimiento hallado en una vivienda particular. También restos del barco, la recreación en escala real de un camarote, varias maquetas y el cuadro de Rubio.

Estas tragedias marítimas calan hondo en las sociedades porque en ellas se refleja cómo somos los seres humanos ante las adversidades: grandes sacrificios hasta el heroísmo y bajezas indescriptibles. También nos advierte que el mar, que por más dinero y poder se tenga, no se doblegará. Y cuando ataca, es muy probable hombres poderosos terminen sus días junto a un simple campesino. Es eso lo que más espanta y por eso recordamos estas tragedias: la muerte es igual para todos.

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